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“Ucrania nos enseña que las divisiones eclesiales no son indiferentes a la crisis mundial”

El teólogo y filósofo inglés, John Milbank, participó en el IX Simposio Internacional del Instituto Edith Stein para hablar de “ecumenismo, geopolítica y crisis”. Repasamos su punto de vista en una entrevista en la que profundiza sobre la respuesta europea al conflicto de Ucrania, partiendo del diálogo ecuménico entre las iglesias cristianas.

¿Dónde se encuentra la relación entre las divisiones eclesiales y las políticas de la guerra de Ucrania?

A largo plazo, las divisiones entre Rusia y el resto de Europa están relacionadas con las divisiones nacidas en el seno de la cristiandad, entre la Iglesia católica y la ortodoxa. En última instancia, las divisiones políticas tienen que ver con eso. No podemos verlo como algo indiferente al conflicto. Resulta sorprendente comprobar cómo hay muchos católicos y cristianos de distintos credos especialmente en el este de Ucrania.

Yo diría que incluso que hay un peligro en que, si no vemos la unidad eclesial como algo prioritario, no estaremos apoyando tampoco la unidad internacional. El peligro que vemos además con el desafortunado apoyo del patriarca Kirill de Moscú a Putin es que la ortodoxia puede derivar hacia una forma de soberanía, hacia el nacionalismo.

¿Esa relación entre la tradición religiosa y la política también afecta al resto de Europa?

Así es. También vemos ese peligro en el caso de Hungría y Polonia. Incluso si sus gobiernos han hecho cosas positivas y haya que elogiar su solidaridad con el pueblo ucraniano, su postura también ha ido derivando en autoritarismo, apoyando mucho su nacionalismo.

Recuerdo incluso el caso de Alemania, donde su tradición protestante y prusiana les ha llevado en el pasado a alentar el nacionalismo. Así fue el caso de los muchos luteranos que apoyaron en su día a Hitler. Me permito añadir que, de una forma muy sutil, creo también que la deriva del protestantismo alemán hacia una especie de pacifismo kantiano liberal está lejos de dejar atrás ese nacionalismo. Si bien arrepentida de su pasado belicista, la superioridad moral de Alemania puede haberse reactualizado dentro de la alianza entre los intelectuales y las fuerzas del capitalismo alemán que han empobrecido a los países del sur de Europa, como España e Italia.

Ahora vemos que son reacios a dejar de lado su dependencia del petróleo ruso. Es algo que sustenta su completamente desequilibrada economía, muy dependiente en última instancia de las importaciones rusas. Alemania no está preparada para afrontar la lucha ucraniana y debería de ver que esta lucha contra Putin es la misma o similar a la que tuvo la gente contra el nazismo. Esta es una nueva forma de fascismo ruso y nos estamos dejando engañar de nuevo por estos falsos nacionalismos.

¿Y que diría acerca de la posición de las potencias anglosajonas?

Creo que Gran Bretaña y Estados Unidos se equivocan a menudo, aunque no tanto en este caso. Creo que están siendo más perspicaces a la hora de decir que si dejamos que Putin nos chantajee o si tratamos de negociar con él partiendo de hechos criminales, estaremos creando un monstruo muy peligroso.

Lo que quiero decir es que tenemos que insistir en el derecho internacional, en el respeto por las democracias y los derechos universales. Los cristianos no podemos dejarnos engañar por estas formas de nacionalismo y tenemos que darnos cuenta de que, apoyando el derecho internacional, estamos en consonancia con la tarea de subsanar las divisiones en el seno de la propia cristiandad.

Pienso que necesitamos una negociación entre la tradición católica, que ha insistido mucho en el rol del Papa, y la de la tradición ortodoxa, que ha apoyado más el papel del concilio universal. Creo que la idea de la implicación del Papa en un concilio de estas dimensiones, con el consentimiento de todos los cristianos, representa un modelo correcto de constitución del gobierno de la Iglesia. Esta mezcla constitucional es algo adecuado tanto desde el punto de vista religioso como político. Necesitamos ver esta primacía de lo internacional sobre lo nacional, aquello que Tomás de Aquino afirmó en el Ius Gentium. Estos derechos personales van por delante de las leyes de los Estados. Creo que uno de los errores de nuestro mundo moderno es que damos primacía a los derechos de los Estados.

No creo que el pensamiento cristiano acepte la idea de una anarquía internacional. Al contrario, se asume que el derecho es internacional y media entre nosotros. El derecho internacional es como una armazón compartida de legalidad. Por eso es correcto negar la negociación con Putin si es un asesino, un criminal de guerra.

El mayor desafío ecuménico entre los cristianos de uno y otro lado sería…

Tenemos que reconocer como algo heroico el hecho de que muchos ortodoxos estén resistiendo a Kirill, incluyendo a varios obispos de Rusia. Tenemos que apoyarles y demostrar que somos una misma Iglesia. Hay que practicar la comunión ahora, sin esperar a tener que entrar en cuestiones más complicadas que podría venir después… Es así como se logra la unidad y no tanto en reuniones entre funcionarios y obispos.

Las iglesias tienen que admitir sus imperfecciones, como que la Iglesia occidental lo centraliza todo de una forma muy moderna, sin aceptar la subsidiariedad intraeclesial, y la Iglesia ortodoxa no ve la necesidad de la unidad internacional, tendiendo mucho a convertirse en una Iglesia de Estado.

¿Qué es lo que más le preocupa sobre el desenlace de esta guerra?

Pues muchas cosas. La situación es muy tediosa. Mi mayor preocupación es la posible escalada nuclear, después que si la guerra se cronifica la población del este termine por agotar su paciencia, que nosotros dejemos de apoyar a Ucrania y que la lucha de los ucranianos se debilite.

Cuanto más se eternice la guerra más peligro hay de que Putin gane. Creo que tenemos que lograr que Ucrania mantenga a Putin a raya, incluso sacarlo fuera del país. Por ello tenemos que dar más apoyo militar incondicional a Ucrania. No brindar suficiente apoyo no sería ético, pues la gente podría haber muerto en vano.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social

 

 

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