Homilía del arzobispo de Granada, D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en el Domingo de Resurrección, en la Catedral, el 5 de abril de 2026, presidida por la Sagrada Imagen en su rama infantil del Dulce Nombre de Jesús (Los Facundillos).
Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes;
diácono, seminaristas;
queridos miembros de la vida consagrada;
queridos hermanos y hermanas;
queridos niños y los padres que los acompañáis:
¡Feliz Pascua de Resurrección, de nuevo! ¡Cristo ha resucitado! Es la gran noticia cristiana que resuena desde hace dos mil años.
Es el anuncio de los discípulos de Jesús, que, generación tras generación, nos hacemos eco de los primeros apóstoles, de los primeros discípulos de Jesús. Nos hacemos eco y no decimos otra cosa que lo que Pedro anuncia como cabeza de la Iglesia, que como aquellos también nosotros hemos visto y hemos creído.
Queridos hermanos, los cristianos no seguimos a un muerto ilustre. No seguimos a un personaje que se nos pierde en la noche de los tiempos. No seguimos a nadie que está enterrado en algún lado. Seguimos a alguien y damos nuestra vida por él y, sobre todo, damos testimonio de que es el Hijo de Dios, que se ha encarnado, que nos ha mostrado el amor misericordioso de Dios, que nos ha traído palabras de vida eterna y nos ha mostrado el verdadero rostro de Dios.
Nos ha dejado su Palabra. Nos ha dejado su Evangelio, su Buena Noticia. Hemos visto los signos y hemos creído. Le hemos visto andar por nuestros caminos, sufrir con los hombres y mujeres. Le hemos visto ser uno de nosotros menos en el pecado. Cristo, el Hijo de María, el Carpintero de Nazaret, el Nazareno, el que ha sufrido la Pasión, el que ha sido crucificado entre los malhechores.
Cristo ha resucitado. Ha vencido al pecado y a la muerte y se ha convertido para el ser humano en su auténtica vocación, en la plenitud a la que está llamado el ser humano. Esa plenitud que rompe el techo de la muerte, que da razón al anhelo permanente de la humanidad, de la vida eterna, de la vida para siempre.
Cristo el Señor, es el Señor de nuestras vidas, es el Alfa y la Omega, como dice la propia Sagrada Escritura. Es el que ha sido crucificado, pero ha vencido. Es nuestro Señor, el Señor de la Historia, al que nos encaminamos, pero que también está presente en medio de nosotros. “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, nos ha dicho. Ese Jesús que se ha ido junto al Padre, que está sentado a la derecha del Padre, como confesamos. Ese Jesús, el Hijo de María, que tiene nuestra naturaleza humana, sumida y unida a su naturaleza divina en su Persona divina. Ese Cristo es el Señor. Es hombre verdadero, igual a nosotros, y por eso entiende de nuestros sufrimientos, de nuestras angustias, de nuestros dolores, de nuestras dificultades, de nuestros cansancios.
Por eso es solidario con el ser humano. Por eso nos entiende tan bien. Pero, al mismo tiempo, es la plenitud de lo que estamos llamados a ser, hijos en el Hijo, coherederos con Él de la Gloria, porque en Él hemos sido nosotros también hechos partícipes de la vida divina, de ese viejo sueño adamítico, de ese viejo sueño de nuestros primeros padres. Y es a esa plenitud a la que nos encaminamos y que ya se nos ha dado anticipadamente, aquí.
Luego, la Resurrección, queridos amigos, no es algo marginal en el cristianismo. No es un artículo más en el credo que confesamos. Es algo esencial. Nos dice San Pablo que, si los muertos no resucitan, Cristo tampoco ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, somos los más tontos de los hombres. Nuestra predicación sería vana, sería un engaño. Los cristianos no seguimos una ilusión. Los cristianos no practicamos un opio del pueblo para contentarnos de los sufrimientos y aguantar, sino que la Resurrección de Cristo nos ha dado el sentido pleno de la vida, que hace que la muerte no sea el final; que nuestros seres queridos no sólo pervivan en la memoria, sino también si han seguido al Señor y han vivido coherentemente, con aquel que ha dicho “Yo soy la Resurrección y la vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”, nosotros por eso mantenemos la esperanza, por eso la vida merece la pena ser vivida, la entrega y el sacrificio esperamos su fruto. Por eso, nos desvivimos en nuestra vida para llegar a esa plenitud. Por eso sabemos que la muerte no es el final, sino que es el paso doloroso ciertamente hacia la Vida con mayúscula.
La Resurrección de Cristo es la garantía, es lo que sella nuestra esperanza, es lo que nos da ánimo en los momentos de dificultad, es lo que nos da fuerza en los momentos de debilidad, es lo que hace secar nuestras lágrimas cuando sentimos el golpazo de la muerte en los seres queridos, en los más cercanos aquellos a los que estamos unidos por la sangre, la amistad y la estima.
Queridos amigos, la Resurrección de Cristo es ya la nuestra. Por eso vivimos la alegría de la Pascua. Por eso el cristianismo pervive y pervivirá hasta el final de los tiempos. “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
Con esta confianza, vamos a pedirle al Señor que nuestra fe no se debilite; que nuestra esperanza nos dé fuerza en la lucha de cada día, que estamos llamados a vivir de una manera nueva, a transformar el mundo, a no quedar nuestra fe en la Resurrección en nuestra cabeza sin que sea operativa en nuestra existencia de cada día, como nos ha invitado el apóstol diciéndonos que busquemos los bienes de ahí arriba, que levantemos el vuelo, que no nos quedemos solos en las cosas materiales, en el que “comamos y bebamos, que mañana moriremos”, “en el apaga y vámonos”. No bebamos, queridos amigos, solo de tejas para abajo. No busquemos solo esos medios de vida necesarios, claro que sí, para nosotros y para los demás, sin que nadie se quede atrás.
Pero, busquemos y no cerremos el techo a una plenitud a la que estamos llamados, a una esperanza que no es algo iluso, sino que Cristo ha resucitado, su sepulcro está vacío, los testigos lo han visto, dichosos los que creen sin haber visto, nosotros hemos creído por el testimonio de otros.
Queridos amigos, en este día de alegría, pidamos al Señor que da la paz a sus discípulos con su saludo, que dé la paz también a nuestro mundo. Esa paz que nace de su victoria, que es la victoria del bien, la victoria de la misericordia, la victoria del Dios de la vida y de la paz.
Pidamos esa paz para nuestro mundo. Demos a nuestros niños un mundo mejor, donde las armas, donde los odios, donde las divisiones queden superadas. Pidámosle al Señor de la vida y Señor de la paz a Cristo Resucitado que no haya locos que nos lleven a las guerras y al enfrentamiento; que no busquemos los intereses partidistas, sino el bien común de una humanidad que quiere progresar, de una humanidad que espera también ella la victoria que ha conseguido Cristo, cabeza de la nueva humanidad, Dios y Señor nuestro.
Que Santa María a la que felicitamos, que Ella nos ayude y, como le dice el pueblo cristiano, “nos haga dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo”.
Amén.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
Catedral de Granada
5 de abril de 2026
