Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la celebración de la Pasión y muerte del Señor (Oficios del Viernes Santo), celebrada en la Catedral el 3 de abril de 2026.
Queridos hermanos sacerdotes, diácono, seminaristas;
miembros de la vida consagrada;
queridos hermanos y hermanas, que os habéis dado cita en esta celebración de la Pasión del Señor en la Catedral de Granada;
queridos hermanos y hermanas, que también nos seguís a través de la voz de Televisión Española, desde vuestras casas, especialmente los enfermos, los que estáis impedidos:
Estamos celebrando el Viernes Santo. Y dentro del Viernes Santo, esta celebración peculiar de la liturgia de la Iglesia, que es la celebración de la Pasión del Señor. Acaba de ser proclamada la Palabra de Dios. En la primera lectura, tomada del Libro de Isaías, en concreto del Cuarto Cántico del Siervo de Yahvé, se hace como el boceto de lo que sería la Pasión de Jesús, siglos antes.
Se nos presenta el Siervo de Yahvé el que carga con los pecados del pueblo, el que sufre por el pueblo. Aquel cuyo sufrimiento es redentor, es el sufrimiento vicario. El pueblo en sus pecados, en sus debilidades, el pueblo de Israel tiene un valedor: el Siervo de Yahvé. Él sufre por todos, pero esa figura que fue desdibujándose es en uno de los títulos que precisamente se le atribuye a Jesucristo. Él se llama a sí mismo el Hijo del Hombre Glorioso, pero, a su vez, y no lo entienden las autoridades de Israel, es el Siervo de Yahvé. Por eso, cuando le preguntan a Jesús en el juicio, en el Tribunal Supremo israelita, “te conjuro por el Dios vivo que nos diga si tú eres el Mesías”, Jesús responde con el sufrimiento: “Cómo vas a ser tú, le dicen el Mesías, si eres un simple hombre con quien podemos acabar”.
En su debilidad se presenta el Siervo de Yahvé con toda esa lista de sufrimiento, que nos describe de manera magistral el Evangelista Juan en el Evangelio que ha sido proclamado y es el Evangelio del Viernes Santo. Ese Jesucristo que se entrega por nosotros. Ese Jesucristo como sacerdote y víctima al mismo tiempo. Es el Sacerdote de la Nueva Alianza que con ese sufrimiento redime al pueblo, como nos ha dicho la Carta a los hebreos. No tenemos un sumo sacerdote, nos ha dicho que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino igual a nosotros excepto en el pecado. Y la consecuencia, queridos hermanos y hermanas, es que podemos acercarnos confiadamente al trono de la Gracia, como dice la Carta a los hebreos, “a fin de obtener el socorro oportuno”.
Cristo nos ha salvado y nos ha salvado a través del misterio de la cruz, a través de la entrega y del sufrimiento. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”, nos ha dicho Jesús. Y él da su vida por nosotros. “Si el grano de trigo -nos ha advertido- no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”. Por eso, de ese anonadamiento, de ese sufrimiento de Cristo hasta la cruz, es exaltado, es el Mesías redentor. Y esa cruz, para el evangelista Juan, no solo es el final, sino que es el trono del Hijo de Dios. Y él realmente es coronado en forma de burla en el juicio. Pero él realmente es rey, como le deja claro en ese juicio político Pilato, cuando le pregunta “¿tú eres rey? – ‘Tú le has dicho, yo soy rey, para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad’”. Y la respuesta de Pilato, “¿y qué es la verdad?”. Una pregunta que se queda precisamente sin respuesta; es la figura del escéptico. Qué contraste. Jesús a partir de entonces, prácticamente calla ante Pilato.
Es el inocente que se entrega por nosotros. Es el Salvador que asume el sufrimiento humano y se hace solidario de todo sufrimiento humano. Por eso, el misterio de la cruz es tan grande. Y es la señal del cristiano, queridos amigos. Cuando de pequeños se nos preguntaba en el Catecismo, ¿cuál es la señal del cristiano?”. Y respondíamos, “la señal del cristiano es la Santa Cruz”. Y la pregunta siguiente era, “¿y por qué la señal del cristiano es la Santa Cruz?”. Porque en ella murió Jesucristo, para redimir a los hombres.
Es muy fácil llevar una cruz externa…, aunque hoy a muchos les molesta incluso las cruces en nuestros caminos, aunque de manera externa, en una cultura cristiana, en nuestras calles, en nuestros pueblos, parece que quieren esconder la cruz de Cristo. Pero la cruz está ahí. Está existencialmente en nuestras vidas, aunque nos duele, pero está ahí. Siempre aparece en la vida del hombre, de una manera o de otra, cada uno la suya. Y el Señor nos ha dicho que, si queremos seguir, hemos de tomar la cruz de cada día, esa cruz hecha a nuestra medida. Que, si abrimos los ojos, nos damos cuenta que los demás también la llevan y mucho más grande que la nuestra. Esa cruz, que, cuando somos comprensivos, cuando la sabemos ofrecer en medio del dolor, del sufrimiento, de la soledad, en vez de amargarnos, en vez de escandalizarnos, vemos en ella la sabiduría de Dios, el sacrificio, el amor sacrificado que se entrega por nosotros. Y nosotros a través de ese sufrimiento, de esa entrega, podemos hacerlo por los demás, en la vida de familia, en nuestras relaciones sociales.
Queridos hermanos y hermanas, descubramos la cruz de cada día. En este mundo nuestro, en el que parece que vamos buscando solo el placer, solo el tener, solo el éxito, solo el poder, se nos levanta la cruz para decirnos que es lo más humano, lo más comprensible. Ahí está Cristo. Y sabemos encontrar en las cruces de los demás a ese Cristo sufriente, con el que Cristo se solidariza y carga sobre sí el sufrimiento de la humanidad.
Cristo sabe de nuestros dolores, de nuestras angustias, de nuestras penas, de nuestros sufrimientos. Nada humano le es ajeno. Él le dice al hombre, como dice el Concilio, lo que debe ser el hombre. Él es la suprema vocación del hombre. Por eso, adoramos su cruz. El pueblo cristiano la invoca en el viacrucis y, al fin y al cabo, la vida es un viacrucis, es un camino de cruz. Dice, “te adoramos Cristo y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo”. Por la cruz se llega a la resurrección. Por la entrega y el sacrificio se vive el amor más espléndido, el que da fruto. Quien quiera liberarse de la cruz, quien quiera apartar el dolor en su vida, quien no quiera entender nada de la entrega y del sacrificio, va a vivir en la esterilidad, va a vivir en la soledad. En cambio, cuando sabemos ser comprensivos y aceptamos sobre nosotros las cruces de los demás como cirineos, viene la alegría y hacemos un mundo mejor. Ahora, eso sí, no seamos cruces para los demás, no crucifiquemos a los demás.
En esta celebración se nos muestra la cruz. Pero también desde esa cruz que Cristo ora por nosotros, nosotros oramos también por los demás en la oración universal que haremos dentro de un momento. Y ahí va una oración para todo el mundo, para todos. Y os pido que, especialmente, tengamos la intención de pedir por la paz, de pedir para que cesen las guerras, de pedir para que nuestro mundo no entre en la locura del enfrentamiento, que siegue la vida de los más jóvenes, que provoque las catástrofes en las poblaciones más debilitadas.
Queridos hermanos, ahora en la oración universal junto a Cristo, pidamos por la paz, pidamos por las necesidades de unos y otros, y preparémonos para la victoria de Cristo, que, en la Resurrección, el mal no tiene la última palabra. Celebramos la muerte de Cristo. Pero, proclamamos su Resurrección y esperamos Su Venida gloriosa. Cristo ha vencido. Nosotros, si le seguimos, venceremos también.
Que María, junto a la cruz de Jesús, que ha sido entregada como madre nuestra, también nos ayude, también nos acoja, y nosotros a Ella, que, como hemos escuchado en el Evangelio, el discípulo amado, en el que estamos representados todos y cada uno de nosotros, la recibió como algo propio.
María forma parte inseparable del Misterio cristiano. Y así la queremos.
Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
3 de abril de 2026, Oficios Viernes Santo
Catedral de Granada
