Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del IV Domingo de Pascua, en la Catedral, el 26 de abril de 2026. El día del Buen Pastor.
Queridos sacerdotes,
Queridos diáconos,
Seminaristas,
Queridos hermanos y hermanas en el Señor,
Como les decía al comienzo, estamos celebrando este IV domingo de Pascua, también llamado del Buen Pastor, porque la palabra de Dios hace referencia al pastoreo de Cristo. Con esos textos que nos ha puesto la Iglesia en esta mesa de la Palabra. Por una parte, hemos escuchado tanto la predicación del apóstol Pedro, esa predicación pascual, del que hace cabeza de la Iglesia en los comienzos.
Y al mismo tiempo, hemos escuchado también la proclamación de su carta. La primera carta del apóstol Pedro, en que nos habla de Cristo como guardián y pastor de las ovejas, que somos nosotros. Nos pone el ejemplo de Cristo como el buen pastor. Es más, el mismo Cristo, en la proclamación del evangelio de Juan, se arroga, se asigna a sí mismo este nombre, el pastor de Israel, el pastor de su pueblo, el Buen Pastor.
Nosotros, que ya vivimos en el siglo XXI, podemos, en esta sociedad de la información, esta sociedad que ha superado ya la sociedad industrial, incluso… Donde el mundo agrícola y el mundo pastoril se los va quedando lejos. O todo o más en parques temáticos. Los más mayores todavía recordamos. Pero, para el pueblo de Israel, la imagen del pastor era enormemente querida y cercana. Porque ellos eran un pueblo de pastores. Procedían de un pueblo nómada, donde la figura del pastor es esencial. Es el que cuida el rebaño. Ese rebaño que le aprovisiona. Ese rebaño que es al mismo tiempo el que da las condiciones de vida para que pueda subsistir el pueblo. Ese el rebaño que lo alimenta.
Pero ese rebaño debe ser cuidado. Y Dios como pastor, era una imagen recurrente en la Sagrada Escritura. Y nos lo ha recordado el salmo responsorial, ese bello salmo: “El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiega.”
El pueblo de Israel y cada uno de nosotros, al recitar ese salmo, sentimos la cercanía de Dios. El pueblo de Israel, conducido por el desierto hacia la tierra prometida, tiene conciencia de esa cercanía de Dios que le protege. De esa providencia de Dios que se manifiesta de manera especial con el pueblo de Israel. Pero Cristo… En Cristo hemos sido unidos gentiles y judíos. La universalidad se produce como pueblo en Jesucristo.
Él, con su cuerpo, ha destruido el muro que nos separaba. En Él formamos un único rebaño, que es la Iglesia, que tiene esa dimensión de catolicidad. Como la confesamos en el credo, de universalidad. Y Él es el que nos conduce. Él se convierte en el protector, Él se convierte en el modelo. Él se convierte en nuestro Rey, nuestro Señor.
Por otra parte, la imagen del pastor es también asignada a los reyes de Israel. Ahora nosotros tenemos que recuperar, también para nuestra vida, esta sensación de sentirnos protegidos por Dios. De que no somos un buen verso suelto en la existencia. De que Dios nos conduce, nos protege y que es realidad ese saludo litúrgico del “Señor esté con vosotros.”
Claro que está con nosotros. “No temáis, pequeño rebaño. Mi Padre se ha complacido en daros el Reino”, nos dice Jesús. Él es el Buen Pastor que conduce al rebaño, que lo protege. No es el asalariado que ve venir al lobo y huye. Él es el que ha entregado su vida, en esa explicación que nos da también el apóstol Pedro en su primera carta de los textos del Siervo de Yahvé aplicados a Jesús. Él ha cargado con nuestros pecados. Él nos ha salvado, ocupado nuestro lugar. Y por el sufrimiento ha obtenido este pueblo. Este pueblo que es la Iglesia.
Y ese ministerio del pastoreo de Cristo, queridos amigos, se continúa en aquellos a los que Dios ha elegido de entre los miembros del pueblo de Dios. De entre todos los miembros que participamos del sacerdocio de Cristo por el bautismo. Del sacerdocio real, de ser una nación santa, un pueblo sacerdotal. Como nos dice la Escritura, Dios ha elegido… Nos dice la liturgia también, a hombres de este pueblo. Para que por la imposición de las manos y la consagración, representen a Cristo, cabeza y pastor de su pueblo. Y eso somos los sacerdotes. Eso somos los llamados, no por nuestros méritos, no como un derecho. Porque no los tenemos. No por nuestra dignidad. Porque no somos dignos, nunca, ante la gracia del Señor. Hemos sido llamados para conducir al pueblo de Dios.
Esa es la imagen que el obispo lleva como pastor de una diócesis, de una iglesia particular, en el báculo, que no es ni más ni menos que un bello cayado. Somos el rebaño de Cristo. Tomar conciencia de esa presencia de Cristo a través del ministerio ordenado es para dar gracias a Dios. Por eso este domingo es el domingo del Buen Pastor. El domingo de pedir por los sacerdotes.
Sabemos que tenemos nuestras lacras, que nos duelen enormemente y más proviniendo de miembros consagrados del pueblo de Dios. Y más todavía cuando dañan a los más indefensos, los más pequeños. Queridos amigos, pero hay mucho sacerdote bueno, mucho sacerdote entregado, mucho sacerdote que se deja la vida entera en un desvivirse por las comunidades cristianas.
Ya sea en los pueblos pequeños, ya sea en los territorios de misión, ya sea en los escenarios más difíciles del mundo. Ya sea en las barriadas, ya sea en las grandes ciudades. Hasta el punto incluso de dar su vida. En estas lápidas aparecen el nombre de sacerdotes de nuestra diócesis de Granada, martirizados en la persecución religiosa en la guerra civil española.
Luego, queridos amigos y hermanos, rezad hoy por los sacerdotes. Para que sepamos ser a imagen de Cristo, el Buen Pastor en medio del pueblo. Y al mismo tiempo, el Papa San Pablo VI puso en este día la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Por todas las vocaciones, a la vida sacerdotal, misionera, a la vida consagrada. Y es también el Día de oración por las vocaciones nativas en los países de misión, donde gracias a Dios, sí hay abundancia de vocaciones. En cambio, en nuestra sociedad occidental, donde los niveles de vida son altos, donde el secularismo ambiental ha tomado carta de naturaleza en muchas comunidades y también en la Iglesia. Donde se pierde el sentido de lo sobrenatural, de la misión, de los valores espirituales… Las vocaciones son escasas. Donde la familia ha reducido drásticamente el número de sus miembros y donde el problema de la natalidad es un verdadero problema que exige una urgencia social. Y donde tenemos que estar abiertos a los que llegan, porque no vamos a vivir mejor, queridos hermanos, desde un egoísmo colectivo, reduciendo en la mesa lo que tenemos para todos y con abundancia. Por tanto, no podemos rechazar a los que llegan buscando mejores condiciones de vida. Y es de donde están saliendo vocaciones en los seminarios españoles.
Queridos amigos, recemos hoy por los sacerdotes, recemos hoy por las vocaciones. Y pidámosle ayuda a María. El pueblo cristiano la invoca también como la Divina Pastora, en la tradición franciscana. Con esa advocación de María que nos cuida, que nos protege, que nos ha dado a Cristo, el Buen Pastor.
Vamos a pedirle a Ella que interceda por nosotros, para que el Señor nos dé pastores conforme al corazón de Cristo.
Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
26 de abril de 2025
S.A.I Catedral de Granada
