Elaborado por el Secretariado diocesano de Pastoral bíblica, para el Evangelio del 9 de marzo de 2025.
El miércoles de la presente semana, a través del gesto de la imposición de la ceniza, empezaba el tiempo de la Cuaresma; este tiempo es un camino que nos conduce a la Pascua. Es una nueva oportunidad para dejarnos modelar, para pedir con fuerza el don de la conversión, en definitiva, es el momento apropiado para redescubrir el don de nuestro bautismo.
CAMINAR SOSTENIDOS POR LA FE
En la primera lectura de hoy, el Deuteronomio nos presenta cómo Moisés recomienda hacer profesión de fe. Todo israelita debía decir al sacerdote este credo en el momento en que se acercaba al culto para traer las ofrendas de los frutos de la tierra. ¿en qué consistía este acto? En recordar cómo Dios mismo había sacado a su pueblo de la esclavitud y le había dado aquella tierra prometida, de donde ahora sacaban las primicias.
El salmo aparece en esta liturgia dominical como una prolongación en tono sapiencial de la primera lectura; el salmista hace una especie de síntesis de la dura experiencia y tribulaciones que le han conducido hasta la liberación, experiencia que le ha hecho tomar más conciencia aun de que “el Señor se ha quedado con nosotros en la tribulación, siendo nuestro refugio, guardándonos en nuestros caminos y defendiéndonos” (cf. Sal 90).
CRISTO ES EL CAMINO DE LA FE
En la segunda lectura encontramos la aplicación espiritual de lo que ha sido narrado hoy en el Deuteronomio a la luz de la Pascua. Si en la primera lectura se recordaba la historia como memorial litúrgico, ahora vemos quién es verdaderamente el que se ha hecho ofrenda por nosotros para salvarnos: Jesucristo, el Señor. ¿qué debemos hacer nosotros para poder participar de esa salvación? Profesar con los labios y creer con el corazón “que Dios lo resucitó de entre los muertos” pues “todo el que invoque el nombre del Señor será salvo” (Rm 10, 13).
UNIDOS A JESÚS VENCEMOS POR LA FE
Los evangelios de los dos primeros Domingos de la Cuaresma, son siempre las tentaciones y la transfiguración, narrados según el evangelista correspondiente al ciclo litúrgico en el que nos encontremos; este año escucharemos el relato de Lucas.
Después del bautismo de Jesús -nos dice el evangelista Lucas- “el Espíritu llevó a Jesús al desierto” (Lc 4,1) donde permaneció cuarenta días, siendo allí tentado por el demonio. Son muchos los eventos a los que se hace referencia a través de la simbología de los cuarenta días, pero principalmente esto nos remite a los cuarenta años que pasó el pueblo de Israel en el desierto, donde también este fue tentado en repetidas ocasiones. En resumidas cuentas, todas estas tentaciones buscan poner a prueba a Jesús para que, en primer lugar, manifieste su gloria y filiación de un modo inapropiado, a modo de exhibición, algo muy lejano a su modo de ser Mesías. En segundo lugar, pretenden que Jesús se aproveche de ello en beneficio propio, cosa también incomprensible para aquel que “se despojó de su rango, tomando condición de esclavo, pasando como uno de tantos” (cf. Flp 2, 7). En ningún momento Jesús dialogó con el enemigo y así vence en todas y cada una de las tentaciones.

LA PALABRA HOY
En la tradición de la Iglesia, la Cuaresma ha recibido el apelativo de “sacramento”, un término que nos permite adentrarnos en este tiempo litúrgico de una manera correcta por dos motivos: en primer lugar, porque orienta la Cuaresma hacia la Pascual como meta, y no como un tiempo aislado, y en segundo lugar, nos recuerda sobre todo que es un tiempo de gracia, más allá del evidente carácter penitencial y ascético.
La Pascua de Israel fue su liberación de la esclavitud en Egipto a través del paso del Mar Rojo, la Pascua cristiana es la liberación del pecado y de la muerte a través de la muerte y resurrección de Cristo. En la historia de los israelitas vemos cómo constantemente estos se olvidan de la alianza que Dios selló con ellos, y por eso caen una y otra vez en los mismos pecados. A pesar de esas infidelidades, Dios recuerda la historia que ha hecho con ellos, su fidelidad, para que vuelvan a Él y vivan de su amor. Nosotros, en muchas ocasiones, también hemos caminado tras los ídolos de este mundo, pero el Señor nos invita a recordar esa historia que ha hecho con nosotros, para que no desfallezcamos y se restaure nuestra esperanza.
Jesús va al desierto para ser tentado, y también nosotros estamos llamados durante este tiempo a entrar en el desierto de nuestra vida, de nuestra historia personal, pero no vamos solos, sino guiados por el Espíritu Santo. Las tentaciones son pruebas, momentos que nos ponen al límite para adquirir conciencia de la verdad de nuestra vida. En ellas hacemos experiencia de nuestra fragilidad, pero también de la fuerza de la gracia, que nos sostiene y nos auxilia en todo momento. Jesús mismo, como ya hizo con sus discípulos, nos advierte: “en el mundo tendréis muchas pruebas, pero ánimo, porque yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).
En las tentaciones, vemos cómo Cristo vence siempre, y además nos muestra la importancia de la Palabra de Dios en este combate al apoyarse en ella para rebatir al demonio y no dialogar con él. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para la escucha de la Palabra en el silencio, para alimentarnos de ella, para recordar que no hay batalla que Cristo no pueda vencer por nosotros.
Moisés Fernández Martín
Presbítero diocesano
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