Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en el XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, en la S.A.I Catedral, el 13 de septiembre de 2026.
Queridos sacerdotes celebrantes,
Queridos hermanos y hermanas, también quienes nos seguís a través de la televisión.
Acabamos de escuchar la Palabra de Dios, que nos habla de amor, del amor al prójimo, del amor a Dios. Llevamos varios domingos insistiendo en este mandamiento que es el principal de los cristianos, el mandamiento principal. Las preguntas en el Evangelio son esenciales. Los evangelistas se sirven del género de las preguntas para mostrar los mensajes esenciales de Jesús.
¿Acordaros, ya hace unos domingos que la pregunta era “Maestro, cuál es el mandamiento principal de la ley”? Incluso insiste ¿Quién es mi prójimo? Ahora, el Señor se sirve de esa pregunta de Pedro: ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Siete veces? Siete veces, en el mundo judío es el número de la plenitud. Siete son los sacramentos. Y esta pregunta arranca de Cristo una respuesta esencial para el cristiano, que es consecuencia del amor a Dios y del amor al prójimo.
Dios es compasivo y misericordioso, hemos repetido. El Señor es compasivo y misericordioso. Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, aquí, también representado por el Cristo de San Agustín. En la Cruz, precisamente en la cátedra de la Cruz, donde nos da la muestra mayor de amor. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos”.
Jesús, una de sus últimas palabras son “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Y el Señor nos dice en el Evangelio que cuando oremos, digamos esa oración del Padre Nuestro, donde están contenidos todos los deseos, todos los anhelos que podamos, toda la alabanza, todas las peticiones al Señor, toda la acción de gracias. Que, amando a Dios y decimos que nos atrevemos, Padre, perdona nuestras ofensas y ponemos a continuación, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
Y el Señor nos muestra esto claramente en el Evangelio. No es un añadido, no es algo opcional. El amor cristiano que hemos ido desgranando estos domingos… Cordaros el domingo pasado nos hablaba el Señor de la corrección fraterna que lleva consigo esa obra de misericordia de corregir al que yerra, de que hemos de buscar la santidad de los demás, ayudándoles a ser mejores.
Que no podemos dejarnos llevar de la crítica, de la murmuración, del chisme. Hoy el Señor es todavía más exigente. Perdonemos a los demás. Claro que el perdón es algo que nos cuesta, que nos la hacen, nos la paga. Ojo por ojo, diente por diente. Y vivimos en un mundo también, queridos hermanos, donde el perdón está como infravalorado, como muestras de debilidad.
Ciertamente hay clases de perdón, hay un perdón ante circunstancias. Una vez que estuve en Colombia y estuve en un curso para obispos que había sobre comunicación y una de las conferencias la daba un sacerdote que hablaba de la reconciliación, del perdón en un país que todavía está sumido en el terrorismo. Donde hay muertes, donde una parte importante de la población ha sufrido esa lacra inhumana del terrorismo.
Y hay procesos para que esas personas, que han sido heridas, que han visto morir a sus seres inocentes, pues vayan también rehabilitándose y curando esa herida. Y eso no se hace de la noche a la mañana, eso no se hace. Bueno, voy a perdonar sin más. Eso es un proceso que cuesta, es un proceso que pasa por la memoria. Es un proceso que va en la hondura de la herida, poniendo el bálsamo del amor y de la misericordia.
Pero eso solo podemos hacerlo con el tiempo. Pero hay muchas clases de perdones. Hay el perdón ante una falta de educación ayer, perdón ante un desaire. Pero, queridos amigos, no estamos hechos para albergar en el corazón el rencor, el desamor. No podemos estar permanentemente con las heridas abiertas, no podemos estar esperando una revancha. Quien me la hace, me la paga.
No podemos estar con esa precaución que nos impide amar plenamente porque hemos sufrido un desaire, porque hemos sufrido un desamor. Tenemos que perdonar. El perdón, a quien primero beneficia es a quien lo ejerce. El perdón no es una señal de debilidad, es una señal de amar con el amor de Cristo, que nos ha amado hasta el extremo. El amor nos ha de llevar al perdón.
Claro que el Señor pone cosas en el Evangelio difíciles para los cristianos, cosas que superan la pura justicia humana. El Señor nos exige a los cristianos más. Sabéis que se dijo a los antiguos: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo. No así entre vosotros, y eso no es para unos pocos. Esa es la condición, queridos amigos, en una sociedad herida como la nuestra, para que tanto en la familia a la primera de cambio se rompe. ¿Pero qué clase de amor se rompe? O en un matrimonio se van acumulando desaires, reproches, se van guardando hasta que un día explosiona y salen todos en fila ante una cosa que colma el vaso.
No podemos ser, gente, que llevemos el corazón cargado de resentimiento. Estamos hechos para amar. Lo cual no quiere decir que vayamos por la vida de bobos. Tenemos que ir con la verdad, tenemos que ir con la sinceridad, tenemos que ir con la corrección, tenemos que saber decir las cosas sin humillar. Tenemos que hacer ejercicio del respeto a nuestros derechos para exigir y vivir también el respeto a los derechos de los demás, mutuamente.
Pero el amor cristiano, que es el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, nos lleva a otra medida. La medida de Cristo. Que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Y, ¿cómo nos ha amado Cristo? ¿Cómo nos ama Dios? Como un Padre. La parábola del hijo pródigo que sale el padre a buscar al hijo que le ha traicionado, que ha vendido toda su herencia y que viene buscando su perdón.
Nos dice el Evangelio que lo cubre de besos. Se lo come a besos. Así es Dios. Y estamos hechos para vivir conforme al amor de Dios. Instaurar en nuestro mundo el amor de Cristo, que no significa ser bobos, vuelvo a repetir. A veces hay que hacer el tonto, hay que hacer el tonto, pero el tonto en Cristo. No porque lo seamos.
Y entonces nuestro mundo cambia, ha hecho más para nuestro mundo san Juan de Dios, la Madre Teresa de Calcuta, san Vicente de Paúl y tantos y tantos santos gigantes de la caridad, que otros. Y vuelvo a repetir, vivimos en un mundo crispado. Crispado a nivel internacional, por mucho que nos divirtamos… Los noticieros y empezando por nuestro país, ahí tenemos Ceuta.
Empezando por tantos y tantos escenarios abiertos con guerra. Pensemos en Ucrania, con una guerra de cuatro años. Entre eslavos. Cristianos, pensemos en tantos escenarios donde se pisotean los derechos humanos, pensemos en tantos escenarios donde la libertad está ausente. Pensemos en Nicaragua, pensemos en Cuba, pensemos en tantos escenarios donde la trata de blancas está a la orden del día, o donde las mafias trafican con seres humanos ofreciéndoles unas mejores condiciones de vida.
Pero pensemos también en el escenario social y político. ¿Cómo son las sesiones de nuestro Parlamento? No van a jugar al parchís, ciertamente. ¿Cómo son? ¿Y si son el reflejo de una sociedad como la nuestra que se contagia? ¿Qué pasa, que el otro no es el adversario en su derecho a discrepar, sino que es el enemigo a abatir? Queridos hermanos, esta es nuestra sociedad. Pero eso produce un acumular de resentimiento, del que tenemos triste recuerdo en nuestra historia.
Recuperemos la paz, la serenidad, la concordia. Es lo que nos ha dicho el Papa León en su visita a España reciente. Y lo ha dicho a nuestros políticos en el Parlamento, que aplaudían más que en tiempos de Franco.
Pero, ¿en qué ha quedado? Nos lo dice a todos los católicos. Sembremos paz, concordia, busquemos el bien de los otros, unámonos para hacer cosas juntas, no solo cuando ocurran las catástrofes. Pongamos el perdón y empecemos por nuestras propias familias. ¿Cuántas familias divididas? ¿En qué se convierte un proceso de divorcio, de acusaciones mutuas, cuando antes ha habido declaraciones de amor?
Es lo más duro leer unas testificación de los procesos matrimoniales o de los procesos de los divorcios, como enemigos. Y entonces, ante esto, queridos amigos, necesitamos recuperar, no solo las siete veces, las 70 veces siete, como dice el Señor. Como Dios nos perdona a nosotros en el sacramento de la penitencia. Cada vez que acudimos, el Señor nos perdona, abrimos nuestro corazón y nos devuelve la paz y la alegría con su perdón.
Y el sacerdote no nos dice: te quedan tres perdones, como los puntos del carnet. Sino que el Señor está siempre dispuesto a perdonarnos. Ten paciencia conmigo. Pues esa es la paciencia de Dios. Fijaros que había una distancia infinita entre lo que debía al primer amo, aquel siervo y lo que le debía un compañero a él.
Lo que le debía a su Señor era infinito, lo que le debía su compañero era poco. Luego, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, Señor, aunque nos cueste. Pero vamos a intentarlo. Y yo os digo, hay clases de perdón. Pero no vayamos a la tumba cargados de perdón, cuando el examen va a ser de amor.
Acudamos a la Virgen. Ella nos acoge como hijos, sabiendo lo que hemos hecho. Ella, como Madre intercede por nosotros. Por eso les decimos “Ruega por nosotros” y ¿quiénes somos? Pecadores. Ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
S.A.I Catedral de Granada
13 de septiembre de 2026
