Acto Académico. Universidad Católica de Ávila. 31 de enero de 2019.

Excma. y Magnífica Sra. Rectora de la Universidad Católica Santa Teresa de Ávila, Claustro de Profesores, autoridades presentes, alumnos, señoras y señores.

Es para mí una gran alegría participar por primera vez en un acto académico de esta nuestra Universidad como su Gran Canciller como Obispo de Ávila. Agradezco la presencia de todos ustedes y manifiesto mi gratitud especial a las personas distinguidas hoy por su servicio y apoyo a esta Universidad. ¡Gracias merecidas. Dios se lo pague!

Permítanme unas palabras adicionales a mi acción de gracias: 

En la alocución de mi ordenación episcopal el día 15 de diciembre pasado manifesté, a la hora de señalar algunas cuestiones más importantes de la acción benéfica de la Iglesia en la sociedad,  que su “mirada para nosotros aquí y ahora se dirige a nuestra realidad concreta, no sólo de los países o escenarios más pobres, sino también a la de al lado nuestro, la de nuestra tierra, de nuestra provincia y región: su empobrecimiento y marginación progresiva, que se muestra en su despoblación y envejecimiento ante los que no podemos resignarnos pasivamente, sino colaborar todos en su remedio. Nosotros lo hacemos y queremos seguir haciéndolo como diócesis de Ávila con nuestra acción social y caritativa y educativa de sus instituciones.

Especialmente relevante es esta última, con variadas, arraigadas y queridas realidades educativas que abarcan desde la educación especial hasta la universitaria pasando por la enseñanza infantil, primaria, bachillerato y formación profesional. Esto es predicar y dar trigo.

Para este obispo que hoy inicia su servicio entre vosotros –decía en esa ocasión tan importante en mi vida- es fundamental fortalecer este aporte educativo a la sociedad abulense en estos momentos. Para nosotros la educación, desde la cosmovisión cristiana sin complejos y con calidad, es un servicio social de primer orden, ya que es una de las maneras más eficaces de contribuir al progreso y mejora de nuestra región y a la evangelización del mundo juvenil como nos reclama el reciente Sínodo de los Obispos”. 

Esta aportación social y eclesial en el caso concreto de la Universidad Católica de Ávila nace de una vocación de servicio, como han sido y son las de la Iglesia, y  no puede ser vista como una competencia de la que se recela como si al servicio público en una sociedad civil sólo tuviera derecho de concurrencia privilegiado o de monopolio las realidades de titularidad pública y no la libre iniciativa social de los ciudadanos o de instituciones alejadas de marchamos o alternancias políticas. No todo ha de ser político y oficial. Ni estar, a pesar de no buscar lucro, en inferioridad de socorro y ayuda –proveniente de la contribución de todos los ciudadanos, en su inmensa mayoría católicos- por ser de iniciativa social, en este caso eclesial.

Comprendamos de una vez que es posible la armonía de igualdad y libertad en el ámbito educativo que consagra nuestra Constitución. Entendamos el principio de subsidiaridad en una sociedad civil libre y democrática y facilitemos la cooperación social creativa de la ciudadanía, en este caso de la Iglesia, fundadora precisamente de la institución universitaria. Redundará en el bien de todos, especialmente de la sociedad abulense, tan necesitada de ofrecer en el presente proyectos sólidos con futuro y detener la marcha de sus jóvenes y, en consecuencia su empobrecimiento de recursos humanos y económicos. Trabajemos juntos y unidos por el bien común, lejos de partidismos de proclamas y de recelos mutuos, sin obstaculizar iniciativas consolidadas. Déjese, en este campo y en otros comunes, fuera del cálculo y la rentabilidad  política lo que es común y beneficioso para todos y que sólo puede salir adelante con el concurso común. Todos somos necesarios y juntos podemos ofrecer esperanza fundada a nuestros jóvenes y con ella futuro y progreso social. 

Ofrezcamos ciertamente una formación universitaria de altura y competencia, que dé respuestas desde el campo de la excelente capacitación profesional universitaria a las necesidades de la sociedad y faciliten su progreso, pero se nos pide mucho más a una universidad católica como la nuestra, sin disminuir en un ápice su exigencia y nivel académico. Se nos exige ofrecer sin complejos y armonizada con la razón la cosmovisión cristiana y trasversal de la vida. Hacerlo también con la tradición de la transmisión de saberes acumuladas en la larga trayectoria educativa de la Iglesia. Hacerlo con el sentido vocacional de maestros y servidores de la verdad.

Lo señalaba, mejor que pueda hacerlo este obispo nuevo,  el Papa emérito Benedicto XVI en su alocución a los profesores universitarios en el Monasterio del Escorial, reunidos el 19 de agosto de 2011, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid: 

“La Universidad –decía Benedicto XVI- ha sido, y está llamada a ser siempre, la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana. Por ello, no es casualidad que fuera la Iglesia quien promoviera la institución universitaria, pues la fe cristiana nos habla de Cristo como el Logos por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), y del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. Esta buena noticia descubre una racionalidad en todo lo creado y contempla al hombre como una criatura que participa y puede llegar a reconocer esa racionalidad. La Universidad encarna, pues, un ideal que no debe desvirtuarse ni por ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado, que ve al hombre como mero consumidor”.

“Para esto –continuaba diciendo el Papa emérito-, es preciso tener en cuenta, en primer lugar, que el camino hacia la verdad completa compromete también al ser humano por entero: es un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad: pues “no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor” (Caritas in veritate, n. 30). Si verdad y bien están unidos, también lo están conocimiento y amor. De esta unidad deriva la coherencia de vida y pensamiento, la ejemplaridad que se exige a todo buen educador”. 

No tengo nada más que añadir. Esto les deseo. Muchas gracias.