De “Apuntes desde la fe”, por Mons. José María Gil Tamayo.
El Concilio Vaticano II a la par que llevó a cabo la renovación liturgia, que acercó a los fieles a una vivencia más fructuosa y consciente de la celebración del Misterio Cristiano, reiteró de manera inequívoca la importancia y centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia y en la de cada cristiano: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual “en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”» (Sacrosanctum Concilium, 47).
La Eucaristía es el sacramento más excelso, porque en él «se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo, que por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres» (Presbyterorum Ordinis, 5). Los restantes sacramentos, si bien producen en quienes los reciben debidamente la santificación que proviene de Cristo, no son como la Eucaristía, que hace presente de manera verdadera, real y sustancial al mismo Cristo para que los hombres puedan entrar en comunión con Él y vivan su misma vida sobrenatural (cfr. Jn 6,56-57).
El Concilio Vaticano II dejó, en definitiva, bien sentado que la Eucaristía es la fuente y cima de la vida cristiana, el centro de toda la vida de la Iglesia (cfr. Lumen gentium, 11).
Advertir de la importancia esencial de la Eucaristía, en la que han insistido también los Papas que se han sucedido desde el Concilio hasta nuestros días, es siempre necesario, pero para nosotros lo es más en estas fechas en las que cada año asistimos, no sin una cierta y hasta resignada impotencia pastoral, a multitud de Primeras Comuniones, que se ven afectadas por unos gastos excesivos así como de una significativa falta de integración posterior en la vida normal de la comunidad cristiana de las parroquias tanto de los niños que han accedido a la mesa eucarística, como de muchos de sus padres, sólo participantes muy ocasionales cuando no alejados.
Por otro lado, el mencionado y excesivo desembolso económico, además de contradecir el significado religioso de la celebración eucarística y ser en ocasiones un escándalo para los pobres, supone una carga innecesaria a las familias, sobre todo a las menos pudientes, que sólo obedece al mimetismo que provoca la sociedad de consumo, donde hay que demostrar socialmente el bienestar o el estatus social conseguido.
Aparte de seguir denunciado con caridad, comprensión y buen sentido estas ostentaciones, habrá que pensar en cómo derivar hacia otros eventos, que nada tengan que ver con una celebración cristiana, la manifestación del poder adquisitivo adquirido.
Por desgracia, todo esto viene ocurriendo desde hace tiempo a pesar, por lo general, de cuidados procesos catequéticos, de reiteradas advertencias a los padres en reuniones preparatorias de tan importante acontecimiento de la Iniciación Cristiana, y del generalizado consenso e insatisfacción de todos por tal situación, que nada tiene que ver con la verdadera alegría y fiesta que reclama la recepción por primera vez de la Eucaristía.
Lo cierto es también que además de todas las dificultades ambientales, algo importante debe estar fallando en nuestra pastoral para que persista esta situación y en la que no se logra remitir sus excesos y conciliarla con el auténtico sentido cristiano de la fiesta que, por supuesto, no excluye el sano esparcimiento y justo adorno.
El remedio no es fácil ni inmediato, pero sí exige en la Iglesia –desde las parroquias a los colegios-, además de una catequesis integral que incluya a los padres de forma no ocasional, recobrar el buen sentido religioso y litúrgico –lleno de dignidad y de naturalidad- en nuestras celebraciones de la Santa Misa, en especial en la dominical, junto con la piedad eucarística y el irrenunciable compromiso de amor fraterno a los más necesitados. No debiera haber ninguna Primera Comunión sin una limosna generosa, dependiendo de la capacidad de las familias, hacia los más pobres y necesitados, ya sea directamente en las parroquias o a través de Cáritas o Manos Unidas.
No estaría mal que ante nuestras Primeras comuniones todos hiciéramos un buen examen de conciencia y propósito de la enmienda: una verdadera conversión, también en Pascua, al menos intentarlo.
Con mi bendición, les deseo una feliz semana.
+ José María Gil Tamayo
