Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del Domingo de Pentecostés, en la Catedral, el 24 de mayo de 2026.

Queridos sacerdotes concelebrantes y diáconos,

Seminaristas,

Queridas responsables y hermanas de la Congregación de Hijas de Cristo Rey,

Queridos hermanos y hermanas que os beneficiáis del trabajo apostólico de esta congregación granadina.

Queridos hermanos y hermanas, todos, también a quienes nos seguís a través de la televisión,

Un cordial saludo a todos y este día tan importante con el que concluye el Tiempo Pascual. Se convierte también en un día de acción de gracias en el que concluye este jubileo especial de esta Congregación de las Hijas de Cristo Rey. Al cumplirse el 150 aniversario de su fundación, un 26 de mayo de 1876, por don José Gras y Granollers, y la madre Inés. Tenemos que dar muchas gracias a Dios. En primer lugar, gracias porque es el Espíritu Santo el que pone en nuestros corazones la oración, la acción de gracias. En definitiva, el amor, que es lo que nos une a todos en esa unidad, esa unidad que tenemos con la Trinidad Beatísima. Dios que es Amor.

Nos dice San Pablo en la Carta a los Romanos que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Hemos escuchado, cantado por la salmista, la secuencia del Espíritu Santo. No es fácil expresar con palabras la grandeza del misterio de Dios. Es imposible que abarquemos lo grande, lo inmenso de la grandeza de Dios, nuestro Señor.

Pero Él nos ha dado su Espíritu, ese Espíritu que nos lo ha descrito la secuencia, descanso de nuestro esfuerzo, brisa en las horas de fuego, descanso en el duro trabajo, luz que reconforta. Consuelo. Nos ha dicho tantas cosas bonitas del Espíritu Santo, pues no agota todo lo que es. Él es el consolador. Él es el que hace en nosotros la obra de Cristo. Es el que reparte sus carismas, es el que guía la Iglesia, es el que da la fortaleza a los mártires, es el que da la sabiduría a los doctores, es el que da la perseverancia, es el que nos hace orar con gemidos inefables para dirigirnos a Dios como nuestro Padre.

Es el que nos hace hijos en el Hijo. Porque hemos recibido, nos dice San Pablo, no un espíritu de esclavitud, sino el espíritu de hijos que nos hace clamar “Abba”. Queridos amigos, no podemos decir ni tan siquiera Jesús es el Señor, si no es por el Espíritu Santo. Pero muchas veces es el gran desconocido para los cristianos.

El Espíritu Santo es el que nos mueve y lo veíamos y lo hemos visto a lo largo de toda la Pascua, cuando ha sido proclamado a lo largo de todo este tiempo el libro de los Hechos de los Apóstoles, en que San Lucas, el gran evangelista del Espíritu Santo, nos ha ido mostrando cómo la comunidad cristiana se movía llevada por el Espíritu Santo.

Pero antes, en su Evangelio, toda la acción de Jesús, llevado por el Espíritu Santo al desierto, llevado por el Espíritu Santo, lleno del Espíritu Santo… Nos vemos así permanentemente, desde el misterio de la Encarnación. El Espíritu del Señor vendrá sobre ti. Así, permanentemente hasta los anuncios de Jesús al final del Evangelio, en que nos enviará al Paráclito.

Hemos escuchado la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando se produce esa efusión llamativa del Espíritu Santo sobre los apóstoles, reunidos en oración con María, la Madre de Jesús y sus hermanos. Con los primeros discípulos, en definitiva.

Decir Espíritu Santo, decir Pentecostés es, queridos hermanos y hermanas, decir misión también. Y lo hemos visto también reflejado en el Evangelio. San Juan Evangelista pone el envío del Espíritu Santo el mismo día de Pascua. Cuando Jesús se aparece a sus discípulos, encerrados por miedo a los judíos, y nos dice el evangelista que soplando sobre ellos les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quiénes perdonéis, les quedan perdonados sus pecados, y a quienes se los retengáis les quedan retenidos. Y al mismo tiempo los envía. Los envía por todo el mundo a anunciar. A anunciar la Buena Nueva, anunciar la Resurrección, anunciar el mensaje salvador de Cristo. Y esto solo podemos hacerlo desde la unidad, desde esa unidad y esa prolongación en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. De la que formamos parte todos y cada uno de los bautizados. San Pablo llega a decir: Vosotros sois el cuerpo de Cristo. Y nos ha dicho hoy, en la segunda lectura que ha sido proclamada, que ese cuerpo está unido por el Espíritu.

Ya no hay distinción entre judíos y griegos, esclavos y libres, porque todos sois uno en Cristo. Es la catolicidad de la Iglesia. Por tanto, en la medida en que somos uno, en la medida en que dejamos actuar el Espíritu del Señor en nuestra vida, en la medida en que en esta sociedad nuestra, tan materializada, tan consumista, con una visión de tejas para abajo, de solo preocupados por el bienestar, cuando a la par, paradójicamente, deja tantos descartados. Tantos con brechas que dejan esclavitudes, que dejan divisiones, que dejan violencias, que dejan pobreza.

En esta sociedad nuestra, el Espíritu Santo nos invita a ser hombres y mujeres de espiritualidad, de una espiritualidad encarnada lógicamente. Y una espiritualidad que lleve a anticipar el Reino de Dios, haciendo realidad la petición que nos enseñó Jesús dirigida al Padre. Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad. Y eso lo haremos posible solo con la fuerza del Espíritu Santo. Con el testimonio y con la debilidad de la Cruz, con el testimonio de los santos.

Los santos son los grandes transformadores. Son los grandes benefactores de la humanidad. Pensemos en los campeones de la caridad que nos recordaba el Papa Francisco, en que citaba nuestro San Juan de Dios, a San Vicente de Paúl. A tantos y tantos santos campeones de la caridad, sin los cuales el mundo hubiese sido mucho peor. Ahí está la obra de los evangelizadores de la Iglesia, llevando el Evangelio a tantos sitios.

Ahí está la acción misionera de la Iglesia, que a la par que lleva la luz del Evangelio, lleva también la defensa de la dignidad de la persona. Y ahí, en ese ejercicio permanente que hace el Espíritu de darnos sus carismas, surge esta realidad en Granada. Surgen los santos de la puerta de al lado. Este sacerdote catalán, don José Gras y Granollers. Pues, sacerdote, que en el discurrir normal de muchos sacerdotes, acaba siendo sacerdote del capítulo de la Abadía del Sacromonte. ¡Qué gran centro de difusión del Evangelio! De acción humana y social de Granada. Ahí, ahí surge. Y este hombre se preocupa y quiere instaurar el Reino de Dios en una sociedad. ¿Y cómo lo hace? Con aquello que es más necesario y que entra también de pleno derecho en la misión de la Iglesia. El enseñar. Id y enseñar. Id y enseñar para hacer hombres y mujeres conforme al Evangelio, con los criterios de Cristo. Que transformen la sociedad como sal de la tierra y como luz del mundo. Que hagan un mundo más justo, más humano, a la par que mete en el Espíritu esa capacidad de Dios para aspirar a los bienes de allá arriba, como nos dice San Pablo, también. Demos gracias. Y yo, como arzobispo de esta iglesia particular de Granada, doy gracias por esta fundación. Nos sentimos orgullosos de ella. Por su historia, pero también por su presencia continuada en nuestra diócesis, en la ciudad y en pueblos de nuestra diócesis: Albondón, Huétor Tájar… Y en tantas partes del mundo, desde Albania a América Latina. Gracias, queridas hermanas. Pedirle al Señor el don de las vocaciones. Es un don del Espíritu. Es un don que el Señor es el que mueve los corazones. Pero trabajemos sin descanso, como habéis puesto 150 años. Trabajando por el Reino de Cristo, por Cristo Rey y por su Reino.

La realeza de Cristo, queridos amigos, no es una realeza política. Es la realeza del servicio. Es la realeza del Jueves Santo, es la realeza de la Cruz. Cristo es coronado. Para Juan Evangelista, la exaltación de Cristo es en la Cruz. Y desde la Cruz, su reino se hace realidad.

Queridos amigos, queridos hermanos, queridas hermanas, especialmente las Hijas de Cristo Rey. Gracias. Os traslado también el agradecimiento y la felicitación de Monseñor Joan-Enric Vives, obispo emérito de Urgel, que me escribía esta madrugada desde Chile. Donde nos está dando ejemplo de misioneros, después que se ha jubilado, que no se ha jubilado, se ha ido. Le damos gracias a él también y lo tenemos en cuenta en nuestra oración, porque él abrió precisamente este jubileo, en la Iglesia de la Colegiata de la Abadía del Sacromonte.

Vamos a acudir a la Virgen. Ella es la Reina, ella es nuestra Madre. Sin ella, no habríais hecho nada. Ella está junto a los discípulos en Pentecostés. Ella es la que es recibida por el discípulo junto a la cruz. Y nos dice el evangelista que la recibió como algo propio. No podemos entendernos sin María. Bajo su amparo os pongo y continuad por lo menos 150 años más.

Ahora, vamos a hacer de pie nuestra confesión de fe, en la que damos gracias también por tantas hermanas que han pasado y que ya están intercediendo por nosotros.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

24 de mayo de 2026
S.A.I Catedral de Granada

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