Fecha de publicación: 31 de enero de 2013

Estamos sorprendidos y conmovidos por la decisión de renuncia del Papa, quien nos decía el pasado Miércoles de Ceniza que lo hace “por el bien de la Iglesia” en un gesto de absoluta libertad y una decisión muy rezada ante el Señor…. Así respondía nuestro Arzobispo en el programa “Iglesia Noticia”, emitido en Cope Granada, el pasado 17 de febrero.

 

Justo. Yo creo que eso es lo primero que llama la atención. Él ha tomado esta decisión en conciencia ante Dios. Toda su vida. La verdad es que el que el Señor nos ha regalado un Pontífice estos años que es un verdadero tesoro para la vida de la Iglesia, para nuestra fe; y que ha sabido vivir, hablar, todos sus gestos eran expresión de una tremenda libertad, y de una libertad al servicio justamente del designio de Dios, bueno para los hombres.

Su primera Encíclica se llama “Dios es amor”. Él ha querido ser un instrumento de ese amor, que iluminaba en tiempos de mares bravas y fuertes que rigen y que mueven el mundo. Él ha sabido guiar e iluminar el camino de la Iglesia sencillamente hacia Aquél que es su esperanza y su fortaleza que es Jesucristo; con una libertad indomable, con un afecto por el hombre, muy distinto en su forma de expresarse de la que tenía Juan Pablo II porque son dos temperamentos y dos personalidades muy diferentes, pero, al mismo tiempo, con un afecto por la humanidad por el bien de cada persona, por el bien de cada hombre, por el bien de la verdad sin la cual la construcción del mundo termina siendo un castillo de naipes sobre arena, como estamos viendo a cada paso: oír los medios de comunicación, los informativos, leer los periódicos, ver la televisión, y uno se da cuenta que el mundo que hemos construido es un mundo lleno de ídolos.

El Evangelio de hoy hablaba precisamente también de las tentaciones; las tentaciones es siempre una cierta idolatría y el Hijo de Dios que ha asumido nuestra condición humana fue víctima de esas tentaciones, sufrió esas tentaciones. Simplemente inauguró un camino nuevo, inauguró una posibilidad nueva en la historia que es que Satán fuera vencido. Y al confiar su espíritu a la Iglesia y al entregarnos su espíritu todos los hombre tenemos la posibilidad de que Satán sea derrotado también en nuestras vidas y que sea derrotado en la historia.

El Papa ha sido una voz potentísima, dulce, suave, tal como él es, pero una voz potente reclamándonos a la centralidad de Cristo, al misterio de Cristo, que nos revela que Dios es amor, y como él dijo también en su primera homilía, no sólo nos lo revela como una idea, sino que nos devuelve la posibilidad de ser nosotros mismos: Cristo no quita nada al hombre, Cristo no es alguien que añade una serie de adornos opcionales a la vida humana, sino que lo que hace Cristo sencillamente es descubrirnos y darnos la posibilidad de ser nosotros mismos hasta el fondo.

Ése es el gran don que, en continuidad con el magisterio de Juan Pablo II y en continuidad con el magisterio de Pablo VI y del Concilio Vaticano II, el Papa ha sabido transmitir en todas las circunstancias; y en circunstancias muy diferentes, desde la Jornada Mundial de la Juventud donde decía cosas tan luminosas -aunque la frase pueda sonar ahora mismo muy abstracta- como “Jesucristo es el universal concreto”, es decir, buscáis la belleza, buscáis el amor, buscáis el bien, buscáis la verdad: buscad a Cristo. Porque en Cristo de una manera concreta esas realidades, esos nombres que suenan abstractos pero que constituyen los deseos más profundos del corazón humano se nos presentan, se nos ofrecen, se nos dan, y sólo en relación con ese don podemos verdaderamente ser nosotros mismos hasta el fondo, podemos ser libres hasta el fondo, podemos amar hasta el fondo, podemos vivir en plenitud.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

17 de febrero de 2013