Comentario bíblico al Evangelio del III Domingo de Cuaresma, el 8 de marzo de 2026, que relata el encuentro de Jesús con la samaritana, realizado por el Secretariado diocesano de Pastoral Bíblica.
En este tercer domingo de Cuaresma nos hacemos eco del poema de Machado y nos preguntamos ¿Para qué sirve la sed? La sed es un deseo que nos ilumina el camino que nos permite no quedar estancados en ningún lugar. La sed es una nostalgia de algo más, de lo que está por venir, por realizar, por descubrir. ¿Cuál es nuestra sed en este momento? ¿A qué pozos acudo a saciarla?
¿ESTÁ EL SEÑOR ENTRE NOSOTROS? (Ex 17, 3-7)
El texto de la primera lectura de este domingo pertenece a la segunda parte del libro del Éxodo (15,22 -18,27). Esta etapa constituye la transición por el desierto desde la esclavitud de Egipto a la libertad en el Sinaí. En este itinerario se va encontrando distintos tipos de necesidades: el hambre (16, 1-31), la sed (15, 22-27; 17, 1-7), lo que lleva al pueblo a querellarse contra Moisés e indirectamente contra Dios: “¿Por qué os querelláis contra mí?, ¿por qué tentáis al Señor?” (Ex 17-2). El pleito contra Moisés es a su vez una tentación al Señor, un pedirle cuentas. El pueblo abandona su confianza en Dios y ante las dificultades se interroga: “¿Está el Señor entre nosotros o no?” (17,7). Los hebreos que han sido sacados de la esclavitud, que han experimentado el poder salvífico de Dios a través de los signos y prodigios (7,8-11,10) y su paso por el mar Rojo (14,1-15,21), ahora ante la falta de agua, ponen en tela de juicio la presencia de Dios y su acción salvífica para con ellos.
TE DARÍA EL AGUA VIVA (Jn 4,5-42)
El relato de la samaritana es uno de los textos más ricos del Evangelio. Estamos ante el encuentro de Jesús con un personaje del que no conocemos su nombre, solo su género y su procedencia: era mujer y samaritana, lo que a priori constituían dos impedimentos para encontrarse con un hombre judío.
Sin embargo, lo que parecía imposible se va a hacer posible, como todo lo de Dios, en un diálogo en torno al agua, en el que se irá pasando de su dimensión física a una profunda dimensión metafórica, sostenida por toda la historia de la salvación: del agua del pozo que Jesús pide a la samaritana (4,9) al agua que le va a dar Jesús y se convertirá en un surtidor que salta hasta la vida eterna (4, 14).
El agua simboliza la mayor bendición de Dios. En el AT, el agua es símbolo de vida: donde hay agua, hay vida y allí no hay muerte (Sal 1,3; Is 55,1; 58,11); pero también es símbolo de purificación (Ez 36, 25-26). Sin embargo, el agua viva (agua que corre, agua no de estanque, no depositada) aparece como símbolo de Dios mismo (Ez 47,12). Los profetas comparan a Dios con una fuente, un manantial perenne e inagotable. Hasta tal punto, que Jeremías en su denuncia profética echa en cara al pueblo que ha cometido un doble pecado: ha abandonado el manantial de aguas vivas, y se ha hecho cisternas agrietadas que no retienen el agua, o lo que es lo mismo, ha abandonado el seguimiento de Yahvé y ha buscado la salvación en otros dioses (Jr 2,13).
El agua viva es la misma palabra de Jesús, su verdad, lo que dice de sí mismo y de su oferta de salvación. Pero para adentrarnos en esta re-velación, para que esta sea conocida, es preciso beberla.
LA PALABRA HOY
“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. El “aqua bibenda” según los Santos Padres, implica que esa agua ha de ser bebida. Hay que recorrer el camino para experimentarla, para saborearla, para hacerla nuestra. No basta mirarla, olerla, hay que dejar que penetre en nuestra interioridad. La experiencia de beber el agua será lo que sacie nuestra sed.
Hemos de ser atrevidos y recorrer el itinerario de la experiencia. Ese que nadie puede recorrer por nosotros mismos. “Porque nadie puede saber por ti. Nadie puede crecer por ti. Nadie puede buscar por ti. Nadie puede hacer por ti lo que tú mismo debes hacer. La existencia no admite representantes” (Jorge Bucay). En ese itinerario vamos descubriendo nuestra propia identidad, así como la identidad de Jesús, y su relevancia en nuestra vida.
Mariela Martínez Higueras, OP.
