Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del Domingo III de Cuaresma, en la Catedral, el 8 de marzo de 2026.

Queridos sacerdotes concelebrantes,

Diácono,

Seminaristas,

Querido presidente de la Federación y miembros de la Federación de Hermandades y Cofradías de Granada,

Queridas autoridades,

Queridos hermanos y hermanas. Y un saludo especial a las mujeres en este día de la mujer,

Pero estamos en el día de San Juan de Dios, con lo cual vamos a tener muy presente a los enfermos. Aunque litúrgicamente se celebra mañana. Pero vamos a pedirle a este gran santo de Granada que nos cuide y nos proteja. Y nos haga tener ese amor de Cristo que Él tenía para los más débiles. Estamos en el tercer domingo de Cuaresma, como os decía, y en el ciclo A. Las lecturas en el año litúrgico, de los domingos y de las fiestas, tienen tres ciclos. El A, el B y el C. Y así se va dando repaso a toda la Biblia.

Estamos en el ciclo A, en este año 2026. Y el ciclo A reproduce en la cuaresma las lecturas, tomadas para la preparación inmediata de los catecúmenos a la celebración del bautismo en la Vigilia Pascual. Y así, el primer domingo de Cuaresma, esa preparación para el bautismo en ellos y en nosotros. Por eso están fijadas. En nosotros, es para recordar y actualizar nuestro bautismo. Para ponernos a punto con las exigencias de nuestro bautismo, que es lo más importante que ha podido ocurrirnos. Recibir la salvación de nuestro Señor Jesucristo. Los frutos de la Pasión, muerte y Resurrección del Señor. Hechos hijos en el Hijo y miembros de la Iglesia.

El primer domingo eran las tentaciones, para enseñarle a los catecúmenos que la vida cristiana es lucha. Y el mismo Señor se prestaba a esa lucha, con las tentaciones que resumen todas las tentaciones que puede sufrir el ser humano. Pero Él ha vencido. Con lo cual les quería enseñar, y nos enseña nosotros, que no podemos vivir un cristianismo flojo, un cristianismo de ir tirando. Sino un cristianismo de lucha, apartando de nuestra vida lo que nos aparta de Dios y de los demás.

El segundo domingo, el domingo pasado, Jesús se lleva a sus discípulos predilectos al monte de la Transfiguración. Y allí se transfigura para enseñar también entonces, a los catecúmenos, que no todo es lucha, sino también se ha anticipado ya aquí, con la resurrección de Cristo, la gloria futura. Y en Cristo se cumplen la ley y los profetas. Por eso aparecía conversando con Moisés y Elías.

Y en este domingo, ¿que nos trae, en este itinerario cuaresmal y bautismal? Nos trae este diálogo precioso del evangelio de Juan con la samaritana. Vamos a escuchar los domingos próximos también pasajes del Evangelio de Juan. El próximo domingo, el ciego de nacimiento y después la resurrección de Lázaro. Y como nos dice San Juan, todos estos signos, todos estos milagros, han sido escritos para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

A eso nos quiere llevar la Cuaresma. A eso llevaba a los catecúmenos a confesar a Cristo como Dios. Por tanto, queridos amigos, tenemos que hacer ese esfuerzo por renovar nuestra fe. Y hoy, en este diálogo, san Agustín dice que la mujer representa la Iglesia. Cristo que se hace cercano. Cristo que rompe barreras. Él era un judío y trata con una samaritana, ante el asombro de la propia samaritana y de los propios apóstoles.

Cristo, que va llevando gradualmente a esa mujer en esa conversación, pidiéndole primero agua y después hablándole del agua viva. Del don de Dios, que es el Espíritu Santo, a confesar que Cristo es el Mesías esperado. Al que estaban esperando, tanto judíos como samaritanos. Y esa mujer que confiesa al mismo tiempo su indignidad, le confiesa a Cristo que tiene cinco maridos y el que ahora tiene no es suyo. Esa mujer experimenta un cambio en el encuentro con Cristo. Y esa mujer se va a anunciar inmediatamente que está allí el Mesías. Y vienen los paisanos y creen en Jesús y ya le dicen a la mujer “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho, sino porque lo hemos experimentado. Porque hemos conocido al Mesías”.

Ese es el itinerario de un cristiano, también. Conocer a Cristo, confesar a Cristo, anunciarlo y llevar a los demás a Cristo. Y si nos falta una de esas dimensiones, no estamos viviendo como cristianos. Y todas estas palabras que os digo, comentando este pasaje del Evangelio, en que Cristo también, tomando pie de la primera lectura para los Padres de la Iglesia… Cristo es la verdadera roca de Horeb.  Él es la Roca, y de su costado abierto sale sangre y agua, nos dice el evangelista.

Y decían los padres que, al igual que Moisés tocó, no con un hierro, no… No taladró la roca, sino que la tocó con madera. Tocando con la cruz. La cruz ha sido la puerta de esa apertura, del Corazón de Cristo a cada uno de nosotros. Y se nos ha dado ese Espíritu Santo que derrama en nuestros corazones, como nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura. El amor de Dios, por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Esta es la lección de este día. Pero al mismo tiempo, concurre también, queridos hermanos, vuestra presencia para celebrar estos 100 años de la Federación. ¿Qué puede deciros vuestro obispo? Pues darle gracias a Dios por vuestra tarea. Ya es una solera. Han pasado muchas personas que se han dejado la vida por conjuntar, por unir, por conformar una Semana Santa que sea realmente una catequesis para el pueblo de Dios y una manifestación de fe profunda. No solo en las calles, sino en el corazón de los granadinos. En su vida social, en sus costumbres, en su manera de entender, en definitiva, la vida a Dios, la muerte, sus relaciones sociales. Todo.

La procesión… No solo se sale a la calle. El Papa Francisco incluso nos hablaba de una Iglesia en salida, una Iglesia que sale a las entrañas del mundo para transformarlo. Queridos hermanos de la Federación, queridos hermanos mayores y juntas gobierno que estáis presente, tenéis una responsabilidad grande. Llevo hoy ya para cuatro años de obispo de Granada. Ya conozco algo y os conozco sobre todo a vosotros. Y aprendo en esta celebración de la Semana Santa del Magisterio de vuestros pasos.

Por eso os pido que preservéis la Semana Santa de Granada. Me venían a la cabeza las palabras del frontispicio, de lo que define la razón de ser de la Real Academia. Limpia, fija y da esplendor. Limpiar todo aquello que no corresponda a la identidad y a la naturaleza de la Semana Santa de Granada. Sin adherencias, sin imitaciones, sin corruptelas. Sin aquello que rompa ese sentido genuino heredado de nuestros mayores, de sobriedad, de fijación en el tiempo litúrgico.

No hagamos espectáculo. Yo soy periodista, he estudiado comunicación. Sé lo que supone en este mundo nuestro la espectacularización debida a los medios de comunicación social, que incluso para el discurso político hay que hacer un espectáculo. Todo está con espectáculo. ¿Y entonces, qué ocurre? Que se produce un contagio y parece que tenemos que hacer eventos. Miles, para atraer la atención en un mundo donde hay multitud de ofertas de sentido. Tenemos que salir buscando, como los camareros de la Piazza Navona en Roma, a cuando pasan los transeúntes, para invitarlos a que entren en el restaurante. Cada vez más, necesitamos hacer sentir en una sociedad saturada, con una polución de ofrecimientos de sentido y de espectáculo que estamos ahí. No caigáis.

La significación más profunda y más grande es ser realmente lo que uno es. Es la identidad no perdida que se muestra y que da razón de ser a la propia vida y al propio devenir y al esfuerzo por preservar. Limpiar. Quedaos con lo de Granada. Que no haya contagio y no tengo que descender. Ni contagios de proximidad, ni contagios tampoco de un tiempo de bienestar, en que cuando se pierde, por ejemplo, en otros ámbitos el sentido de la trascendencia, se piensa en que los muertos están mejor mientras más lujo se pone en las cosas.

Nosotros tenemos que ir a la sobriedad. La sobriedad que expresa las catequesis maravillosa que han dejado nuestros escultores. La belleza que expresan nuestros pasos. La fe sobria de la oración en la calle. El silencio conjuntado con esa sinfonías, que expresan también en la belleza y el sonido, el sentir que llega al alma y a los sentimientos profundos y emociones. Pero que después se traslada a la vida.

Limpia, fija. Fijarlo. Y haciendo historia. Vendrán otros 100 años más, estoy seguro. Ya no los veremos los que estamos aquí. Pero sí, seguirá la Semana Santa de Granada. Como esa gran catequesis que cada año sale a sus bellas calles, para reproducir en ellas el misterio de la redención. La Pasión, muerte y Resurrección del Señor.

Y da esplendor. Claro que tiene que dar esplendor. Claro que tiene que brillar. Pero sobre todo en los corazones, sobre todo en esa traslación en las buenas obras que nos hagan ser una Iglesia mejor. Una sociedad mejor, una convivencia mejor que empieza por las propias fraternidades. Que eso es una hermandad, eso es una cofradía. Y preservar, limpiar, fijar. Y evitad también toda adherencia de contagio político-ideológico.

Cuando fuimos los obispos de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española a ver al Papa, el Papa nos dijo que no dejáramos contagiar la fe cristiana de ideologías. Claro que cada uno y cada cristiano puede tener unas convicciones políticas e ideológicas, pero las hermandades y las cofradías no son el campo de acción de las ideologías. Ni tampoco de los intereses particulares o partidistas. No digo ya económicos.

Las hermandades y las cofradías, por favor, es una joya que tenemos. Es algo que, quienes tenéis la responsabilidad de la Federación, de las Juntas de Gobierno y hermanos mayores, os pido por Dios que preservéis. Y esto es difícil, porque es un terreno apetecible, porque es un calado político. Porque es algo que atrae.

Las hermandades y cofradías son, sobre todo, un evento de fe. No un espectáculo. Claro que hay gente que vive, gracias a Dios… Claro que hay gente que desarrolla su labor profesional en torno a esa manifestación de fe. Pero no se explica solo por eso, sino que es un efecto colateral de lo más profundo y esencial. La Semana Santa de Granada, como el Corpus Christi, como la devoción a la Santísima Virgen de las Angustias, forma parte de nuestra identidad, de nuestra razón de ser, del sentido de nuestra pertenencia como cristianos, de manera de vivir como cristianos.

Os pido, por Dios, que la preservemos. No quiero olvidarme de san José, el esposo de la Virgen. Estamos en el mes de marzo. Él es el patrón de la Iglesia, con lo cual él la protege. Yo estoy seguro también, que a las hermandades y cofradías echa una mano. Y sobre todo, Nuestra Señora, la Santísima Virgen de las Angustias. Su manto, su mirada, su Hijo, nos acompaña siempre. Así sea.

Y pidamos por la paz. Vivimos una situación mundial que nos afecta. Que hay muertos, que hay destrucción, que hay guerras y no es un videojuego. No es una novela, es algo que está ahí, doloroso. En esta hora de la humanidad. Y no podemos vivir como si no existiera, sino que nuestra oración por la paz, por las personas implicadas, para que haya una convivencia justa. Para que se vuelva a la cohesión y a la convivencia pacífica entre los pueblos.

Pidamos al Señor.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

8 de marzo de 2026
S.A.I Catedral de Granada

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