De la Pastoral Bíblica de la Archidiócesis de Granada, para el domingo 28 de abril de 2024.

PRIMERA LECTURA: Hch 9,26-31

La primera lectura nos sitúa en el libro de los Hechos tras la vocación-conversión de Pablo camino de Damasco. A fin de contactar con la autoridad de la iglesia encarnada en Pedro y significar la comunión, Pablo sube a Jerusalén. Este dato está confirmado por el mismo Pablo en la carta a los Gálatas: Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, y permanecí quince días con él. (Gal 1,18). Pablo había salido de Jerusalén como perseguidor de la comunidad, por lo que ahora será recibido por ésta con reticencias.

Bernabé, figura de gran credibilidad para los apóstoles por su gran generosidad (Hch 4,36s), hace de mediador y presenta a Pablo, atestiguando que tras su visión del Señor en el camino ha predicado valientemente el nombre de Jesús en Damasco, lo que le ha provocado amenazas que le obligan a huir de la ciudad (Hch 9,23-25).

Allí en Jerusalén habla y discute con los helenistas (judíos que habían vivido fuera de Palestina, habían asimilado la cultura griega y en sus sinagogas se leía la Biblia en griego), lo que le lleva de nuevo, a ser perseguido y huir. Los hermanos lo llevan a Cesarea del Mar, principal puerto de Palestina y desde allí en barco marcha a su patria, Tarso, donde continua su labor en Siria y Cilicia (Gal 1,23). Pablo experimenta así los sufrimientos a causa de su misión que ya le había anunciado el Señor y pasa de ser perseguidor a ser perseguido (Hch 9,16).

EVANGELIO: Jn 15,1-8

Jesús utiliza la conocida imagen de la vid como símbolo de Israel en el Antiguo Testamento (Os 10,1; Jl 1,7; Jer 6,9, Is 5,1ss; Ez 15,1ss) metáfora del árbol y el fruto que designa las acciones humanas o sus consecuencias; es decir, el fruto equivale a acción, signo de la disposición interior. Las obras buenas son manifestación de la fidelidad a la alianza y muestran una interioridad buena, de modo que el ser humano y sus actos forman una unidad indisoluble. Asimismo, las acciones malas, por tanto, los malos frutos, o la ausencia de frutos son símbolo de infidelidad a la alianza.

Jesús utiliza la imagen ahora para aludir a la comunidad de sus discípulos, recurriendo a una expresión típicamente joánica «permanecer en» que conlleva la comunión plena con Jesús y su consecuencia de dar fruto.

Comunión plena con Jesús

La unión orgánica de los sarmientos con la vid proporciona una excelente metáfora de la inhabitación de Cristo y los suyos. Jesús explica cómo es la permanencia, la comunión, la intimidad de esa relación Cristo-discípulo (Jn 15, 5a) e invita a permanecer en Él, «como» Él permanece en sus discípulos (Jn 15,4). El discípulo vive una comunión con Jesús determinante para su vida, como los sarmientos y la vid, lo único que se le pide es que persevere en esa vinculación existencial con Jesús.

El «permanecer en» del evangelio joánico indica tanto la relación de reciprocidad y profunda pertenencia entre Jesús y el Padre (Jn 14,10; Jn 17,4.8.14), como la relación entre Jesús y los creyentes; la comunión Jesús-Dios Padre y la comunión Jesús-discípulo, por ello a través de la comunión con Jesús, los discípulos establecen la comunión con el Padre. El que ama a Jesús, y guarda sus mandamientos, será amado del Padre (Jn 14,21), y el Hijo junto al Padre harán su morada en Él: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23). Es la máxima expresión de la comunión.

Dar fruto

Pero, además, de la experiencia de la común-unión, el «permanecer en Jesús» conlleva una exigencia: «Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él» (1 Jn 2,6) y es que el «ser-en-Cristo» del discípulo tiene una consecuencia inmediata: dar fruto. Por ello la falta de fruto, no es ni más ni menos que la señal de que la comunión con Cristo ha sido interrumpida (Jn 15,4), lo que lleva a la muerte (Jn 15,6); Jesús ha elegido a sus discípulos para que den fruto y su fruto permanezca (Jn 15,16) para la vida eterna (Jn 4,36). La vida del discípulo es en sí misma, una vida comprometida; un sarmiento que no da fruto no es un sarmiento vivo, productivo, sino que ya es un sarmiento muerto. Para Juan, el amor y el guardar los mandamientos forman parte de esa vida que procede del «permanecer en Jesús». La permanencia del creyente/discípulo en la Palabra de Jesús o, lo que es lo mismo, el vivir de acuerdo con su Palabra exige y configura una vida conforme a su ser: guardar sus mandamientos: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Jn 15, 10a). «Dar fruto abundante» será equivalente a «ser discípulo» (Jn 15,8). Los versículos siguientes nos van a señalar cuál es el fruto (Jn 15,9-10). En ellos el evangelista pone de manifiesto cual es el principio de la comunión vid-sarmientos, Cristo-discípulos: el amor. Jesús ha amado a los suyos como el Padre le ama y les invita a permanecer en su amor (Jn 15,9), lo que trae consigo una obediencia amorosa, el fruto que dan los sarmientos: «que os améis los unos a los otros como yo os he amado (Jn 15,12). El fruto de los discípulos es el amor entre ellos, un amor como Jesús los ha amado, cuya experiencia amorosa radica en su relación con el Padre.

Mariela Martínez Higueras, OP

PUEDES DESCARGAR EL COMENTARIO AQUÍ