Comentario bíblico al Evangelio en el Domingo de ramos, el 29 de marzo de 2026, realizado por el Secretariado diocesano de Pastoral Bíblica.
Prácticamente sin darnos cuenta hemos llegado al Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, un domingo que dirige nuestra mirada de manera inexorable hacia el Triduo Pascual. La liturgia de esta celebración consta de dos partes: la procesión de ramos y la Eucaristía, formando ambos elementos un anticipo de todo lo que va a suceder en los próximos días.
En el evangelio de la procesión, el evangelista Mateo relata qué ocurrió aquel día: Jesús entra en la ciudad montado a lomos de un borrico, y la gente que estaba en Jerusalén lo recibió aclamándolo con ramas de olivo y palmas. Todo esto sucedió “para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta” (Mt 21, 4). Es una procesión festiva la que se ha formado, y en ella, aunque muchos se preguntan “¿Quién es este?”, muchos otros comprenden el signo y reconocen a Jesús como al profeta enviado por Dios al gritar: “Bendito el que viene en nombre del Señor” (Mt 21, 9).
El profeta Isaías, por su parte, nos ofrece el tercer cántico del Siervo, donde vemos cómo este personaje misterioso, que nosotros identificamos con Jesús de Nazaret, pone ya de manifiesto la actitud que el Señor tendrá a lo largo de su pasión, es decir, la confianza en la tribulación: “El Señor Dios me ayuda; por eso no sentía los ultrajes” (Is 50, 7).
El salmo, por su parte, se convertirá también en una profecía de este momento tan crucial, subrayando esa misma confianza (“pero tú, Señor, no te quedes lejos, fuerza mía, ven corriendo a ayudarme”, Sal 21, 20), aunque al inicio pareciera más bien lo contrario: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 21, 2). Este es un salmo que, como lOs buenos libros, hay que leer hasta el final para poder comprender en profundidad lo que nos está diciendo.
La segunda lectura, de la carta a los Filipenses, nos transmite un precioso himno que los primeros cristianos tenían y en el que se resume, de una forma magnífica, el misterio que en pocos días celebraremos de manera particular. En él vemos como la pasión de Jesús no es un mero accidente ni la acumulación de trágicas circunstancias que truncaron su misión, sino más bien cómo la entrega de Jesús, a través de la muerte, ha sido llevada a cabo para cumplir las antiguas profecías y mostrar aquello mismo que él dijo “nadie me quita la vida, sino que yo soy quien la entrego libremente” (Jn 10,18).
Por su parte, el evangelio que se proclama en esta celebración el relato de la Pasión según san Mateo, como corresponde al ciclo litúrgico en curso. Tal y como es propio en este evangelista, el largo fragmento de la pasión de Jesús pone de manifiesto, a través de innumerables citas del Antiguo Testamento, que Jesús es el cumplimiento de la Escritura; en él alcanzan plenitud y realización las profecías sobre el Mesías y su entrega redentora.
Su narración comienza en la última cena y culminará en el sepulcro que José de Arimatea ofrece para Jesús; entre tanto, el evangelista da testimonio de los continuos ultrajes y vilipendios de las autoridades judías, así como del suicidio de Judas y de los fenómenos naturales tan espectaculares que suceden a la muerte del Nazareno.
LA PALABRA HOY
Nos dice el evangelista que Jesús, “antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1); resuenan, a la luz de estas palabras, aquellas otras del más bello cantar del Antiguo Testamento, palabras llenas de verdad y de esperanza: “es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos” (Ct 8, 6-7).
Verdaderamente, en nuestro día a día todos experimentamos dolor, sufrimientos, injusticias, y un sinfín de situaciones que no conseguimos entender, como tampoco podemos entender los pormenores de la Pasión; pero Jesús no pretende que entendamos, sino más bien que vivamos eso que nos acontece como una oportunidad de unirnos a su pasión salvadora para que, a través de la comunión de los santos, podamos llevar a cumplimiento el mayor de sus anhelos, ya que Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4).
Esta celebración debe ayudarnos a caer en la cuenta de que Dios no improvisa, tiene un plan, desea que nuestra historia sea verdaderamente historia de salvación. Él que es Padre, quiere devolvernos a sus hijos la posibilidad de volver a Él, de sentarnos a su mesa, de ver en el rostro de nuestros hermanos más necesitados, despreciados y sufrientes, la carne de su Hijo; para que, con la fuerza del Espíritu Santo, podamos consolar y sanar, tender la mano y levantar, anunciar sin descanso la esperanza de la vida eterna.
Jesús no solo entró en Jerusalén, sino que entró en la ciudad celeste a través de su pasión, abriéndonos paso, convirtiéndose en pontífice, es decir, en puente que conecta este mundo con el reino de los cielos. Alfombremos nosotros el paso del Salvador con nuestras vidas, para que, pasando Cristo por ellas, pueda convertirlas en una alabanza agradable a sus ojos y nosotros podamos gritar, llenos de alegría: “Hosanna al Hijo de David” (Mt 21, 9).
Moisés Fernández Martín, presbítero diocesano
