Homilía de Mons. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía del Voto de la Ciudad de Granada al Santísimo Cristo de San Agustín, con las autoridades del ayuntamiento, celebrada en la Catedral el 14 de septiembre, ante la Sagrada Imagen del Sagrado Protector de Granada y la Virgen de las Angustias.

Muchas gracias, querida alcaldesa;
querida Corporación Municipal del excelentísimo Ayuntamiento de Granada;
queridas autoridades;
queridos hermano mayor y hermanos de la Cofradía del Santísimo Cristo de San Agustín;
querida priora y vicaria de las monjas clarisas que custodiáis en vuestro monasterio del Santo Ángel, el Cristo de San Agustín;
queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas;
queridos hermanos y hermanas del pueblo de Granada:

Estamos hoy aquí como necesitados. Ciertamente, recordamos las proezas que bajo esta bendita imagen y, además, con el testimonio de excepción de la presencia de la Santísima Virgen de las Angustias. Ella siempre está junto a la cruz de Jesús. Ella en la imagen que la representamos y que va grabada en el corazón de cada uno de los granadinos es la Virgen junto a la cruz, la Virgen junto a Cristo. No podemos separar a Cristo de la Virgen. No podemos separar a la Virgen de Cristo. Y esa es la fe, la esencia de la fe cristiana del pueblo de Granada. No estamos haciendo una cosa, una anticuaya. No estamos celebrando algo que se nos pierde en la noche de los tiempos como una cosa de magia o de una fe débil o cuando no de una superstición. La fe cristiana no es el opio del pueblo. Es una fe que pone su confianza en el Señor, sabiendo, y lo hemos experimentado como seres humanos, que no está todo en nuestras manos.

La pandemia nos enseñó que no somos capaces, que somos débiles, que se puede parar el mundo. Y estos acontecimientos que hemos vivido y, especialmente, muchas personas de la ciudad de Granada, del área metropolitana, han visto la debilidad de sus estructuras. Y gracias a Dios, no ha habido daños personales, pero no podíamos controlar. Lo único que nos quedaba era rezar y quien no tiene fe, respeto, porque se muestra la debilidad de lo humano, se muestra la impotencia, que, a pesar de todos los logros, necesitamos elevar nuestros ojos al cielo, confiar.

Nosotros, queridos hermanos, como han hecho nuestros mayores, miramos al cielo. Hoy celebra la Iglesia la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz. Es la señal de los cristianos. Así lo veíamos. ¿Y por qué? ¿Por qué un instrumento de ignominio, de condena, se ha convertido en el signo del amor, de la entrega? Porque en él murió Jesucristo para redimirmos. Y la Cruz forma parte del ADN, de la entraña de Granada. Nuestra piedad popular no es un añadido folclórico para justificar una fiesta. Es la fe de un pueblo que afecta e influye en sus costumbres, en su manera de entender la vida, en su manera de entender el amor, en su manera de entender la muerte, en su manera de entender la fraternidad, en su manera de entender, en definitiva, la vida que vivimos y la vida a la que aspiramos. Esa fe se llama también civilización cristiana.

Esa fe es transformadora. Esa fe tiene en cuenta al hombre, al ser humano en toda su dignidad. Nuestra fe no es un arcaísmo. Nuestra fe no es una fe débil. Es una fe de fuertes, de quienes ponen su confianza, conocedores de su debilidad. Y hasta dónde llegamos con el realismo cristiano que nos da, no el ser súper hombres o súper mujeres, no una desconfianza en el progreso humano, que la tenemos, pero sabemos los límites, como sabemos ahora y nos advierten científicos, de los límites de la inteligencia artificial, que puede influir en las decisiones humanas hasta el punto de, en vez de ser un medio, ser un contrincante del ser humano, en el ámbito de la verdad, en el ámbito del trabajo, en las guerras, en el ámbito de la libertad.

Queridos hermanos, el Papa nos invita a exaltar la humanidad, el humanismo, lo que hay de humano en todos nosotros. Y en el humano entra el miedo, entra el sufrimiento, entra el dolor, entra el desvalimiento. Entra como los apóstoles en el Lago de Jesaret, acudir a Jesús y decirle “Señor, ayúdanos, Señor, sálvanos”. Y esa es la fe de nuestro pueblo. No es una fe para esconderla. No es una fe como un asunto privado que no nos atrevemos ni a imponernos nosotros mismos. Es una fe que tiene manifestaciones festivas de alegría y de resurrección. Pero es una fe que también tiene la señal de la cruz, la señal del dolor, porque Jesús nos ha dicho que ese es el camino para seguirle.

Y porque, queridos amigos, querida gente buena de Granada, la cruz aparece siempre. Lo queramos o no. O la tomamos con un sentido cristiano, o somos cirineos para los demás; o nos desesperará. La fe nos lleva a tomar esa cruz en voz de Jesús y mirarle a aquel que nos ha dicho que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Es lo que ha hecho Jesús.

Y al mirar al Sagrado Protector de la ciudad de Granada, al mirar al Cristo de San Agustín, con esa cara que expresa la agonía más perfecta del hombre, al mirar a Cristo, no sentimos miedo, sino confianza. No sentimos distancia, sino cercanía. No sentimos indiferencia, sino acompañamiento en nuestro sufrimiento. Por eso queremos al Cristo de San Agustín. Esta imagen, desde el siglo XVI, está expresando el dolor acumulado de la historia del pueblo de Granada, el dolor colectivo en determinadas circunstancias, y también ese reguero continuo de personas que acuden a la capilla del monasterio del Santo Ángel, ahora, y antes al monasterio de San Agustín, a expresarle sus dificultades, sus dolores, su sufrimiento, su soledad, su enfermedad, sus angustias.

Y cómo no, junto a Cristo está la Virgen. ¿Cómo no vamos a ir a Ella? Ella hoy no hemos ido, viene a nosotros. Ella está con nosotros. En este mes de septiembre dedicado a Ella, el Papa Francisco nos invitaba, en su Visita a España, al recordarnos las palabras de la Virgen a los criados en las bodas de Cana, “haced lo que Él os diga”, lo que nos diga Jesús.

Pues, eso le pido yo hoy para todos nosotros, teniendo muy presente a las personas que han sufrido pérdidas en sus enseres, en sus viviendas, en sus estructuras, de sus casas, en los lugares de trabajo, también en nuestras iglesias, incluso en la propia basílica de nuestra Madre.

Queridos hermanos, saldremos. Hemos salido de muchas, saldremos de esta. Y esto nos llevará a salir con más fuerza y a hacer de las dificultades oportunidades. Y ese saludo litúrgico de “el Señor esté con vosotros”, claro que está con nosotros. Y por eso salimos también en rogativa, porque Él nos ha dicho Jesús en el Evangelio, y esto es tan evangélico como lo que más; nos ha dicho donde dos o tres piden, se ponen de acuerdo en pedir algo en mi nombre, mi Padre del Cielo se lo concederá. Gracias a Dios en esta tarde estamos más de dos. Jesús nos ha dicho, “pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”.

Pues, vamos a pedir con esa enseñanza de Jesús, y vamos a elevar nuestras peticiones por intercesión de la Virgen, que le pedimos que hable a Jesús bien de nosotros, las vamos a poner a los pies del Divino, del Sagrado Protector de Granada. Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Catedral de Granada, 14 de septiembre de 2026

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