El Papa evocó al «santo alfaquí» fray Hernando de Talavera y a santo Toribio de Mogrovejo para iluminar la misión de la Iglesia en un tiempo de despoblación, pluralidad cultural y secularización.

En la mañana de este lunes, en la sede de la Conferencia Episcopal Española, León XIV se reunió con los obispos de España en el tercer día de su viaje apostólico —el primero de un Papa a nuestro país desde la visita de Benedicto XVI en 2011—. Su intervención, articulada sobre la imagen de un viaje espiritual cuyo destino es Dios, dejó una referencia que tiene especial resonancia para la Iglesia de Granada: el Pontífice puso el modelo evangelizador nacido en esta tierra como ejemplo para los desafíos de hoy.

LA “EXPERIENCIA DE GRANADA”, DE FRAY HERNANDO DE TALAVERA A AMÉRICA
El Papa introdujo la cita al abordar uno de los retos más punzantes de la realidad eclesial española: esas «inmensas planicies castellanas», metáfora de la despoblación y del encuentro casi exclusivo con personas mayores o con trabajadores llegados de fuera. Recordó que España ya afrontó en el pasado situaciones análogas y que, al tener que reconstruir su presencia, surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América.

El paradigma que escogió fue granadino. La Iglesia está llamada hoy, como entonces, a edificar una realidad nueva «a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hiciera el famoso santo alfaquí de Granada, fray Hernando de Talavera».

La referencia tiene hondo arraigo en esta Iglesia local. Fray Hernando de Talavera (c. 1430-1507), confesor de Isabel la Católica y primer arzobispo de Granada tras la conquista de 1492, impulsó una pastoral de cercanía con la población musulmana: aprendió árabe, quiso que sus clérigos se dirigieran a musulmanes y moriscos en su propia lengua e introdujo adaptaciones en la liturgia y el canto. Los propios musulmanes de la ciudad llegaron a llamarle «el santo alfaquí». Esa cercanía le costó la persecución de la Inquisición, de cuyas acusaciones lo declaró inocente el papa Julio II en 1507. La archidiócesis de Granada mantiene abierta, desde 2017, una comisión histórica con vistas a una posible causa de beatificación.

De ahí el puente que trazó León XIV hacia santo Toribio de Mogrovejo, segundo arzobispo de Lima, «del que estamos celebrando el tercer centenario de la canonización» —fue elevado a los altares por Benedicto XIII el 10 de diciembre de 1726—, y al que presentó «precisamente como modelo de obispo en salida en un tiempo de misión y reorganización eclesial». El Papa habló de la capacidad de «atesorar» y de «llevar —como hizo Toribio— la experiencia de Granada a América». Es decir: el método granadino del diálogo y de los nuevos lenguajes como semilla del impulso misionero que cruzó el Atlántico.

La evocación tiene, además, una hondura biográfica: antes de su elección, León XIV fue obispo de Chiclayo (Perú) y conoce de cerca la herencia de Toribio, cuyo tercer centenario se conmemora este 2026 con años jubilares tanto en el Perú como en la archidiócesis de Valladolid, a la que pertenece Mayorga, su localidad natal.

EL ESPÍRITU DEBE PERMANECER
El Pontífice subrayó que, aunque «los lenguajes en esta era digital son distintos» y han cambiado las culturas que componen hoy el mosaico de nuestras comunidades —con migrantes de todas las partes del mundo—, «el espíritu debe permanecer». Lo cifró en dos claves: la capacidad de comunicar y de «abajarse» para comprender y compartir, comenzando por «aprender el lenguaje del otro»; y la de crear comunidades capaces, ellas mismas, de transmitir la propia experiencia de fe. Para las grandes ciudades, donde «el silencio y la lejanía no son espaciales sino íntimos», propuso los mismos procesos: escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza.

UN DICURSO DE COMUNIÓN, VOCACIÓN Y CUIDADO
La cita granadina se inscribe en una intervención más amplia, vertebrada por la metáfora del peregrino del Camino de Santiago. León XIV invitó a aligerar el equipaje de «estructuras que no nos ayudan» sin renunciar al «inmenso patrimonio cristiano» de España ni al «Viático del peregrino» —la Palabra y la Eucaristía—, y pidió que ese patrimonio sea «siempre instrumento y oportunidad de diálogo».

Reclamó a los obispos ser «principio visible de comunión» en un tiempo de polarizaciones, con la imagen del «mosaico vivo de la Iglesia», y dedicó un pasaje sentido a las víctimas de abusos «por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero», ante los que la comunidad eclesial está llamada a responder «con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación» y un compromiso decidido en la prevención. Abordó también la pastoral vocacional a partir de la pregunta «¿Para quién soy?», la calidad de la formación en los seminarios, la corresponsabilidad de los laicos y la sed de sentido de un mundo secularizado.

Encomendó el ministerio de los obispos a la Virgen, en esta «Tierra de María», y se detuvo en san Juan de Ávila, patrono del clero español, en el quinto centenario de su ordenación presbiteral. Cerró con una súplica del santo doctor que resume el horizonte de toda renovación eclesial: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón».

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