Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía del Domingo XV del Tiempo Ordinario, celebrada en la Catedral el 12 de julio de 2026.

Queridos sacerdotes concelebrantes,

Queridos diáconos,

Queridos hermanos y hermanas,

Estamos en este domingo del mes de julio. En este domingo caluroso, como es propio del tiempo, y la Palabra de Dios nos habla en este domingo, dándonos unas claves para que las vivamos siempre, pero especialmente esta semana. Para que la palabra de Dios, que como hemos escuchado, la profecía de Isaías del libro de Isaías, pues realmente cale en nosotros. No vuelva al Señor de vacío.

La Palabra de Dios que hemos escuchado también, esa parábola que nos ha explicado el propio Señor, con lo cual ha dado la mejor homilía. Porque es la de Jesús cuando le preguntan los discípulos “Señor, explícanos la parábola”. Jesús habla con mucha frecuencia como maestro de Israel. Utiliza el género de las parábolas, de los ejemplos, de los cuentos, para exponer su enseñanza.

Y esta parábola al mismo tiempo se refiere a la escucha, se refiere al fruto que, por otra parte, es un tema muy constante en la enseñanza de Jesús. Él maldice a la higuera estéril a la que va a buscar fruto y no lo haya. Él nos habla de que el pueblo de Israel, también la Iglesia, es como una viña a la que manda a sus viñadores para buscar el fruto.

Y si no lo encuentra, pues ¿qué hará con aquellos malos viñadores? Les dice Jesús a los discípulos. Y les quitará la viña y se la dará a otro. Bueno, pues, el Señor busca frutos en nosotros. No podemos ser unos cristianos estériles. Obras son amores y no buenas razones. Nuestra vida tiene que ser reflejo de lo que creemos. Los primeros cristianos convencen, sobre todo, por sus obras.

“Mirad como se aman”. Apenas hablan de predicación, apenas hablan de evangelización, pero la viven. Es más, muchas de sus cosas, por ejemplo, las celebraciones de la Eucaristía, eran casi secretas. Por miedo a las persecuciones, ciertamente, o a ser delatados. Pero también, por la filosofía del arcano de guardar lo que es propio de familia solo para la familia.

Pero, queridos hermanos y hermanas. Ellos mostraban con su vida, con su testimonio, con su paciencia, con su “habitus”, dicen los latinos. Manifestaban su comportamiento que cambiaba. Y eran muchos los que se iban uniendo a los primeros cristianos, porque veían un estilo de vida distinto, atrayente. Un estilo de vida donde primaba el sentido religioso, el sentido sobrenatural, el sentido de Dios. Donde primaba Cristo, en definitiva. Y con él el engrandecimiento de la persona, del ser humano, de la compasión, del perdón, de la ayuda, de la caridad.

Ahora tendríamos que preguntarnos, ¿nosotros damos frutos o somos cristianos estériles? Si nos aplicamos la parábola del sembrador, ¿en qué estadio estamos nosotros? ¿Somos los del camino o de la cuneta, o del borde del camino donde cae la semilla? Sí, nos resbala. Ya lo sabemos; predíqueme usted, padre; por un oído me entra, por otro me sale.

Y estamos igual que hace años, cumpliendo. Pero, ¿hemos cambiado radicalmente? ¿Hemos quitado lo que nos aparta de Dios y nos aparta de los demás? ¿Se ha producido en nosotros una conversión que dé frutos convincentes de vida cristiana? Eso tenemos que preguntarnos todos, también el obispo. O somos de ese grupo que, sí, recibimos con alegría la Palabra de Dios, como nos ha dicho el Señor, pero es como el terreno pedregoso, no hay raíces. No hay tierra, no hay profundidad. Y es la superficialidad de nuestro mundo. Vivimos en un mundo superficial, en un mundo donde profundizar, pues cuesta. Donde la reflexión, volverse sobre uno, flexionarse sobre uno, en el interior. Pararse a pensar sobre uno mismo cuesta. Sobre la propia vida, sobre el sentido de la existencia…

¿De dónde venimos, a dónde vamos? Si merece la pena lo que hacemos. ¿Cuál es el sentido de la vida, de la muerte, del amor, de la familia? Tenemos que ganar en profundidad. Lo que nuestro filósofo Unamuno llamaba “el adentramiento”. Mucha gente está en lo superficial, está en cosas pasajeras. ¿Estamos nosotros en esa categoría o nos dejamos contagiar por ese ambiente superficial? Solo en el espectáculo, en las fiestas, en lo material. O por el contrario, ¿hay raíces profundas, hay convicciones, hay sentido de la vida, hay valores por los que merece la pena la vida ser vivida? O simplemente vamos según la moda, según el sol que más calienta. Pues claro, ahí no da fruto la Palabra de Dios. Ahí se cambia según la conveniencia. Lo que ya ayer era blanco, hoy es negro. Ese chaqueteo, también espiritual. También, de falta de exigencia, de flojera. ¿O somos como los espinos, los cardos, en nuestra vida? ¿Queremos hacer compatible a Dios con la visión de este mundo?

Queremos hacer compatible a Dios, muchas veces, con nuestros placeres, con el dinero, con el poder. Y Jesús nos dice en el Evangelio “el que no está conmigo está contra mí. El que no recoge conmigo, desparrama”. Es más, dice “no se puede amar a Dios y al dinero a la vez”. Bueno, pues, eso tenemos que aplicárnoslo los cristianos. Porque Jesús nos dice, con esa parábola, incluso explicándola, que tenemos que aplicarnos el cuento, nunca mejor dicho.

Y por último, el Señor nos habla de quienes dan fruto. Unos 100, otros 60, otros 30. A todos no se nos pide igual. Depende de nuestras circunstancias, de nuestro estado de vida. Pero todos estamos llamados a dar fruto. No puede irse Dios vacío de nuestra vida. Porque un día nos vamos a presentar al final de nuestra existencia de manera personal, desarmado ante el Señor y ¿qué le vamos a llevar?

¿Los títulos, las tierras, los honores, el poder? No. ¿Qué le vamos a llevar? El amor, que es de lo que nos va a examinar. “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos”, dice Jesús, “sino el que hace la voluntad de mi Padre”. Ese entrará.

Bueno, pues, vamos a examinarnos. Esta parábola es para examinarnos, y cuando vivamos esto… Y estamos llamados a esa plenitud de la filiación que hoy san Pablo nos reclama en la Carta a los Romanos.

Incluso nos habla de ese sentido ecológico, también. Las criaturas están esperando la manifestación gloriosa de los hijos de Dios. Estamos llamados a una plenitud, a una felicidad, pero hemos de labrárnosla aquí abajo, siguiendo a Jesús. Que es el modelo, es el que les dice al hombre lo que debe ser el hombre. Él es la vocación suprema del hombre.

Vamos a pedirle a la Virgen que nos ayude a hacer producir la semilla que Dios ha puesto en nuestro corazón. Ayudemos también a los demás a que crezcan en valores cristianos. Ayudemos a nuestra sociedad a que se parezca más a como la quiso Dios.

Pidámoselo así, con confianza. Y pidamos por Venezuela. Sigamos pidiendo. Pidamos también por las víctimas del incendio de Almería, por sus familias. Para que el Señor les dé el consuelo y a todos nos ayude a prevenir para que nuestra tierra sea cuidada como merece.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Catedral de Granada
12 de julio de 2026

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