Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en las ordenaciones diaconales, en la Catedral, el 28 de febrero de 2026.

Queridos Javier, Juan Pablo, Iván,

Queridos sacerdotes concelebrantes, especialmente los formadores del Seminario San Cecilio, del Seminario Redemptoris Mater. El rector don Mariano del Redemptoris Mater y también don Moisés, el rector del Seminario San Cecilio,

Queridos diáconos,

Queridos seminaristas,

Queridos familiares y padres de don Javier, padres de don Juan Pablo y familiares, la madre y hermanos de don Iván,

También, queridos amigos que nos seguís a través de las redes desde Corrientes, en Argentina. Os tenemos muy presentes. Encomendad a Iván y a estos nuevos sacerdotes que van a ser ordenados, a la Santísima Virgen de Luján,

Queridos hermanos y hermanas,

Como os decía al comienzo, es una alegría la celebración de la ordenación de nuevos sacerdotes para la Iglesia. Es un don. Es un final del camino para ellos, pero no tanto ni sobre todo. Es el comienzo de una nueva etapa trascendental en sus vidas, que queda marcada por la recepción del sacramento del orden, por el que son configurados con Cristo, cabeza y pastor de su pueblo.

Todos, por el bautismo, hemos sido configurados con Cristo. Hemos sido hechos otros Cristos, el mismo Cristo. Y esa es nuestra dignidad fundamental. Pero Dios escoge algunos hombres de su pueblo para que representen a Cristo sacramentalmente. Somos los sacerdotes. No es un derecho, es un don. Un don recibido mediante la vocación que se cultiva en un tiempo exigente de formación a lo largo de los años.

Es una vocación que surge en medio de la familia y de las comunidades cristianas y que después, de manera especial en el seminario, se van formando, se van puliendo. Es el semillero, eso significa seminario. Donde ese germen de vocación, puesto a paso después, con el tiempo y con la formación a la consagración. La consagración, que es la que van a recibir hoy, con una serie de ritos antiguos de la Iglesia. Expresivos de la realidad que reciben de la gracia del Espíritu Santo, que es el gran protagonista transformador de cada uno de ellos.

Nosotros somos como el barro en manos del alfarero, pero es Dios quien obra en nosotros y muchas veces, a pesar nuestro. Y después viene la misión. La misión de la que ya han participado de alguna manera en las comunidades en las que han estado. De Loja o en los pueblos de La Alpujarra, y también en Almuñécar. Ahora irán como sacerdotes del Nuevo Testamento y pedimos para ello lo que nos ha mostrado la Palabra de Dios.

Por una parte, hemos escogido el texto del lavatorio de los pies de la institución de la Última Cena, que el evangelista San Juan se ahorra, porque ya en el capítulo seis nos ha hablado del pan de vida. Nos ha dicho, Jesucristo es el verdadero pan de vida. Y Él mismo nos muestra que “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. La Eucaristía, el centro y culmen de la vida cristiana. Estos van a ser hechos sacerdotes del Nuevo Testamento, ministros ordinarios de la Eucaristía. Va a ser lo central en su vida y desde la Eucaristía, que es donde Cristo se nos da, donde Cristo se nos muestra en la humildad. No solo yace en nuestra carne, sino en la humildad del pan y del vino, para que nos transformemos en Él, para saciar nuestra hambre.

Ese Cristo que es presencia, que es sacramento, que es compañía. Y tiene que hacer de cada uno de ellos y de cada uno de los sacerdotes esa presencia, ese alimento que alimenta con la palabra. Ese servidor. Y por eso, hemos querido fijarnos en las escenas que nos muestra el evangelista Juan. Nos ha dicho previamente que habiendo amado los suyos, los amó hasta el extremo.

Queridos Iván, Juan Pablo y Javier. En la entrega a Dios no caben medianías, no cabe una de cal y otra de arena. No cabe la doble vida. No cabe medir la entrega al modo humano. No cabe reservarse nada. Jesucristo nos ha amado hasta el extremo, y si lo seguimos y sois coherentes con lo que vais a recibir, con lo que hemos recibido… No podemos reservarnos nada.

El sacerdote está expropiado. No tiene nada de sí. Es más, tiene que ser todo de Cristo. “Totus tuus”, llamaba san Juan Pablo II a su entrega a María, a Cristo. Luego, nosotros, al igual que el Maestro, que en este pasaje que hemos escuchado nos dice “¿Habéis visto lo que he hecho con vosotros? También vosotros debéis tomaros los pies unos a otros”.

Jesucristo ha querido explícitamente dar una enseñanza a los apóstoles. Partiendo de la escena del lavatorio, propia de los encuentros de los judíos, y más en la Pascua. Pero Cristo se ha puesto por los suelos. Cristo nos ha mostrado la actitud que debemos tener, no la de señores. Sabemos que participamos del señorío de Cristo, pero el señorío de Cristo es servir.

El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Luego, queridos amigos, el clericalismo fuera. Por eso, la primera es de san Pedro. Ese pasaje que siempre lo hemos de tener presente como sacerdote, con ese consejo de Pedro. ¡Qué bien aprendió Pedro en la Última Cena cuál era su papel!

Siervo de los siervos de Dios. Por eso, Pedro nos dice en su primera carta a los presbíteros de esa comunidad “Yo, presbítero, como ellos”. Pues yo os digo también, vuestro obispo: Presbítero, como vosotros. Sed pastores del rebaño que tenéis encomendado. Y ese pastoreo es representando a Cristo. Y esa transparencia de Cristo, mediante la oración, mediante la escucha de la Palabra, mediante el ejercicio de coherencia de vida de los compromisos que habéis adquirido como diáconos y como presbíteros dentro de un momento… Yo os preguntaré sobre ello.

Eso, como servidores de la prolongación de Cristo resucitado en sus sacramentos, especialmente en la Eucaristía y en el perdón. Ministros de la misericordia. Como consoladores en el momento del dolor y el sufrimiento, aplicándoles la unción en el nombre del Señor. Como testigos cualificados en la unión de un hombre y una mujer cristianos. En el sacramento del matrimonio.

Cómo, en definitiva, aquellos que abren las puertas de la comunidad cristiana mediante el bautismo, haciéndoles partícipes a los neófitos de la salvación de Cristo, mediante los sacramentos. Pero al mismo tiempo, sin dejar de ser nunca anunciadores, en que esa palabra, como dice la liturgia: lo que leéis creerlo, lo que creéis predicarlo y lo que predicáis, dad testimonio de ello con vuestro ejemplo.

Eso es lo que se os ha pedido cuando se os ordenó de diácono, entregándoos el Evangelio de Cristo. Queridos hermanos, Iván, Juan Pablo, Javier, sed pastores del rebaño que se os encomienda. No como déspotas sobre la heredad de Dios. Y san Pedro nos lo dice… Y él dice “He sido testigo de los sufrimientos de Cristo”

Con su debilidad manifiesta en los Evangelios. Esa debilidad que Jesús ve incluso en la comunidad apostólica, cuando nos ha dicho el texto de Juan que no todos estaban limpios, porque sabía quién iba a entregarle. Esa debilidad nos afecta también a nosotros. No somos los perfectos. Por tanto, siempre hemos de estar vigilantes y confiados en Aquel que es nuestro apoyo. Que es Jesucristo.

Queridos hermanos, san Pedro nos dice también que es partícipe de la gloria que se va a manifestar. Él es partícipe, claro que sí. Mañana escucharemos en el Evangelio cómo acompaña Jesús a la Transfiguración. Pero esa participación de la gloria que se anticipa, es la que recibe todo cristiano, anticipando ya mediante la gracia, lo que un día será plenitud en el encuentro con el Señor.

Queridos hermanos, sed imitadores de Cristo. Hacedlo presente. Poneros por los suelos, como esa alfombra que hoy… Sobre la que pisáis. Sed alfombras para los demás, para hacerles fácil el camino cristiano. Ser sostenedores de los hermanos. Estad en la comunidad, pero al mismo tiempo ser conscientes de vuestra dignidad. De esa dignidad de sacerdotes del Nuevo Testamento, sacerdotes que participan de la misión apostólica. Sacerdotes a través de los que Cristo perdona, a través de los que Cristo salva, a través de los que Cristo anuncia.

Queridos hermanos, es mucho el tesoro que se pone en vuestras manos, en vuestra vasija de barro. Pero contáis con la oración del pueblo cristiano. Y también quisiera recordaros las palabras que el Papa León dirigía a todos los sacerdotes en la Carta Apostólica de diciembre, recordando o conmemorando los 60 años del decreto “Optatam totius” y “Presbyterorum Ordinis”, del Concilio Vaticano Segundo.

Hablaba de la fidelidad. Y entre esas fidelidades, el Papa nos recordaba la fidelidad unida a la fraternidad. No sé es sacerdote solo. Todos lo somos en Jesucristo, y vosotros lo sois, partícipes del sacerdocio de este obispo. Porque al recibir el sacramento del orden, quedáis incardinados de una manera especial y sacramental en un presbiterio. El presbiterio de Granada, el rostro de una Iglesia en la que se hace presente la Iglesia de Jesucristo.

Una Iglesia con santos, una Iglesia con historia, una Iglesia con riqueza, una Iglesia también con defectos y con debilidades. Pero es la Iglesia de Cristo, que os ha acompañado y en la que estáis. Pero quedáis también unidos sacramentalmente al presbiterio de la diócesis de Granada. Estos hermanos nuestros, que después significarán su acogida a esa fraternidad sacramental mediante la imposición de manos. No sois sacerdotes autónomos, no sois trabajadores autónomos. No vais por vuestra cuenta, ni podréis hacer de vuestra comunidad un lugar independiente del obispo y del resto de los presbíteros.

No podéis mantener una fidelidad y una comunión solo formal, sin el afecto que acompaña la caridad cristiana y la caridad de vida en la Iglesia de Cristo. Luego, queridos hermanos y hermanas, de verdad, vivir de esa fraternidad, manifestarla en hechos concretos. No estáis solos. Hoy el Papa recordaba a los sacerdotes de Madrid, no hace mucho, las circunstancias en las que hoy el sacerdocio se desarrolla.

Vivimos el secularismo. Vivimos tantas dificultades en la acción evangelizadora como entorpeciendo el anuncio del mensaje de Jesús. También hay mucha realidad santa. Las descubrís en vuestras comunidades cristianas, en vuestros pueblos. Pero también, queridos hermanos, muchas dificultades. No os vengáis abajo, no estáis solos. Y tener la capacidad y la humildad de pedir ayuda a los hermanos. No podemos ser sacerdotes solos.

El obispo no puede ser obispo solo, sin la comunión del Colegio Episcopal, al cuyo frente está el sucesor de Pedro. Y vosotros, sin la comunión y la fraternidad efectiva con el resto de vuestros hermanos sacerdotes, en el presbiterio. No vayáis por vuestra cuenta, no seáis freelance en el ejercicio del sacerdocio. Queridos hermanos… Gracias, familias. Porque la vocación no nace sino en el seno de una comunidad cristiana, de una familia cristiana.

Habéis acompañado con las dificultades, con los claroscuros, con los momentos de sufrimiento, la vocación de vuestros hijos, queridos padres. Queridas comunidades neocatecumenales, en las vocaciones también hay una manifestación de vuestra vitalidad y de vuestro aporte a la Iglesia. La Iglesia de Granada se beneficia de estos sacerdotes, también con el rasgo de la misión. Claro que sí.

De esa misión que viene después de esta consagración y a la que antecede la vocación, como he dicho. Todo el pueblo cristiano reza por vosotros hoy de manera especial. Lo habéis pedido. Y pido a todos que pidamos al Señor que conceda vocaciones abundantes a nuestros seminarios. Necesitamos sacerdotes. Sacerdotes fieles, sacerdotes a imagen de Cristo.

Que María Santísima, madre de Dios y madre nuestra, madre de los sacerdotes, a la que nosotros invocamos como la Santísima Virgen de las Angustias, a la que en Argentina invocáis como Nuestra Señora de Luján.

Que Ella ruegue por nosotros. Que Ella nos proteja y os cuide. Y tenemos aquí a san José, a mi izquierda, tenerlo muy presente. Es el patrono de la Iglesia. Él nunca nos deja. Él siempre cuida. Que Él nos cuide también y nos proteja. Y os digo que entonces no iréis mal.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

28 de febrero de 2026
S.A.I Catedral de Granada

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