Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del IV Domingo de Cuaresma, en la Catedral, el 15 de marzo de 2026.
Querido diácono,
Queridos seminaristas,
Queridos hermanos y hermanas, también los que nos seguís a través de la televisión y de las redes sociales,
Estamos ya en el IV domingo de Cuaresma, en el domingo Laetare, como os decía. En el domingo en el que se nos invita al gozo y alegría entre las fiestas pascuales. Venimos haciendo un recorrido. Ese es la Cuaresma. Y en este año, un recorrido cuaresmal, pero un recorrido bautismal.
El recorrido, acompasado por las lecturas de la palabra de Dios. Que eran las que escuchaban los catecúmenos que se preparaban para el bautismo en la Vigilia Pascual. Y ha tenido como esas etapas el primer domingo con las tentaciones del Señor, para recordarles a los catecúmenos, a los nuevos, a los que iban a ser los nuevos cristianos y de paso a nosotros, que el cristianismo es lucha.
Hay que luchar. Y que tenemos tentaciones, pero que el Señor ha vencido y nos da esa confianza. El segundo domingo veíamos también como no todo es lucha, sino que también hay un anticipo y hay una confirmación. Un anticipo del cielo, de la gloria de la Resurrección, que se manifiesta en la Transfiguración del Señor y una confirmación de que en Jesús se cumple la ley y los profetas. Él es el Mesías.
En el tercer domingo, el domingo pasado, veíamos ese diálogo también del Evangelio de Juan con la samaritana, en que Jesús se muestra como el agua viva y tiene sed. Pero tiene sobretodo sed de la fe de esa mujer. Que va suscitando progresivamente con el reconocimiento de sus propias culpas en esta mujer, y después la lleva a la confesión de que Cristo es el profeta, es el Mesías esperado. Y esta mujer se convierte, al mismo tiempo, en anunciadora de Jesús para con sus paisanos, a los que lleva a Jesús.
La fe es apostólica, no solo por su origen y su fundamento es la revelación del Señor a través de los apóstoles en su Iglesia, sino porque también es evangelizadora. No podemos tener una fe… Y así se enseñaba a los nuevos cristianos, los que iban a ser nuevos cristianos, que la fe hay que difundirla, que la fe hay que expandirla con el testimonio y con nuestras palabras.
Y hoy, en este IV domingo, ¿qué nos quiere enseñar la Palabra de Dios a los catecúmenos, y a nosotros, cristianos viejos, en el decir clásico de nuestro siglo de oro? Pues nos quiere decir la importancia de la fe y de creer en Jesucristo. San Juan hace todo su evangelio para llevarnos a esto, a creer en Jesús. A confesar a Jesús como nuestro Dios y como nuestro Señor.
Por eso, este domingo, el que viene, en el VI domingo, en que la resurrección de Lázaro, al mismo tiempo que nos da una enseñanza, nos lleva a un acto de fe. Hoy, a creer en Jesucristo como la luz del mundo. En Cristo, como esa luz que nos hace salir de nuestras tinieblas, de las tinieblas del error, de las tinieblas del pecado.
Somos hijos de la luz, como nos ha recordado san Pablo en la lectura de la Carta a los Efesios. El cristiano es un ser iluminado por la fe. La fe, se le representa muchas veces con los ojos cerrados, para expresar la confianza en el Señor. Pero el Papa Juan Pablo I, en su corto pontificado, pero también en un libro, nos dejó escrito que la fe no es ir a ciegas, fiándose solo del Señor.
No es problemas indescifrables. Sino que la fe es la luz del Señor sobre nuestra vida, es la visión sobrenatural. Es descubrir realidades nuevas en nuestro alrededor, viendo a los demás no solo como compañeros de la existencia, sino también como hijos de Dios, como nosotros y hermanos nuestros. Es mirar la vida con la mirada de Dios. La fe nos lleva sobre todo el reconocimiento de Jesucristo y a encontrarnos con Él.
Como este proceso que se da en este diálogo maravilloso que hemos escuchado, que he querido que se lea entero, en vez de la versión breve. ¿Por qué? Porque tiene un gran dramatismo y vemos como Jesús primero dice que está ciego para que se muestren las obras de Dios. San Juan dirá también, el evangelista, en otra diatriba con los judíos, ¿cuáles son las obras que Dios quiere? Le preguntan a Jesús. Las obras que Dios quiere es que creáis en el Hijo del hombre, en quien Dios ha enviado.
Esa es la finalidad a la que quiere llevarnos Jesús. Y nosotros, cristianos del siglo XX, podríamos preguntarnos, ¿estamos ciegos como los judíos, como los fariseos? ¿No somos capaces de reconocer a Jesús, a ese Jesús de Nazaret? ¿Nos hemos encontrado realmente con Él como en el centro de nuestra vida? Ese Jesús en nuestra vida de recorrido cristiano, ¿hemos ido difuminando su imagen en nosotros, su importancia?
¿La fe para nosotros se queda en algo teórico, en algo solo de cabeza, en unas preguntas y respuestas del catecismo o empapa nuestra vida? Nos hace tener una visión nueva sobre Dios, el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Dios que se revela en Jesucristo, el Dios que confiesa. El ciego de nacimiento, ya con la vista recuperada, física, pero sobre todo con esa visión y con esa luz de la fe. De ese Jesús que ha venido para que todos veamos. “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue a mí no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz verdadera.”
Y los catecúmenos que se preparaban para el bautismo, iban a recibir en la Vigilia pascual, con la liturgia del fuego bendecido y del cirio pascual y de la luz que se le entrega, reciben la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz.
¿Somos realmente nosotros hijos de la luz? ¿O en nosotros pesa más las tinieblas, pesan más los criterios humanos, pesa más esa mundanidad de la que habla el Papa Francisco? ¿Nos dejamos llevar por la luz de Cristo, por su doctrina, por la fe, en definitiva? Pues, es a eso a lo que quiere invitarnos. Para que, como el ciego de nacimiento, que va mostrando progresivamente que defiende a Cristo, que va mostrando cómo él estaba ciego y eso era imposible humanamente salir de ello… Alguien le ha curado.
Y ese alguien tiene que ser especial. Y se encuentra con Jesús. Y Jesús le pregunta, después de ese proceso que se ha dado en él, de defenderlo, le dice, “¿Tú crees en el Hijo del Hombre? ¿Quién es, Señor, para que crea en Él? Lo estás viendo. Creo, Señor.” Y nos dice algo el Evangelio: Se arrodilla ante Jesús. Lo adora.
Es la confesión de la fe. Es llevarnos al encuentro con Cristo. Ojalá esta Cuaresma, ojalá esta próxima Semana Santa también nosotros nos encontremos con el Señor. Y no sea una Semana Santa más, no sea ver pasar unas imágenes que nos aflore el sentimiento religioso, que es importante, y nos volvamos igual que estamos.
Vamos a pedirle al Señor: Señor, yo quiero encontrarme contigo. Yo quiero decirte que tú eres el Dios y el Señor de mi vida. Yo quiero vivir conforme a esa fe en mi vida de cada día, aunque me cueste. Yo quiero vivir, en definitiva, como cristiano.
Que la Virgen, la Santísima Virgen de la Luz, nos ayude. Ella nos ha dado a luz a quien es la Luz misma. Jesucristo, la luz del mundo. Sigámosle y no caminaremos en las tinieblas.
Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
15 de marzo de 2026
S.A.I Catedral de Granada
