Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del II Domingo de Pascua y Domingo de la Divina Misericordia, celebrada en la Catedral el 12 de abril de 2026.
Queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos diácono y seminaristas;
queridos hermanos y hermanas:
Como les decía al comienzo, estamos en este segundo domingo de Pascua, domingo ‘in albis’, llamado así. Pero el Papa san Juan Pablo II quiso que también fuese éste el domingo de la Divina Misericordia. En atención a fortalecer la fe del pueblo cristiano en esa dimensión que define a Dios mismo como Misericordia. A través de las revelaciones de una santa polaca, santa Faustina Kowalska, esta devoción promovida por el Papa polaco, por san Juan Pablo II, se extiende por todo el mundo y pone de relieve, él lo hizo en su encíclica Dives in Misericordia. Y después, el Papa Francisco, dedicando un año a la Misericordia Divina, un año santo. Esta dimensión del amor de Dios, que es misericordioso, y que la Sagrada Escritura repite y que nosotros hemos también repetido en las contestaciones a la proclamación del Salmo: “Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia”.
Esa misericordia del Señor que le ha llevado a perdonarnos, a entregar a su Hijo Jesucristo, para salvarnos del pecado y darnos nueva vida. Esa obra salvífica que ha culminado con su entrega en la cruz, con su Pasión, muerte y Resurrección. Y somos beneficiarios, como nos ha dicho el apóstol Pedro en la segunda lectura. Nos ha dado una esperanza grande. Nos ha puesto ante nuestros ojos y ya se nos ha dado en arras esa gloria a la que estamos llamados y que es la plenitud en Dios mismo como partícipes de la Resurrección de su Hijo Jesucristo. Por tanto, como nos ha dicho también el apóstol Pedro, aunque durante nuestra vida tengamos que sufrir dificultades, tendremos que ser acrisolados como el oro, para quitar lo que en nosotros estorbe y purificados para esa plenitud a la que estamos llamados y que ha obtenido Cristo con Su victoria.
Pero, somos caminantes, vamos de camino hacia esa patria, hacia esa plenitud que ya se nos ha anticipado con la Salvación del Señor Jesús en su Misterio Pascual. Hemos contemplado en la lectura del Evangelio la aparición de Cristo el domingo de Resurrección y el domingo siguiente: dos domingos, dos ‘primer día’ de las semanas que, para el cristiano, pasa a ser el centro de este tiempo, en que celebramos la Resurrección del Señor. El primer día de la semana, el domingo. Por eso, los santificamos. Y en la primera aparición están los discípulos, están los apóstoles encerrados por miedo a los judíos; están en casa y el Señor se aparece en medio de ellos.
Ese Cristo que se muestra realmente como el mismo Señor, el que ha convivido con ellos, el que los ha predicado, el que los ha elegido, el que ha compartido con ellos la comida, ese Cristo que es Dios encarnado, que no es un espíritu ni es un fantasma: es Cristo mismo que se deja tocar. La Resurrección de Cristo no es una ilusión, no es un recuerdo de la pervivencia de un difunto ilustre en la historia. Es la presencia del mismo Dios encarnado en medio de nosotros, que ha vencido el pecado y la muerte. Cristo ha resucitado. Y eso es lo que experimentan los apóstoles con el gran regalo pascual de la paz y con el gran regalo pascual que les hace Jesús. San Juan pone el mismo pentecostés en el domingo de Resurrección soplando sobre ellos el Espíritu. Es el gran regalo pascual de Cristo, la efusión del Espíritu Santo.
Pero, nos ha dado un dato el Evangelio. Tomás, el mellizo, no estaba allí con los discípulos. Estaba afuera y no ve al Señor. Y cuando le dicen que ha estado, ya empieza el testimonio cristiano. “Hemos visto al Señor Resucitado, Cristo ha resucitado, el Maestro ha resucitado”. “No lo creo. Si no lo veo con mis ojos, si no toco con mis manos sus llagas, si no entro mi mano en su costado, no lo creo”. Si no lo veo, no lo creo. ¿Cuántas veces nos pasa esto a nosotros? Que dudamos, que esa fe se vuelve débil, que se hacen preguntas a las que aparentemente no tenemos respuesta sin darnos cuenta de que no es que Dios tenga respuesta, es que Dios es la respuesta. Y a la semana siguiente, aparece de nuevo Jesús el domingo y llama a Tomás y le dice a Tomás “aquí tienes mis manos, mis llagas entre tus dedos, aquí tienes mi costado entre tu mano y no seas incrédulo sino creyente”. Pero, dice Jesús algo muy importante: “Dichosos los que crean sin haber visto “. Y estamos nosotros queridos amigos. Y Tomás reconoce a Cristo y se encuentra con Cristo porque vuelve a la comunidad cristiana, vuelve a la Iglesia. No podemos decir “yo creo en Cristo y no en la Iglesia”. Cristo es inseparable de su Iglesia. El testimonio de Jesús nos ha llegado por su Iglesia, por los creyentes, por los cristianos, por los primeros y sólo es reconocible Cristo en el rostro de su Iglesia. Si no, sólo tendríamos de Cristo unas noticias de algún historiador romano como Plinio el Joven o Flavio Josefo, un historiador judío. Cabría en un tweet.
En cambio, nos ha llegado el testimonio directo de Jesús a través de la Iglesia. Por eso, cuando vuelve Tomás a la Iglesia, a la comunidad cristiana, se encuentra con el Señor. Nosotros somos los que nos hemos encontrado con el Señor en el testimonio de la Iglesia, de la comunidad cristiana, de otros en los que hemos visto reconocibles el testimonio de Jesús. Nos han llevado desde nuestros padres, catequistas, amigos, a encontrarnos con el Señor.
Queridos hermanos, vivamos este sentido eclesial de la fe. Vivamos esto. Y nosotros también, como repite después el apóstol Pedro, en la lectura que ha sido proclamada, nosotros sin haberlo visto lo amamos y sin haberlo conocido creemos en él. Esta es la grandeza de la fe cristiana en el testimonio eclesial. Esa Iglesia que quiere ser como la de los primeros tiempos.
Por eso, en la Pascua, vamos a escuchar permanentemente la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, que, como hoy nos ha relatado, vivían esa fraternidad, vivían en la doctrina de los apóstoles, vivían en la fracción del pan de la Eucaristía, vivían ese sentido de hermandad que tanto necesitamos en la unidad de los cristianos, en el testimonio vivo para que el mundo crea.
Vamos a pedírselo a la Virgen, Madre de la Iglesia, Madre del Resucitado. Que Ella nos ayude a dar testimonio del Señor Jesús, para que el mundo crea y reconozcan los demás en nosotros ese testimonio por el amor mutuo.
Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
12 de abril de 2024
S.A.I Catedral de Granada
