Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en la Eucaristía en el día de la fiesta litúrgica del beato Fray Leopoldo de Alpandeire, en la parroquia de La Inmaculada, donde está su cripta, el 9 de febrero de 2026.
Querido padre Guardián;
queridos miembros de esta Comunidad de Franciscanos Capuchinos de Granada;
queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos hermanos y hermanas:
Como os decía al comienzo, nos hemos congregado en este santuario para honrar a este santo, al Beato Leopoldo. Él lleva consigo tantas y tantas peticiones ante el Señor. Él llena su alforja de nuestras peticiones. Ahora no reparte bienes materiales, con los que tanto alivió a los más pobres de Granada por sus calles, entrando en las casas y acogiendo la confianza puesta en él, como un verdadero enviado de Dios, para sanar esas heridas del alma, para sanar las necesidades en tantos momentos de dificultad de los más pobres.
Ahora, queridos hermanos y hermanas, él lleva en su alforja el remedio de Dios y el consuelo de Dios, para nuestras necesidades, para nuestros dolores, nuestras enfermedades, nuestras angustias, nuestras dificultades, pero también recoge como una limosna el agradecimiento que en él queremos depositar a Dios, que se sirve de nuestro beato Leopoldo como de un instrumento, como un instrumento sencillo.
¿Qué es lo que atrae en él? ¿Qué es lo que atrae en este fraile? Que nos es cercano en el tiempo, a pesar de haber pasado tantas décadas, es el santo que tenemos más cercano en el tiempo en nuestra Granada, que está también Granada de tantos santos, de grandes hombres y mujeres que han seguido al Señor en una entrega de vida, que han vivido una caridad heroica de desprendimiento y de atención y cariño a los demás, a los enfermos, a los más necesitados.
¿Qué podemos pedir en esta ocasión cada uno de nosotros? Sólo Dios lo sabe, porque venimos cada uno con nuestra vida, con nuestras inquietudes, con nuestras preocupaciones, con nuestras necesidades y, al mismo tiempo, con la confianza y la fe en que hay un intercesor a quien el Señor escucha, porque Él escucha a los sencillos, a los humildes. En cambio, como nos dice la propia Sagrada Escritura, Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes.
Precisamente, queridos hermanos y hermanas, le hemos pedido al Señor que nosotros, al igual que fray Leopoldo, porque los santos no sólo son intercesores, son también patronos, son ese patrón, esa medida, ese modelo a quien queremos imitar. ¿Y en qué podemos imitar a fray Leopoldo? ¿En qué podemos imitarlo cuando han pasado tantas décadas, pero su mensaje, por ser el del Evangelio? Ese Evangelio que ha sido proclamado, ese Evangelio de las bienaventuranzas, ese Evangelio en que Jesús nos habla de la providencia de Dios, ese Evangelio en el que Jesús pide que la sencillez esté a flor de piel y que la pobreza y la humildad vaya con nosotros para traernos la mirada de Dios y la acogida de los hombres. Lo hemos dicho en la oración colecta, la oración oficial del día de san Leopoldo, del beato Leopoldo, y esperamos que un día santo (esperamos que así sea, pero hay que pedir al Señor un milagro. ¿Verdad, padre Alfonso, que tenemos que pedir un milagro? El padre Alfonso tiene muy buena mano en esto de sacar santos adelante. Tiene en su despacho toda una colección de causas que ha sacado adelante y con fray Leopoldo hay que empujar, pero hay que empujar con confianza y pedirle un milagro, pedirle un milagro, pero un milagro que se note y un milagro de lo gordo). Vamos a pedírselo a Él. Él nunca ha negado nada.
¿Qué le hemos pedido hoy a Dios por intercesión del beato Leopoldo? Le hemos pedido que vayamos como él por la senda de la humildad. Y la humildad es la verdad. La humildad, decía eso Santa Teresa de Jesús: la humildad es “vernos como somos, poca cosa”. Él se veía poca cosa. Y, precisamente, porque se veía poca cosa, veía la grandeza de Dios. “Lo muy nada que somos, lo muy mucho que es Dios”, decía Santa Teresa de Jesús. Lo muy nada que somos, para que Jesús sea el que se muestre en nuestra vida.

Lo muy nada que somos en esa humildad que responde en definitiva al querer del Señor sobre nosotros, que nos dice San Pablo, en la Carta de los filipenses, cuando nos invita a tener los sentimientos propios de Cristo. Esos sentimientos y esa identificación con Jesús que vivió san Francisco de Asís, hasta el punto de reflejar en su propio cuerpo las señales de Cristo paciente, de Cristo en la cruz, sus llagas, esas señales de identificación total con el Señor hasta ser una representación viva de Cristo Francisco de Asís. El beato Leopoldo le sigue por ese camino y le sigue por ese camino aprendiendo de Cristo la humildad.
Esa humildad que nos dice San Pablo, precisamente cuando nos aconseja tener los sentimientos de Cristo, que Cristo a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se hizo uno de nosotros al tomar la cruz. Y eso es lo que ha hecho Fray Leopoldo: ser humilde, ser sencillo, ver la verdad de lo que somos. Algo grande, sí, hijos e hijas de Dios, pero, al fin y al cabo, criaturas que estamos en las manos de Dios. La soberbia es el gran enemigo, desde el comienzo de la historia. La soberbia es lo que nos aparta de Dios y nos hace suplantarle en tantas y tantas cosas. En cambio, la humildad nos sitúa en el sitio exacto, en el sitio de sabernos amados y queridos por Dios.
Por lo tanto, la humildad, la pobreza. ¿Y la pobreza, a qué nos lleva? Pues, a usar de los bienes que Dios ha puesto a nuestra disposición, dejando a un lado lo superfluo. La pobreza nos lleva a ser generosos con los demás, a vivir ese desprendimiento de las cosas y no poner el corazón en ella, en este mundo en que hay tantos pobres, en que esa brecha se va acrecentando, donde hay tanta gente a la que tenemos que abrir los ojos del corazón y acoger. Cuando hoy nos debatimos que si migrantes no, que si inmigrantes sí, cerrando el corazón, no pensaría en excluir, no pensaría en rechazar, estaría dispuesto a acoger, a abrazar, a ayudar, a integrar. Pues, eso hemos de hacer nosotros, haciendo de la pobreza una imitación de Cristo. Pero la pobreza no es tacañería, no es pensar en nosotros con codicia: es mirar a los demás y compartir. Compartir entre todos nuestro tiempo, nuestra comprensión, no simplemente dar cosas: darnos a nosotros mismos.
Y lo que hemos pedido también al Señor es imitar de fray Leopoldo, el amor a la cruz. La cruz es la señal del cristiano, decíamos en el catecismo. ¿Cuál es la señal del cristiano? La Santa Cruz. ¿Y por qué es la Santa Cruz la señal del cristiano?, preguntábamos. Porque en ella murió Jesucristo, para redimir a los hombres. Y esa cruz, que preside esta iglesia con Cristo, es la cruz que está en las encrucijadas de nuestra vida, lo queramos o no. Está en el dolor, está en la enfermedad, está en la soledad, está en tantas situaciones, está esa cruz. Por eso, Fray Leopoldo entendía y quería a la gente, porque veía a Cristo crucificado, veía esa extensión de la Pasión de Cristo en los que sufren. Por eso, su cercanía, por eso su mirada, la mirada de Cristo, de un cristiano.
Pues, a eso se nos invita. Y en eso es imitarle, Fray Leopoldo. No nos contentemos, queridos amigos, con venir, besar su tumba, o dejar unas flores, o encender una vela. No nos quedemos simplemente en cumplir una promesa y para usted de contar. Los santos son imitables. Los santos son hermanos y hermanas nuestras, que han compartido nuestra existencia y que ya gozan de la visión de Dios y esperan esa resurrección plena, participando de la victoria de Cristo.
Los santos son nuestros intercesores, pero, son nuestro modelo, queridos amigos. Fray Leopoldo no nos dice que nos metamos a frailes, pero que sí, esto, la humildad, la pobreza, el desprendimiento, el amor a la cruz y por ella la resurrección, es algo que tenemos que adquirir si queremos ser buenos amigos de este fraile tan nuestro y tan querido de Fray Leopoldo. Obras son amores y no buenas razones.
Que la Virgen Santísima, la Divina Pastora, la Inmaculada Concepción nos ayude también, ya que ella es grande, porque, como nos dice, Dios ha mirado su humildad. Pues que mire también nuestro corazón, que sea humilde y sencillo, que sea desprendido y que esté unido a la cruz de Cristo, para participar en su resurrección. Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
Parroquia La Inmaculada (Granada)
9 de febrero de 2026
