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“Que la religiosidad popular nos llene de caridad cristiana”

Homilía de D. José María Gil Tamayo en la Eucaristía tras la procesión con el Santísimo Cristo de la Buena Muerte en la parroquia de San Juan de Letrán el 9 de octubre de 2022.

Queridos Francisco y D. Antonio Jesús;
querido Hermano Mayor y Junta de gobierno de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Muerte y de la Virgen del Amor y del Trabajo (qué nombre más bonito tenéis, el de esta Virgen);
queridos hermanos y hermanas;

Me da mucha alegría poder acompañaros tras mi llegada a Granada, en este traslado y en esta celebración en este domingo, y haberlo hecho y haber contemplado esas edificaciones nuevas, con esa inculturación y bendecir con esa encarnación del que habla el Papa, que es la religiosidad popular de la fe cristiana en las nuevas generaciones, en los pueblos vecinos, en la gente que hereda la fe de sus mayores y que la hace propia como su manera de vivir cristiana.

Esto da una inmensa alegría y es, al mismo tiempo, en este mundo nuestro tan preocupado por medios de vida… La verdad es que tenemos que estar preocupados porque hay mucha gente que lo pasa mal, hay mucha desigualdad; porque hay mucha gente que vive en la pobreza y está a nuestro lado. Pero sabemos que todo no son medios de vida. No basta con tener la cartilla bien o tener una buena colocación -que hay que buscarlo para todo el mundo, un trabajo digno y estable. También hay que buscar las razones por las que vivir, porque el ser humano es el ser que busca el sentido.

No basta con hacer, sino por qué hago las cosas. ¿Merece la pena la entrega por los hijos, la entrega por la familia, el esfuerzo, el trabajo…? El ser humano busca las razones por las que vivir y ahí entra la fe. Esa fe que hoy Jesús alaba en este samaritano que vuelve a dar gracias. “Tu fe te ha salvado”. Esa fe en un pueblo se manifiesta en su religiosidad popular. Es una fe heredada de los mayores, pero que hemos de asumir, que hemos de vivir, que hemos de trasladar a la vida. Hoy Jesús echa de menos a los otros nueve leprosos que no vuelven. Somos también nosotros muchas veces así. Vamos a Cristo, vamos a la Virgen Santísima a pedirle que nos ayude, que nos hagan salir. Tiene una dificultad, una enfermedad, un contratiempo, tiene una situación difícil, pero luego qué poquitas veces damos gracias. Y Jesús nos echa de menos.

Hemos visto en la Primera Lectura que Naamán el sirio es curado de la lepra. Y nosotros somos curados de tantas lepras que no son físicas, gracias a Dios, pero sí son de egoísmos, de tantas y tantas carencias que tenemos, que el Señor nos cura y nos ayuda y, sobre todo, que nos da la salvación. ¡Tenemos que volver a Dios! Tenemos que poner a Dios en el centro de nuestra vida, en esas razones por las que vivir. Y Dios no puede ser quitado. Y la religiosidad popular contribuye a que Dios no sea quitado del medio. Hoy, en esta sociedad nuestra, que Dios parece un sin-papeles, que hay mucha gente que se avergüenza de ser cristiano, o lo esconde, donde da avergüenza rezar. En cambio, para hacer el mal cuánta publicidad, cuánta manifestación muchas veces. En cambio, qué poco suena la gente buena, la gente que se desvive por los hijos, la gente que tiene fe. Pues, tenemos que pedirLe al Señor que nuestra fe sea más grande, que nuestra fe sea más viva, que nuestra fe sea formada, que nuestra fe se manifieste en nuestra vida, que no se nos quede simplemente en la cabeza o en la procesión. Sí, Cristo, que ahora viene a su Iglesia, donde quiere estar es en el corazón de cada uno de nosotros. Ese saludo: “El Señor esté con vosotros”. ¡Claro que sí! Y está cuando vivimos en gracia, cuando vivimos como Dios manda. “Y si alguien me ama, guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a Él, y haremos morada en Él”, nos dice Jesús. “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre vive, yo vivo con el Padre, el que me come vivirá por mí”. Pues, ahí es donde quiere entrar Cristo, en tu corazón. Por la Eucaristía, pon tu alma en gracia, viviendo como Dios nos pide. Es donde Dios quiere habitar mejor.

Con esta vocación tan bonita me he acordado y mucho de los que han muerto en el covid. El Cristo de la Buena Muerte es el único que les ha acompañado. ¡Han estado solos! Yo mismo estuve 33 días en el hospital en la primera ola y los médicos decían “el obispo se nos va”. Cuánta gente no pudo tener un beso, una cercanía, pero el Cristo de la Buena Muerte estaba con ellos. Y hoy, con la vuelta a su casa, que los tengáis muy presentes y tengáis muy presente a las personas, a los ancianos, a los mayores, a quien está a nuestro lado. Que no sólo nos acordemos cuando se nos van y dejen el hueco, sino que sean un acompañamiento en las familias, en el cariño de los hijos a los padres, en responder y en devolver con justicia lo que han recibido de tanto cariño de los mayores. Que acompañemos a quienes sufren. Que tengamos esa compasión, que es “padecer con” los otros, que nada ni nadie en su dolor no sea ajeno. No vivimos amontonados en la sociedad, en esta sociedad nuestra que nos divide y que nos enfrenta muchas veces en este mundo nuestro donde la guerra está a la vuelta de la esquina; en este mundo nuestro donde la gente tiene tantas dificultades para llegar a fin de mes; en este mundo nuestro donde no se ve el futuro con la clarividencia y con la claridad; en este mundo nuestro donde estamos muy divertidos, pero donde falta alegría, la alegría profunda de las razones por las que vivir de la fe.

Que la fe, que pone Jesús en nuestro corazón, nos haga ver y mirar con los ojos de Dios. La Virgen es bienaventurada. La primera bienaventuranza del Evangelio es a la Virgen; se la dirige Isabel: “Bienaventurada tú, porque has creído lo que se te ha dicho de parte del Señor”. Y la Virgen no lo tuvo fácil. La fe de la Virgen es la fe que es lo que debe ser la nuestra. Como decía san Juan Pablo II: “La Virgen es lo que debemos ser, lo que debe ser la Iglesia”.

La fe de la Virgen es una fe que te pasa momentos difíciles. El Ángel le promete que va a ser la Madre de Dios y su Hijo nace en un establo. Le dice que es el Rey de Israel y tiene que huir de un reyezuelo, que le entró celos de un niño y provoca una matanza de los inocentes y tiene que huir, como un inmigrante, un refugiado. La fe de la Virgen ante el Hijo de Dios, que es el Salvador del mundo, vive treinta años de vida oculta del trabajo, con las manos encallecidas de Jesús y de José. La fe de la Virgen ve cómo Su hijo es tratado muchas veces. Y la fe de la Virgen está junto a la Cruz.

Por tanto, queridos hermanos y hermanas, nuestra fe nos sirve para los momentos de dificultad, pero también para los momentos de alegría, para los momentos de gozo, para los momentos de resurrección.

Queridos hermanos, que la religiosidad popular, vuestra devoción al Cristo de la Buena Muerte, nos llene de caridad cristiana. Que nuestro cariño a la Virgen, que es un cariño filial, nos ayude también a vivir con una fe imperativa, con una fe viva que no se quede sólo en una fiesta, en un paso, en una procesión, en una Semana Santa, sino en todas las semanas santas del año. Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo coadjutor de Granada

Eucaristía tras la procesión del Santísimo Cristo de la Buena Muerte
Parroquia San Juan de Letrán (Granada)
9 de octubre de 2022

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