Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del III Domingo de Pascua, en la Catedral, el 19 de mayo de 2026.
Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos seminaristas,
Candidatos al diaconado que vais a ser ordenados el próximo sábado de diáconos, en la fiesta de San Marcos,
Queridos miembros de la Adoración Nocturna Española, sección de Granada, que celebramos su 125 aniversario. Gracias por vuestra presencia.
Gracias por tantas y tantas horas a lo largo de todos estos decenios, de más de un siglo. 125 años acompañando a Jesús en la Eucaristía, donde está real y verdaderamente presente con su cuerpo, con su sangre, con su alma y con su divinidad. ¿Cuántos hermanos y hermanas nos han pasado de la mesa eucarística de la adoración Eucarística a la adoración en el cielo? Gracias. Y la Iglesia de Granada os agradece este carisma presente en nuestras diócesis.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor, estamos celebrando el III tercer domingo de Pascua y de nuevo nos trae la Palabra de Dios, por una parte, la predicación del apóstol Pedro después de Pentecostés. El anuncio de Jesucristo, el anuncio del evangelio, de la Buena Noticia. Jesús de Nazaret, que ha padecido por nosotros, que ha sido entregado, que ha muerto por nosotros en la cruz para librarnos del pecado, ha resucitado y ha sido exaltado.
Los testigos a los que Él se ha aparecido, los que han estado con Él desde el comienzo, “desde el bautismo de Juan hasta que nos fue arrebatado”, dice la Escritura, testimonian a Jesús. Al mismo tiempo, hemos escuchado también de la primera carta del apóstol Pedro las consecuencias de esa redención de Cristo. Esa redención nos ha liberado, pero nos ha liberado… Nos ha redimido. No con oro y plata, nos ha sacado de la esclavitud de estar agarrados al pecado. El que comete pecado se hace esclavo del pecado, decía Jesús. No con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el verdadero Cordero, en quien se cumplen las profecías, la ley de Moisés. Por tanto, los profetas y las Escrituras. Y hemos escuchado esa aparición de Jesús el primer día de la semana, el domingo, a los discípulos de Emaús. ¡Qué gran contenido catequético tiene este pasaje del capítulo 24 del Evangelio de San Lucas!
Jesús, que sale al paso. Jesús, que se hace el encontradizo con estos dos discípulos suyos que marchan a una aldea llamada Emaús. No se ha localizado geográficamente, por eso tiene mayor significado, queridos amigos. Porque a Emaús pueden huir muchos cristianos defraudados. A Emaús… A los Emaús de la vida, pueden retornar aquellos que se han quedado solo con la pasión y muerte del Señor. O se fijan solo en el sudario de Cristo. Que no, amigos. Jesús le sale al paso porque la desesperanza, la tristeza es la compañera de camino de aquellos discípulos. El sentirse defraudados.
Han seguido al Maestro, pero han parcializado su mensaje, han dejado la esperanza fuera. Se han dejado llevar de un optimismo, quizá, que acaba con el final de la muerte.
“Nosotros esperábamos que él fuera al liberador Israel”. ¿Qué imagen de Cristo? Le habían escuchado las palabras de Jesús a Pilato cuando le pregunta “¿Tú eres rey?” Y Jesús contesta “Tú lo has dicho. Soy rey. Y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Mi reino no es de este mundo.” ¿Queridos amigos, cómo es nuestra esperanza?
¿Cómo es nuestra confianza en Cristo? ¿Se detiene en la pasión? ¿Se detienen la Semana Santa, en el Viernes Santo? ¿Se detiene solo en las imágenes? ¿O en los utensilios? ¿Se detiene solo en los mantos y túnicas? ¿O damos un paso más a la Resurrección? Jesús le dice “¡Qué tontos sois para entender las Escrituras!” Era necesario. Y nos dice el evangelista, que comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les dijo cuanto a Él se refería la Escritura y cómo era necesario que el Mesías pasara por todo esto para salvarnos.
Queridos amigos, la Pasión y la Cruz nos lleva a la Resurrección. Y esto tenemos que incorporarlo. No podemos ser unos discípulos de Emaús que se quedan en el Viernes Santo. No podemos quitarlo de nuestro testimonio, como no lo quitó Pedro y el resto de los primeros cristianos, que se ofrecen como modelo en los Hechos de los Apóstoles a la Iglesia en las celebraciones de Pascua.
No podemos quedarnos en el anuncio de un Viernes Santo. Que ciertamente asume el dolor de la humanidad, pero abre a la esperanza, a la Resurrección. Nosotros predicamos a Cristo crucificado, pero a Cristo resucitado. Ha resucitado. Por eso, ellos le dicen que se quede. Ese personaje que los acompaña y al que no reconocen, que se quede con ellos, porque la noche ya entra.
Y ahora, el evangelista Lucas nos muestra una estructura propia y eucarística. Tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Y ellos le reconocen.
Pero no se queda ahí, hermanos. Ellos habían aducido que algunas mujeres del grupo habían ido y habían visto que el sepulcro estaba vacío. Incluso algunos hermanos también refieren que no está en el sepulcro. Pero no nos creen.
¿Y qué ocurre? Que reconocen a Jesús. Y Jesús desaparece. Y salen corriendo a pesar de la objeción de la noche. Salen corriendo a la comunidad cristiana a anunciar que Cristo… Que se han encontrado con el Señor. Luego, tenemos palabra. Tenemos sacramento, Eucaristía. Y tenemos comunidad. Y esa es la presencia de Cristo resucitado. Sin palabra no hay vida cristiana. Sin amor a la Sagrada Escritura, sin apropiarnos y reflexionar y aplicar la Palabra de Dios a nuestra vida y valorarla, no hay vida cristiana. No hay vida espiritual, no hay alimento en la fe. Sin Eucaristía, como decían los primeros cristianos, no podemos vivir. Sin vida sacramental, sin participación en la Eucaristía dominical, sin la Adoración Eucarística, sin la Comunión, no podemos caminar como cristianos. No podemos reconocer a Jesús. Y no hay palabra, no hay Eucaristía sin Iglesia.
Sin el ministerio apostólico. Sin la comunidad cristiana. Por eso, en cada Eucaristía tenemos la mesa de la Palabra, la mesa del Cuerpo y la Sangre del Señor. Y el encuentro con los hermanos que participan, y a los que estamos llamados a socorrer con nuestra caridad cristiana y con nuestro amor fraterno.
Luego, queridos amigos, o nos encontramos así con Cristo resucitado, o no lo encontraremos. Cristo no es un recuerdo. Cristo no es una imagen que se nos difumina en el pasado. Cristo no es de una película. Cristo no es una realidad virtual. Cristo, aquel que vio Pedro y Juan, María Magdalena y las otras Marías. Aquel que reconocen los apóstoles y meten sus manos en el costado y sus dedos en las llagas. Aquel con quien comparten el almuerzo en el lago de Genesaret. Aquel que se aparece a los de Emaús. Está vivo. Está resucitado. Está glorioso.
Luego, no quitemos de nuestra fe la Resurrección. No quitemos de nuestra fe la proclamación de la esperanza cristiana en la Vida Eterna. No seamos de las cofradías que se quedan en el Viernes Santo.
Pidámosle ayuda a la Virgen María. Ella sí que tomó en serio la presencia de Cristo resucitado. Y por eso nos muestra a Jesús, el fruto bendito de su vientre, que ha vencido.
Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
19 de abril de 2026
S.A.I Catedral de Granada
