El 15 de noviembre celebramos la festividad de San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia. 

Alberto nació en Alemania alrededor del año 1200, en la familia de los Condes Bollstadt, y desde muy joven fue enviado a estudiar a Padua, una ciudad de excelencia donde se cultivaban las artes liberales, y también a Bolonia y Venecia. El precoz estudiante se reveló realmente muy brillante. Fue luego llamado a profundizar en el estudio de la teología en Colonia, pero allí su espíritu filosófico muy crítico y sistemático tuvo que enfrentarse a cuestiones teológicas muy difíciles. Esta fuerte crisis logró superarla sólo gracias a su gran capacidad de elaborar una armónica síntesis entre la sabiduría teológica revelada y la sabiduría propia de las ciencias humanas y naturales; síntesis que debía tender al bien supremo que es Dios. En este áspero camino, su filial devoción a la Virgen lo acompañó siempre.

EL AMOR POR LA ENSEÑANZA Y EL ENCUENTRO CON TOMÁS DE AQUINO

Junto a su gran amor por el Señor, el estudio y la enseñanza eran las mayores pasiones de Alberto. En Colonia, como Tomás, logró elaborar grandes obras filosóficas y teológicas, tanto que mientras vivía se ganó el apodo de “Magno”, que significa grande. Se embarcó en el ambicioso proyecto de comentar las obras del Pseudo Dionisio Aeropagita (Super Mysticam Theologiam Dionysii), comentó casi todos los libros de Aristóteles, el Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, y algunas obras de Boecio. De ese modo asimiló en la cultura cristiana el aristotelismo, las ciencias profanas y el pensamiento filosófico clásico. Alberto logró encontrar en la doctrina del alma espiritual el punto de encuentro entre Aristóteles y el Pseudo Dionisio. La vida del alma que ha sido escondida por Dios en la profundidad del ser humano, emerge y se expresa a través del conocimiento y precisamente en esta compleja y maravillosa actividad revela su naturaleza inmortal y su origen divino. Con su síntesis de la sabiduría teológica, del conocimiento humano y de las ciencias de la naturaleza, Alberto dio una profunda orientación humanística y mística a la Orden de Predicadores. El método y el fruto de su investigación filosófica y teológica le fue heredada luego a su genial discípulo Tomás, que también elaboró una monumental síntesis teológica entre la fe y la razón, integrando algunas verdades de la filosofía aristotélica con las verdades reveladas.

LA LLAMADA A LA ORDEN DE PREDICADORES

En Italia Alberto entró en contacto con los dominicos, la Orden de Predicadores, y sintió que ese era su camino. Se hizo religioso y recibió el hábito directamente del beato Jordán de Sajonia, el sucesor inmediato de santo Domingo, quien lo envió primero a Colonia y luego a París, donde durante algunos años ocupó la cátedra de teología y donde conoció a su alumno más talentoso, Tomás de Aquino, al que llevó consigo cuando la Orden lo destinó a Colonia para fundar allí un Centro de estudios teológicos.

EN ROMA CON EL PAPA

En el Capítulo General de los dominicos que tuvo lugar en 1250 en Valenciennes, Alberto, junto con Tomás, elaboraron las reglas para definir la dirección de los estudios y para determinar el sistema de méritos dentro de la Orden. Cuatro años más tarde, sin embargo, fue apartado de la enseñanza y “promovido” a Provincial en Alemania. Con este encargo, en 1256 fue enviado a Roma para defender los derechos de la Santa Sede y de los religiosos mendicantes en el Consistorio de Anagni. Allí el Pontífice quedó tan impresionado de su sabiduría profana y religiosa que lo mantuvo en la ciudad, haciéndole volver a ejercer la enseñanza que tanto amaba y asignándole una cátedra en la Universidad Pontificia.

LA CÁTEDRA DE OBISPO Y SUS ÚLTIMOS AÑOS

Inesperadamente, sin embargo, en 1260 el Papa nombró a Alberto obispo de Ratisbona. Llamado a su patria, Alberto trabajó asiduamente para restablecer y fortalecer la frágil paz entre los pueblos. En 1274, fue invitado de nuevo por Gregorio X a participar en el segundo Concilio de Lyon, pero en su camino de regreso se encontró con la tristísima noticia que nunca hubiera querido escuchar: la imprevista muerte de Tomás. Fue un durísimo golpe para Alberto, que lo amaba como a un hijo, y sólo tuvo la fuerza de comentar amargamente: “La luz de la Iglesia se ha apagado”. A partir de entonces, pidió insistentemente a Urbano IV que lo exonerara de su encargo pastoral para poder retirarse a Colonia. El Papa finalmente lo aprobó. Pero el 15 de noviembre de 1280, mientras escribía y rezaba con sus cofrades, Alberto murió. Fue canonizado en 1931 por Pío XI, quien también lo proclamó Doctor de la Iglesia. Diez años más tarde Pío XII lo declaró patrono de los estudiantes de ciencias naturales, ciencias químicas y de ciencias exactas.