Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario, celebrada en la Catedral el 26 de julio de 2026. 

Querido don Ildefonso,

Queridos hermanos y hermanas, que os habéis dado cita en nuestra Catedral en este domingo del mes de julio, el XVII del Tiempo Ordinario,

También a los que estáis de visita en Granada, disfrutando también de nuestra bella ciudad y os habéis unido a esta celebración, como los que nos siguen a través de la televisión. Gracias por vuestra presencia.

¿Y qué nos dice hoy la Palabra de Dios? Seguimos con las parábolas de Jesús, con esos ejemplos, con esos cuentos que nos va poniendo Jesús para que nos apliquemos el cuento, para que saquemos esa enseñanza para nuestra vida, para la vida cristiana. Que, en definitiva, es reflejar en nosotros al mismo Cristo. San Pablo decía “Mi vivir es Cristo. Yo no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

Pues de eso se trata, los cristianos, que reflejemos en nuestra vida la vida de Jesús. Y eso es lo que han hecho los santos, siendo tan distintos en época, en edad. En todos hay un denominador común, que se parecen a Jesús. Que han tomado el Evangelio en serio, su enseñanza. Y hay un numerador distinto, cada uno es como es, con su carácter, con su manera de ser. En todas las épocas. Y también en los santos de la puerta de al lado, que nos decía el Papa Francisco, y que solo no damos cuenta cuando nos falta… Que sentimos el vacío de esa santidad, de esa bondad, de ese ejemplo y de ese testimonio de Jesús. A nosotros también se nos pide. ¿Y qué nos pide el Señor hoy?

Pues, primero que le pidamos, como el joven Salomón que llega a ser rey muy joven, hereda un pueblo de Israel, un pueblo de Dios maltrecho, con dificultades… ¿Y que le pide al Señor? Le pide sabiduría. Eso es lo que nos falta en nuestro mundo, a nosotros. Sí, estamos en la edad de la cultura, del conocimiento. En esta civilización, llamamos así, de la informática. Y se hacen realidad esos versos de Elliot, ¿dónde está la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?

Tenemos más información que nunca. Nos volveríamos locos si fuésemos capaces de descifrar, de descodificar, de tan siquiera percibir todo lo que se mueve en el medio ambiente. De ondas, de mensajes… Todo eso nos volvería locos. Ya casi nos vuelve locos nuestro móvil. Donde vemos que nos llega cantidad de información que no nos da tiempo casi ni a procesar. Que se va poniendo ahí, en la cola personal de cada uno.

Tenemos tantos canales, tanta información, tantas cosas. Más que nunca. Pero realmente, ¿conocemos más? ¿O sólo la gente conoce la parcela, la especialidad? Ya no hay esas personas de conocimiento universal, esos humanistas que saben. Y sobre todo, nos falta sabiduría. Esa sabiduría que la tradición atribuye a los mayores, esa sabiduría de saborear la vida, de tener la experiencia de haber acumulado conocimiento y haberlo reposado en el corazón. Y tener, junto con la experiencia de la vida, del vivir, la personal o la heredada… Saber dar respuesta a los problemas, a las inquietudes, a las dificultades que se nos presentan.

Pues esa sabiduría hemos de pedir al Señor. Pero hay algo muy particular que pide Salomón en esa sabiduría. El discernimiento del bien y del mal. No habrá por lo que me apetece, por lo que me sale, por lo que me gusta. Por lo que dice la mayoría o la moda a la que seguimos casi automáticamente, cuando no inconscientemente. Con muchas maneras de obligarnos, de inducirnos.

Bueno, pues ¿somos realmente poseedores de esa sabiduría de distinguir el bien y el mal? Pues eso lo hace la conciencia. Una conciencia formada en la ley de Dios. Una conciencia que se basa en la naturaleza humana, en la ley natural. Lo que llamaba el Papa Benedicto, la gramática del corazón. Que no va según las modas. Lo que ayer era blanco ahora es negro. Lo que ya era bueno, ahora es malo. Lo que ayer era malo, ahora es bueno. Según el sol que más calienta.

Decía uno de los hermanos Marx. Le decía a su interlocutor, “Mire, tengo estas convicciones. Pero si a usted no le gusta, tengo otras”. No. Viviendo con esa coherencia de vida, y lógicamente quien es cristiano, con la coherencia de vida del Evangelio. Porque en Él hemos encontrado ese tesoro, que es el mismo Dios, que es la razón de nuestra vida, que son esos valores.

El Evangelio hoy nos invita a saber distinguir, saber tener criterio. Criterio viene de “Κριτήρια” en griego. Es cribar. Es el que criba y se queda con el grano y tira la paja. Es quedarse con lo que realmente vale y desechar lo malo en nuestra vida. Queridos amigos, tenemos que tener criterio, tenemos que cribar, tenemos que saber distinguir el bien del mal. Y esa es una dimensión moral, esa es una dimensión humana.

No es lo que me apetece, lo que no me apetece de una fuerza instintiva. Es pensar “esto es bueno para Dios, es bueno para mí, es bueno para los demás”. ¿Esto me ayuda a ser mejor, no solo a tener más? La calidad de vida está no solo en tener más cosas, en ser mejores. El ser humano no solo busca tener medios de vida. Claro que hemos de buscarlo y hemos de pedir y trabajar para que todos lo tengan y no haya diferencias.

Pero el ser humano busca las razones por las que vive. Y ahí entra esa sabiduría. Ahí entra la búsqueda de ese tesoro que hace que supeditemos todo lo demás. Y son los criterios del Señor. Es su ley santa.

Vamos a pedirle hoy al Señor que nos dé esa sabiduría. Y vamos a acudir a la Virgen. A ella la invoca el pueblo cristiano como asiento de la sabiduría.

Ella nos ha dado Cristo, que se define a sí mismo como la Verdad. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Pues Cristo “verdad” nos ayude a encontrar el sentido, a vivir en consecuencia, y en definitiva, como nos ha dicho san Pablo, a reflejar en nosotros a Cristo. Para que, como decía aquella persona en su oración “Señor, que quien me mire te vea”. En cada una de nuestras circunstancias, de nuestra manera de ser, que vea en nosotros reflejado la fuerza convincente que vale más que un sermón, que es la de nuestro ejemplo. No solo de nuestras palabras.

Pidámoslo así a la Virgen.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Catedral de Granada
26 de julio de 2026

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