Comentario al Evangelio en el Domingo de Pentecostés, del 24 de mayo de 2026. Realizado por el Secretariado diocesano de Pastoral Bíblica de Granada.
Transcurridos cincuenta días desde la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo llegamos a la solemnidad de Pentecostés para clausurar el tiempo pascual.
En la primera lectura escuchamos el relato de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Lucas subraya una serie de elementos que nos revelan las referencias veterotestamentarias de este momento muy claramente: estaban todos reunidos, desde el cielo se produjo un fuerte estruendo, el viento soplaba fuertemente y el lugar se llenó de llamaradas. Este lenguaje evoca el momento de la revelación de Dios en el Monte Sinaí y la entrega de la Alianza a Moisés; es ahora el momento en el que Jesús, que ha sellado la nueva y eterna Alianza con su sangre, envía desde el Padre al Espíritu Santo prometido. El resultado de este evento de gracia es inmediato: todos los presentes, procedentes de muchas y distintas partes del mundo, los entienden hablar, restableciendo así la unidad entre los pueblos, derribando los muros que les separaban.
El salmo, por su parte, está trabado a través de una petición muy clara y apropiada para este día: “envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra” (cf. Sal 103, 29). En este salmo se alaba y glorifica a Dios por su grandeza, por lo hermosas y numerosas que son sus obras, y por ser el principio vital que sustenta toda la creación.
En la segunda lectura Pablo, hablando a los corintios, recuerda dos cosas esenciales: la primera, que el hecho de poder afirmar que “Jesús es el Señor” (1 Cor 12, 3b) es obra del Espíritu Santo y la segunda, que son todos un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo, por tanto, los dones y carismas que han recibido deben contribuir a mantener la unidad y actividad del cuerpo y no a fragmentarlo.
En el evangelio de Juan el envío del Espíritu Santo aparece el mismo día de la resurrección de Jesús, al anochecer, mientras todos estaban reunidos. Este hecho busca acentuar la unidad del misterio pascual: victoria sobre la muerte, glorificación y envío del Paráclito. Jesús les saluda deseando la paz y ellos se llenan de alegría. A continuación, son enviados y habilitados para perdonar pecados, para ello reciben el Espíritu Santo a través del soplo de Jesús.
La Palabra hoy
Sin lugar a dudas, el mayor signo de la presencia de Dios entre nosotros es la comunión, como bien dice aquel venerable canto latino “donde hay amor y verdad allí Dios está”. En Pentecostés vemos una vez más a un Dios que cumple sus promesas, es más, que nos permite entender en plenitud todo lo que había sucedido y que había sido anunciado: Pentecostés es la Nueva re-Creación, el anti- Babel, es el sello de la Nueva y definitiva Alianza, es la recolección del fruto más precioso de la cosecha de la Pascua, es en definitiva la recepción del don más preciado: el Espíritu por medio del cual somos adoptados como hijos de Dios y el que nos permite “llamar a Dios -Abba-, Padre” (cf. Rom 8, 15b).
Muchas veces Pentecostés es percibido con recelo, o incluso melancolía, al pensar que pudiera ser un evento que se nos queda muy lejano, tanto en el tiempo y en las formas como en los frutos. Algunos piensan que los carismas fueron manifestaciones extraordinarias de un pasado eclesial mítico que posteriormente dieron lugar a ministerios jerárquicos, perdiendo así su vivacidad y espontaneidad. Pero el Apóstol de los gentiles nos da la clave para resolver esta confusión. Este nos recuerda que hemos de ambicionar los carismas mejores, y entre todos ellos destaca uno como corona de todos los demás: el amor. ¿Es acaso el amor menos que el don de lenguas, cuando precisamente el amor es la lengua universal del ser humano? ¿O quizás es el amor expresión de una menor libertad por expresarse a través de la fidelidad? El amor cura mejor que cualquier otro carisma de sanación, hace comprender mejor que cualquier otro don de profecía, empuja al servicio sin comparación a cualquier otro ministerio. Basta leer el capítulo trece de la carta a los Corintios para poder contemplar el amor que Dios nos da, aquel que hace posible lo imposible, que nos ayuda a vivir de manera nueva, acogiendo esta vida que nos ofrece, una vida en abundancia y en plenitud.
¿Por qué Jesús entonces envía a sus discípulos anunciar el evangelio otorgándoles la potestad para perdonar los pecados en lugar de darles una especie de potestad nueva para transmitir el don del amor? Pues porque lo único que rompe el amor es el pecado, y lo que lo hace falso es la falta de libertad, de manera que, destruido nuestro antiguo enemigo, el amor vuelve a florecer ya que la libertad de los hijos de Dios también vuelve a hacerse presente. De este modo podemos confiar en que nada nos podrá separar del amor de Dios, y, por tanto, de vivir en el amor verdadero.
Pidamos en este día lo mismo que sucede en la eucaristía que celebramos, es decir, que del mismo modo que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor, el Espíritu haga de nosotros “un solo cuerpo y un solo Espíritu” (Plegaria Eucarística III).
Que María Virgen, Templo del Espíritu Santo, nos enseñe a acogerlo en nuestro corazón y a ser dóciles a sus inspiraciones.
Moisés Fernández Martín, presbítero diocesano

