Los padres de Esteban vivían en Limousin (Francia). Desde su niñez, Esteban se sintió inclinado a las prácticas de devoción y de caridad. Después de su ordenación sacerdotal, llamado por Dios a una vida más austera, renunció a todos los placeres y empezó a practicar severas mortificaciones. Junto con otro sacerdote amigo suyo, decidió retirarse al bosque de Obazine, a dos leguas de la ciudad de Tulle. El día de la partida, ofrecieron una fiesta a sus amigos y distribuyeron todos sus bienes entre los pobres. Al poco tiempo se les reunieron otros compañeros, a quienes los siervos de Dios aceptaron como discípulos. El amigo de Esteban, llamado Pedro, fue a Limoges para ver al obispo Eustacio, quien les dio permiso de construir un monasterio y de celebrar los sagrados misterios a condición de que se atuviesen a las reglas tradicionales. Como se sabe, los monasterios de los ermitaños no consistían en un edificio propiamente dicho, sino en una serie de cabañas, en cada una de las cuales habitaban uno o dos monjes.

La austeridad de la comunidad de Obazine era extraordinaria y, aunque San Esteban era bondadoso y amable por temperamento, urgía con gran rigor la observancia. Los monjes pasaban el día en la oración, la lectura espiritual, el trabajo manual y nunca comían antes de la caída del sol. San Esteban no se consideraba superior a los otros y participaba, como el último de los monjes, en el trabajo de la cocina y en el acarreo del agua. El monasterio no necesitaba ninguna regla escrita, pues san Esteban era la regla viviente. Sus hermanos le nombraron superior, pero él dejó la dirección de la comunidad a Pedro. San Esteban fundó también un convento de mujeres, casi tan estricto como el de los hombres y pronto hubo en él 150 religiosas. Se decía que vivían tan separadas del mundo y con tal frugalidad, que los únicos lazos que las ataban a la tierra eran los que no podían cortar sin atentar contra la vida.

Al cabo de algunos años, san Esteban, temiendo que la disciplina se relajase después de su muerte, por falta de constituciones escritas, pidió al monasterio cisterciense de Dalón que enviara a algunos monjes a su comunidad para instruirla en las reglas de la orden. En 1142, el propio san Esteban tomó el hábito del Císter y el obispo de Limoges le consagró abad. Su muerte ocurrió doce años más tarde.