De “Apuntes desde la fe”, por Mons. José María Gil Tamayo.

Estamos en medio de este tiempo de preparación para la Navidad, que es el Adviento, y recordamos en él por una parte cómo se preparaba el pueblo de Israel para la primera venida de Cristo en la pobreza de Belén. Y nos fijamos en los profetas, y sobre todo en la Virgen María y en San José: ¿cómo prepararían ellos la venida de Cristo? También tomamos conciencia de que esteparmos esta venida de Cristo glorioso al final de los tiempos, la que será para nosotros también al final de nuestra vida. Y nos preparamos y queremos que nos encuentre dignos de ser admitidos en la vida eterna. Él, que es el amor mismo, tiene la última palabra, y es el Bien el que vencerá siempre. 

Y todo esto nos sirve aquí y ahora para preparar estas fiestas tan entrañables de la Navidad. fiestas de familia, en las que echamos de menos a quienes otros años han  compartido con nosotros estas jornadas festivas alrededor de nuestras mesas, estando en ese espíritu de familia entrañable.

También en este tiempo surgen a nuestro alrededor campañas solidarias que reclaman de nosotros algún donativo a favor de los más desfavorecidos. Desde las más tradicionales, como pueden ser las campañas de recogida de alimentos en nuestras parroquias, las del Banco de Alimentos, o las de Cáritas, hasta las más modernas propuestas de las nuevas ONGs o los telemaratones solidarios de cualquiera de las cadenas de televisión y radio, donde acuden los famosos aportando alguna de sus pertenenciaso dando notiriedad a la causa. Parece como si en este tiempo de Navidad el corazón afinara sus fibras de ternura y nos mostremos más dispuestos a comprender a los demás y a no permitir que en estas fechas haya alguien con carencias llamativas cuando nosotros tiramos la casa por la ventana en un consumismo creciente.

En estos días no se sabe muy bien si nuestra solidaridad a flor de piel es expresión de una caridad auténtica, o más bien es fruto de un sentimentalismo pasajero que tiene fecha de caducidad a final de las fiestas navideñas.

No cabe duda de que el sentimiento es necesario y forma parte de la vida de las personas como uno de los rasgos de lo humano. Es más, ¡qué sería de nosotros sin ellos! Pero estamos asistiendo a una hipertrofia, a un engrosamiento que corre paralela con la cada vez mayor desconfianza en la capacidad de la razón, en la conquista de la verdad; en las certezas que dan sentido a lo que hacemos, y por lo que nos esforzamos. A las razones de vivir, en definitiva. Al depender casi todo de los sentimientos, necesitamos cada vez mayores dosis de dramatismo en las imágenes de la miseria, de la marginación, para quedar impresionados y mover nuestro corazón a la generosidad con quienes sufren. No es esta una custión baladí, ya que, sin renunciar a poner el corazón en lo que hacemos y con él los sentimientos, si es posible, ¡hagamos una caridad inteligente, que no fría! Una solidaridad que no sea simplemente puntual, sino que tienda a erradicar las lacras o causas que generan la marginación y la pobreza en nuestra sociedad. 

Les animo a una caridad que, sin dejar de socorrer a quien nos sale al paso con su indigencia, se incline más por colaborar con nuestro tiempo, con nuestro dinero, en proyectos de promoción, de educación, de inserción social de las personas más pobres y desvalidas, de aquí al lado y de fuera.

En pocas palabras, pienso que sería bueno aplicar al terreno de la acción social y caritativa lo que en otro terreno decía Chesterton, el gran novelista inglés que se convirtió al catolicismo: “Al entrar en la Iglesia se nos pide que nos quitemos el sombrero, no que nos quitemos la cabeza”. Como ven, este sabio consejo también vale para la caridad, para que no sólo esté a flor de piel, sino al compás de la vida que continúa después de las fiestas navideñas. Además, la verdadera caridad no tiene fecha de caducidad: nos dice la Biblia que permanece siempre, como Dios que es amor. Los  sentimientos, en cambio, todos sabemos que son bastante pasajeros. 

Preparémonos como Dios manda para estas entrañables fiestas de Navidad que se acercan.

Con mi afecto y bendición,

+ José María Gil Tamayo