Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del día de la Ascensión del Señor, en la Catedral, el 17 de mayo de 2026.

Queridos sacerdotes concelebrantes, especialmente quienes habéis acompañado a estos catecúmenos en el inicio de su caminar cristiano,

Gracias y gracias a vuestras comunidades.

Querido diácono,

Queridos seminaristas,

Queridos catecúmenos, especialmente,

También queridos padrinos, familiares y amigos,

Y quienes habitualmente venís a esta celebración de la Eucaristía los domingos en nuestra Catedral de Granada, hoy un poquito más larga,

También a quienes nos seguís a través de la televisión, desde vuestras casas en esta Jornada, también, de las Comunicaciones Sociales, instituida por el Concilio Vaticano Segundo, para que tomemos conciencia de la importancia de la comunicación en el mundo moderno y su importancia para la evangelización.

Queridos hermanos, todos,

Hoy es un día de alegría, especialmente por la solemnidad, ciertamente, de la Ascensión del Señor a los cielos, que nos llena de esperanza. Porque, como se repetirá en la liturgia de hoy, y le hemos pedido al Señor en la oración colecta, lleguemos un día también nosotros al cielo, donde ya nos precede nuestra cabeza Cristo.

Nosotros, que formamos parte de su cuerpo, el Cristo total, que es la Iglesia en la que vais a ser incorporados vosotros, queridos catecúmenos. Vais a ser hechos hijos e hijas de Dios. Recibir la salvación del Señor Jesús, obtenida en el misterio pascual, en su Pasión, muerte y Resurrección. Va a ser el acontecimiento más importante de vuestra vida, porque es la recreación según Cristo. La participación en la vida divina.

Todos nosotros estamos llamados a la santidad que nace de la imitación de Cristo, pero que nace sobre todo de nuestra conformación con Cristo. Vais a ser hechos otros Cristos, el mismo Cristo. Y se nos pide a vosotros y a nosotros, a todos, que vivamos en una santidad de vida. Por eso, ¡qué realidad cobra esa exhortación del apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso!

El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os de espíritu de revelación para conocerlo. Para que conozcáis la esperanza a la que os llama, la riqueza de gloria que tiene destinada a quienes siguen a Jesús. Eso le pido al Señor especialmente por vosotros, que vais a ser bautizados, que vais a recibir el don del Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación, y que vais a recibir a Cristo presente, real y verdaderamente. Con su Cuerpo, con su Sangre, con su alma y con su Divinidad, en la Eucaristía, como alimento de nuestro caminar cristiano, hasta que lleguemos un día a estar con Él en el cielo.

Él está en el cielo y nos invita… Él que descendió, dice San Agustín en el oficio de hoy de la liturgia de las horas, por misericordia nos invita a los que formamos parte de su cuerpo, a que nosotros también aspiremos a estar un día con Él en el cielo. Por la caridad, por el amor.

Queridos amigos, hoy es un día de alegría. Es un día de alegría porque Jesús certifica, con su ascensión a los cielos, su victoria sobre el poder del pecado y de la muerte. Se nos abre a los seres humanos, a los cristianos, la esperanza en la vida eterna. Creemos en la Resurrección y creemos en la vida eterna, en que nosotros también un día, después de pasar por aquí abajo, siguiendo al Señor y tratando de vivir como Él nos pide, nosotros un día, al final del recorrido de nuestra vida, estemos con Él para siempre. Pero Cristo, queridos amigos, no se ha olvidado de nosotros. Está en los cielos, pero Él también, como hemos escuchado en el Evangelio de san Mateo que se ha proclamado, nos dice que estará con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos.

Esa presencia de Cristo que también nos recordaba a san Lucas en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Esa presencia de Cristo es en su Palabra, esa presencia de Cristo es en los sacramentos. Por eso hoy, al recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, vais a sentir de manera especial que Cristo viene a vosotros, vais a ser bautizados en ese bautismo de Cristo. Que es el bautismo en el Espíritu, que es el bautismo de confirmación con Él, que es el bautismo en el que vais a ser revestidos, revestidas de Cristo, nuestro Dios y nuestro Señor.

Vais a ser hechos cristianos y cristianas. Y eso tiene consigo la responsabilidad de la coherencia de vida, de vivir de acuerdo con lo que se es. Tiene para un cristiano consigo el seguimiento de Cristo. No a temporadas, sino tomándose en serio a Cristo. Como lo habéis hecho ahora en esta etapa de vuestra vida en que vais a dar el paso, mediante la afirmación de las renuncias al pecado y la afirmación de vuestra fe en Cristo, que queréis ser cristianos de verdad.

Se está produciendo un fenómeno en nuestros días en la Iglesia con la llegada de nuevos catecúmenos, de adultos que quieren ser bautizados. Solo en Francia, el año pasado fueron 30.000 personas adultas las que pidieron ser cristianos. En las diócesis de España, paulatinamente está aumentando. Nuestra propia diócesis de Granada, este año serán cerca de 40 personas las que reciban ya de adultos el sacramento del bautismo.

Y eso, para los que somos cristianos de toda la vida, somos cristianos viejos, en el decir clásico, es una llamada de atención para que nos tomemos en serio lo de ser cristiano.  Para que vivamos conforme a Jesucristo en medio de nuestro mundo. Y no es precisamente fácil y lo sabéis. Ya habéis experimentado las dificultades de la vida y que muchas veces lo que Jesús nos pide no coincide con lo que se estila, con lo que se lleva.

Pero en vez de amedrentarnos, en vez de venirnos abajo, el Señor nos da su fuerza para vivir como los primeros cristianos. En medio de las circunstancias de hoy, según el Espíritu de Jesús, y hacerlo con alegría, con naturalidad, sin hacer cosas raras ni rancias. Sino viviendo según el Espíritu en medio de nuestros trabajos, en medio de nuestra vida de familia, en medio de nuestras relaciones sociales. Viviendo con coherencia, dando ejemplo del Señor Jesús. A eso se nos invita.

Queridos amigos, no hacemos otra cosa que cumplir el mandato de Jesús que al ascender a los cielos envía a sus discípulos. Id y bautizad a todas las gentes, enseñándoles cuanto yo os he enseñado, y bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Eso es lo que voy a hacer yo en el nombre del Señor Jesús, como sucesor de los Apóstoles, de aquellos mismos que recibieron un día ese encargo del Señor y recibieron el Espíritu del Señor el día de Pentecostés.

Os lo transmitiré a vosotros. Ahora os toca con vuestro ejemplo vivir conforme a la fe que vais a profesar delante de toda la comunidad cristiana dentro de un momento. Y aspiremos, dice San Pablo también, “Aspirad a los bienes de allá arriba, donde está Cristo”. Pues eso, no nos olvidemos que nuestra vida no es solo de tejas para abajo, sino que, como vais a confesar vosotros, creemos en la Resurrección, creemos en la vida eterna, que nos labramos siguiendo al Señor.

Que la Virgen, nuestra Madre, en las advocaciones a las que cada uno y cada una de vosotros le tengáis especial cariño, os proteja, os cuide, os acompañe. Como hizo con la primitiva comunidad cristiana. Ella es, decía san Juan Pablo II, lo que debe ser la Iglesia, lo que debemos ser cada uno de nosotros.

A ella le pido que este camino cristiano que hoy comenzáis especialmente, os lleve como le pedimos la salve a la Virgen, alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

Amén.


+ José María Gil Tamayo

Arzobispo de Granada

17 de mayo de 2026
S.A.I Catedral de Granada

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