Mons. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, dirige su Mensaje a todos los fieles y personas de buena voluntad al inicio del nuevo tiempo litúrgico.
Un cordial saludo.
Desde el miércoles de ceniza estamos en tiempo de Cuaresma. Como saben, es tiempo de renovación, de ponernos a tono en nuestra vida cristiana. Es una oportunidad más que nos ofrece Dios, para recomponer la vida; la vida de bautizados, que estropeamos con la rutina de nuestra existencia, con nuestras miserias, con nuestras debilidades y defectos.
El Papa León XIV nos pide en su mensaje para la Cuaresma de este año que sea un tiempo de conversión, de vuelta a Dios mediante la escucha más intensa de la Palabra de Dios, de la Biblia, y hacerlo con la oración, el ayuno y la abstinencia, no sólo material, sino también de tantas cosas que nos apartan de Dios y de los demás y nos hacen daño, lo sabemos, o son superfluas, podemos prescindir de ellas. También nos invita a caminar juntos como cristianos, dejar a un lado el individualismo en nuestra vida, atener a las necesidades de los más pobres, a verlos porque realmente están en nuestro lado, y lejos también, de los enfermos, a preocuparnos de los demás, en definitiva, y superar la polarización a la que asistimos en nuestra sociedad.
En definitiva, es una puesta a punto cristiana. Tenemos que pasar lo que yo llamo la “ITV de Dios”. Restaurar nuestro ser cristiano: eso es la Cuaresma. Como señala el Salmo 80 con la petición “¡oh Dios, restáuranos. Qué brille Tu rostro y nos salve”. Me fijo en esta última imagen de la restauración, de los restauradores, la de las tareas artísticas que se dedican a esto y la aplico a la Cuaresma y se lo explico a ustedes. Verán, al caer en mis manos un catálogo de obras de arte, muchas de ellas de famosos autores que se hacen con motivo de las exposiciones y de autores granadinos, aparecía en él también descrito, el minucioso trabajo por el proceso que se había seguido para restaurar algunos de los cuadros que allí se exponían. Parecía imposible, un auténtico milagro haber conseguido que, del deterioro tan grande en el que se encontraban algunos de estos cuadros, los restauradores hubieran podido sacar de nuevo a la luz los colores, los tonos, las figuras que estaban ocultados por capas y capas de humo, suciedad, que el paso inexorable del tiempo, cuando no el atrevimiento de algún inculto, ha seguido acumulando en esta obra de arte.
Incluso, en algunos de ellos aparecen elementos nuevos que están allí, que sorprenden incluso a quien había traído a restaurarlo, y estaban enmascarados tras la suciedad. También eran regenerados trozos de lienzo que habían sido rasgados. Y lo mismo podríamos decir del ejemplo más evidente para Granada y que la vemos en nuestra bella ciudad, la de la restauración de nuestra magnífica torre, la de nuestra catedral, que ya vamos contemplando y que será un orgullo también para nosotros. Algo parecido hace Dios en la vida de cada uno.
En la Cuaresma nos restaura, nos recupera la imagen de Cristo impresa en nosotros por el bautismo, como decían los Padres de la iglesia. Toda persona es por el hecho de ser imagen y semejanza de Dios, como nos dice la Biblia, algo grande. En ello radica nuestra inmensa dignidad. Esta imagen la desdibujamos, la oscurecemos, la manchamos o deterioramos cuando nos apartamos de Dios, nos enfrentamos con los demás por el pecado, cuando atentamos contra los otros en los que Él también se refleja.
Jesús, nuestro modelo, nos restauró con la Redención hecha de una vez para siempre en el Misterio de la cruz. Nos devolvió la semejanza divina, como se dice en uno de los más bonitos e importantes documentos del Concilio, la constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, dice así, textualmente: “Cristo, nuestro Señor, manifiesta plenamente al hombre, al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación. Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1,15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán, a cada uno de nosotros, la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la naturaleza en Cristo, humana, asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a la dignidad sin igual” (GS 22).
Seguro que, en cada uno de nosotros, en los demás, hay colores maravillosos, composiciones magistrales, trazos únicos, que hemos ido ocultando con el cansancio del vivir, cuando no con el barro que provoca nuestro caminar, con los contratiempos, con los golpes que hemos recibido, incluso por las faenas que como auténticas puñaladas nos han roto el alma y nos hacen desconfiar de todos, de los demás. Seguro que hay en nosotros facetas de cristiano, de persona, de bien, de alguien maravilloso, que estuvieran más a la luz hace años y que se han ido oscureciendo, se han ido tapando, incluso manchando, pero que añoras recuperarlas.
Están ahí, queridos amigos. Y yo les pediría que recuperen todas las cosas buenas que tienen, como personas y como cristianos, fundamentalmente esa imagen de Cristo que somos. ¿Cómo hacerlo? Por lo pronto, procuren rezar en profundidad, reflexionar, pararse un poco, con confianza, con sinceridad, sin maquillajes que enmascaren nuestra situación. Acudan sin prisa, con humildad y sinceridad de los niños, al Sacramento del perdón, al Sacramento de la penitencia, quizás hace años que no lo hacen, y déjense ayudar por el sacerdote.
Incluso, si tienen más tiempo, acudan algún día, vayan a un retiro espiritual, un retiro de reflexión, o participen en algunas charlas cuaresmales de las que se organizan en nuestras parroquias y cofradías, que aparecen ahí en los carteles, anunciadas. Incluso, si pueden, yo les aconsejo un tratamiento más intensivo, podríamos decir, eficaz, de restauración: que hagan unos ejercicios espirituales. Sí, unos ejercicios, unos días de retiro. Algunos de ellos cambiaron el rumbo de nuestra vida.
Prueben a ver, pero no vayamos por ahí desfigurados, no veamos a los demás desfigurados. Además, cada uno de nosotros, los demás, son una obra de arte única para Dios, pues somos imagen suya. Un respeto entre nosotros.
Les deseo una buena Cuaresma y les dejo mi bendición.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
18 de febrero de 2026
Miércoles de ceniza, Granada
ESCUCHAR MENSAJE CUARESMA 2026
