Homilía del arzobispo Mons. José María Gil Tamayo, en los Oficios de la Cena del Señor, el Jueves Santo, el 2 de abril de 2026, celebrada en la Catedral.
Queridos sacerdotes concelebrantes, diácono, seminaristas;
queridos miembros de la vida consagrada;
queridos hermanos y hermanas;
y también quienes nos seguís a través de La 2, de Televisión Española:
Estamos celebrando la Misa de la Cena del Señor. Acabamos de escuchar la Palabra de Dios, que ilumina esta celebración y que nos pone en situación. Esa Palabra de Dios, que es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero nos dice la propia Sagrada Escritura. Esa Palabra de Dios, que hemos escuchado en el primer texto, tomado del Libro del Éxodo, nos recuerda la celebración de la cena pascual judía. La celebración de esa cena que supone la salida de Egipto, la liberación. El sentirse como pueblo liberado, como nación posesión de Dios. Es entrar en el mundo del pueblo judío. Pero, para nosotros, los cristianos, la verdadera Pascua es la Pascua Redentora de Jesucristo. Estamos ya comenzando el ritmo pascual. La Pascua, el paso del Señor, el paso liberador.
San Pablo, en la primera Carta a los Corintios, que ha sido el texto que ha sido proclamado en la segunda lectura, nos habla de la institución de la Eucaristía. De esa cena celebrada por Cristo en la que ya no solo recuerda la salida de Egipto del pueblo de Israel, sino la verdadera liberación que Él trae con su entrega en la cruz y su Resurrección.
Es Cristo quien se entrega. Es Cristo quien se sacrifica por la humanidad. Es Cristo el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Y es Cristo quien se queda con nosotros en la Eucaristía. El Jueves Santo es el día de la institución de la Eucaristía. Jesucristo es el pan de vida. Jesucristo se nos da como alimento.
Hemos escuchado la proclamación del Evangelio de San Juan, el texto precisamente de la Última Cena, en que no nos habla de la Eucaristía porque ya lo había hecho en su capítulo sexto de su Evangelio, al hablarnos del pan de vida. Nos habla de otra institución por parte de Cristo en este día de Jueves Santo. La institución del mandamiento nuevo del amor y lo hace con el gesto, con el signo, de ponerse a lavar los pies a sus discípulos. Ese gesto propio del criado. Y Jesús, el maestro, les hace ver a sus discípulos que Él no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos, como dirá. Es un gesto, pero expresa toda la profundidad de ese mensaje del mandamiento nuevo de Jesús, que nos dice “un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado. En esto reconocerán que sois mis discípulos”.
Es el mandamiento del amor cristiano. Es el amor de Cristo mismo, con ese amor amar a los demás, sin fisuras, sin distinción. Ese amor que nos lleve a entregarnos por nosotros como Cristo. “Habiendo amado a los suyos -nos dice el Evangelio- los amó hasta el extremo”. Luego, tenemos otra institución. La institución de la Eucaristía, la institución del mandamiento nuevo del amor fraterno.
Y hay otra institución, el sacerdocio. Cuando Jesús, al celebrar la Eucaristía con sus discípulos, en la Última Cena, les dice “haced esto en memoria mía”. Y ahí, aquellos apóstoles, con sus defectos también, como vemos en el propio Pedro, que ya Jesús le había anunciado que lo entregaría en esa negación, o esa otra entrega, vendido, que es la que hace Judas, el traidor.
Los defectos de los apóstoles son innegables en el Evangelio. Nosotros también los tenemos. Pero, a pesar de eso, el Señor ha elegido hombres de su pueblo, para que les representen, para que sean representación sacramental suya nuestros sacerdotes.
Luego, en este día, es también el día del sacerdocio, de pedir por nuestros hermanos sacerdotes. El Papa nos invita este mes, precisamente, a que pidamos por los que están cansados, agobiados, por los que están en dificultad.
Luego, estas tres realidades, que son esenciales en la vida de un cristiano, en la vida de la Iglesia, nos las pone el Señor en el día del Jueves Santo.
Amor fraterno. Ay, si los cristianos nos decidiésemos a vivir de una manera más profunda ese amor que San Pablo desgrana en su primera Carta a los Corintios: “El amor es comprensivo, es servicial, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, disculpa sin límites, cree sin límite. El amor no tiene envidia, no se engríe, no es maleducado, ni egoísta”. El amor está hecho de obras (“obras son amores y no buenas razones, dice el refranero castellano”. El amor está hecho de cariño, el amor está hecho de concreción a las personas que nos rodean.
El amor. Es fácil hablar de él. Incluso hemos devaluado su palabra. Pero, es de lo que nos va a examinar el Señor. Jesús nos ha dicho en el Evangelio que al final Dios nos va a preguntar si hemos amado y nos dirá “venid benditos de mi padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber. Fui peregrino y me acogisteis, estuve enfermo en la cárcel y me visitaste”. “¿Cuándo lo hicimos Señor? Cuando lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. Y condenar a otros. “¿Cuándo no lo hicimos? Cuando no lo hicisteis con uno de estos”.
Queridos hermanos, el juicio final de Dios sobre nuestra vida es un juicio de amor y nuestra vida vale lo que el amor…, el amor que ponemos en ella; no va a valernos nuestro poder, ni el dinero, ni las cosas materiales. Luego, tenemos que cambiar esta mentalidad y ponernos a estrenar el mandamiento nuevo, para que deje de ser nuevo también en su cumplimiento.
Y vamos a empezar por los más próximos. Y vamos a hacer un mundo mejor, cuando hagamos ese empeño en medio de esta cultura de la muerte en que vivimos, en medio de esta civilización, que parece que la única solución es la guerra, es el distanciamiento, es la polarización, son las divisiones. Recuperemos, pongamos en práctica el amor; el amor que nos pide Jesucristo, el amor que lleva consigo la justicia, el amor que lleva consigo la comprensión del otro, el amor que lleva consigo en ponernos en su lugar. Por tanto, en este día del amor fraterno, hagamos ese esfuerzo y examinémonos si estamos viviendo como Jesús nos pide, porque, al fin y al cabo, ese es el temario final del éxito de nuestra vida.
Jesús instituye la Eucaristía, que es la mayor prueba del amor de Dios en su entrega, que se queda con nosotros y se queda como alimento: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.
Apreciamos los cristianos realmente la Eucaristía, que es el alimento. ¿No estará debilitada nuestra vida cristiana precisamente porque hemos dejado de valorar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, porque no acudimos, como lo vamos a hacer a partir de esta tarde, a nuestros agrarios, a los monumentos, a estar un rato con el Señor, a hablarle de nuestras cosas, a pedirle ayuda, a vivir esa costumbre cristiana de la adoración a Cristo en la Eucaristía, que vive tantos y tantos hermanos y hermanas nuestras con la adoración eucarística? Vivamos la misa dominical, donde cada domingo vamos a estar con el Señor, escuchamos su Palabra, que es ese alimento espiritual, pero también es el alimento de la Eucaristía, que nos fortalece para la semana, viviendo la Resurrección de Cristo, anunciando su muerte y esperando su Venida.
Adelante con la celebración de la Eucaristía los domingos. No la dejemos. Y a quienes estáis en vuestras casas y la seguís a través de La 2 de Televisión Española, a la que agradezco especialmente este servicio público en favor de la comunidad cristiana, gracias, y no dejéis de hacerlo.
La Eucaristía es también presencia y sacrificio: es el sacrificio de Cristo, es el alimento. Y hoy también vuelvo a repetiros, pidiéndoos, como un necesitado, que pidáis por los sacerdotes, que ayudéis a los sacerdotes, que no dejéis solos a los sacerdotes, que recéis por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor continúe llamando a hombres de nuestro pueblo, para que puedan serviros con la proclamación de la Palabra, con la celebración de los Sacramentos, con la guía del Pueblo de Dios.
Vamos a pedírselo a la Virgen, cada uno en la advocación que la tenga; cada uno en su casa o donde esté.
Queridos hermanos, vivamos ahora el gesto del lavatorio de los pies, con el recordatorio para nosotros, de que hemos de ponernos al servicio de los demás.
Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
2 de abril de 2026
Jueves Santo, Catedral de Granada
