Homilía de D. José María Gil Tamayo en la Eucaristía celebrada en la Catedral de Granada en el Domingo de la Palabra de Dios y último día del Octavario de oración por la unidad de los cristianos, y la participación de la Tercera Comunidad de la parroquia de las Angustias con el Camino Neocatecumenal, el 25 de enero de 2026.
Queridos sacerdotes concelebrantes, y un saludo especial al padre Ignacio Rojas, director del Secretariado de Pastoral Bíblica, a don Moisés también, que forma parte del equipo;
también un saludo especial a los dos párrocos: al párroco de la Parroquia de las Angustias y al padre Ángel Agustino Recoleto, de la Parroquia de Santo Tomás de Villanueva;
saludo al equipo itinerante del Camino Neocatecumenal, a sus hermanos y hermanas del Camino Neocatecumenal, especialmente a los miembros de la Tercera Comunidad de las Angustias, que va a vivir este envío y con la meta puesta en la evangelización nueva que estamos llamados, según esa llamada del Señor, todos que hemos escuchado en el Evangelio:
Y todos concitados, queridos amigos, todos también los que nos seguís a través de la televisión, todos concitados, todos llamados a anunciar a Jesucristo, a evangelizar, a proclamar que ha llegado el Reino de Dios, a curar las heridas en la debilidad humana. Es lo que nos cuenta el Evangelio. Este Evangelio de Mateo, que está este año, en el año litúrgico, en el año del ciclo A.
Estamos en el tercer domingo en que la Palabra de Dios ha de ser puesta en una relevancia especial como quiso el Papa Francisco: el amor a la Palabra de Dios. La Palabra de Dios que nos dice la Carta a los hebreos, en su comienzo, “Dios habló de muchas y distintas maneras a nuestros padres por los profetas, en esta etapa final nos ha hablado por su Hijo Jesucristo”: Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne. Él es el centro como nos muestra el Evangelio y venimos recordando en los inicios de este tiempo ordinario. Pero, esa Palabra de Dios ha comenzado en esa historia de la Salvación en la que Dios ha hablado a su pueblo. Dios ha hablado y nos lo muestra en la Sagrada Escritura, esa Revelación de Dios. Y por eso apreciamos la Palabra de Dios. Y el Concilio Vaticano II ha querido darle una fuerza y una importancia especial. La Palabra de Dios es la Biblia. La Biblia no puede estar de decoración en la vida de un cristiano; no puede estar en el mueble de la sala de estar con un libro bonito, y ahí se queda; ni puede ser una cosa de un regalo y la guardamos en la estantería.
La Palabra de Dios tiene que marcar y tiene que ser, como dice la propia Palabra de Dios, “lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro sendero”. La Palabra de Dios nos va dando la respuesta guiada por la Iglesia, que es donde hemos de entender la Palabra de Dios. “Leccio bíblica in cor ecclesia”, dicen los clásicos: la lectura de la Palabra de Dios en el corazón de la Iglesia. Porque es en el seno de la Iglesia, de la comunidad cristiana y antes en el pueblo de Israel, donde ha sido recibida como un don por un pueblo y ese pueblo se continúa en el pueblo de la Nueva Alianza, que es la Iglesia.

Luego, escuchar la Palabra de Dios, rezar con la Palabra de Dios, alabar a Dios con la Palabra de Dios (y en esto, queridos hermanos y hermanas del Camino Neocatecumenal, dais un ejemplo especial y sois un referente para la Iglesia, en la vivencia de esta forma de oración, esta forma de oración bíblica, que tiene que acompasar la vida de toda comunidad cristiana). Esa es la razón por la que se ha establecido el Secretariado de Pastoral Bíblica y ojalá tuviéramos esa formación en la Palabra de Dios, para saber entenderla, para que el Espíritu que viene en nuestra ayuda, que nos ilumina; el Espíritu puede entender también la parte que pone el hombre, que pone el ser humano de conocimiento de ese ambiente, de esa Escritura. Nosotros también (…), que iba camino y le acompaña a Felipe, cuando lee los textos de Isaías, le pregunta a Felipe “de quién se refiere esto” y le explica, o Jesús mismo que sale al paso de los discípulos de Emaús y le fue refiriendo cuanto a Él se decía en la Escritura y cómo el Mesías tenía que padecer… Necesitamos esa ayuda de la Iglesia, para saber entender la Palabra de Dios y como en los primeros discípulos también arda nuestro corazón mientras nos explica la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios que hemos de escucharla en unidad. En unidad. En unidad, por eso la guía del Magisterio de la Iglesia; por eso la guía de quienes tienen que discernir, mediante la gracia de estado de formar parte del Ministerio Ordenado de la Iglesia, hablándolos en el nombre del Señor. El Obispo es Maestro en la Iglesia. Los sacerdotes nos iluminan con su predicación. Y todos, nos dejamos guiar por el Espíritu que es el Maestro interior.
Pero, en esa concordancia de amor a la Palabra de Dios, pidámosle por la unidad de los cristianos, para que todos que confesamos a Jesucristo como el Hijo de Dios hecho hombre, podamos reunirnos en una Iglesia bajo un único Pastor. Esa es la petición de Jesucristo, para que “todos sean uno, para que el mundo crea”.
Pero, queridos hermanos, hemos de empezar por nosotros mismos en el interior de la Iglesia, por no desgarrar la Iglesia. “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? No. Pues, nosotros no podemos. Claro que la diversidad es un don. Claro que el Señor va suscitando carismas en Su Iglesia, para enriquecimiento a lo largo de la historia. Aquí mismo hoy tenemos el Camino Neocatecumenal. Tenemos también un sacerdote trinitario, un sacerdote agustino. Tenemos esa diversidad en la Iglesia y, sobre todo, después del Concilio Vaticano II, con los nuevos movimientos también. La Iglesia está viva y recorre los tiempos, y Dios va dando Su gracia, va subsidiando hombres y mujeres en los que deposita un carisma para el pueblo de Dios, bajo el discernimiento de los pastores de la Iglesia. Y eso es lo que hemos de vivir, en unidad. En unidad en la fe y en unidad en el amor, sin excluirnos, sin recelos, sin envidias, sabiéndonos todos uno: “Que todos sean uno”. “Todo reino dividido contra sí mismo será destruido”, dice la Escritura. Luego, no podemos estar divididos. No podemos esperar a la parusía para la unidad, sino que tenemos que construir. Y eso supone que uno renuncie al accesorio y uno se fija en lo esencial.
Y lo esencial es Cristo. Lo esencial está contenido en el Credo. Y cambiarán formas, pero lo esencial, y lo que nos ha sido transmitido y nos ha sido mostrado por la Iglesia en su doctrina, sin relativismos, sin hacer absolutos de lo que no lo es, porque el Señor es lo importante y es lo esencial en su Iglesia, sus Sacramentos, su doctrina, el Evangelio.
Queridos hermanos, el Señor nos habla hoy de la luz. Nos pone y nos trae la profecía de Isaías, referida a Galilea, Zabulón y Neftalí: “Galilea del mar, tierra de los gentiles, una luz las ha brillado”. Son esas palabras proféticas que se les anuncia al pueblo después de la dominación a Siria, pero que, sobre todo, están pensando en una perspectiva de los tiempos mesiánicos de la llegada de Jesucristo. Y Jesucristo inicia su ministerio público, precisamente, en torno al lago de Galilea, que también conocéis los del Camino Neocatecumenal. Esa tierra de gentiles, esa tierra dentro del pueblo de Israel como más apartada, como más de periferia, frente a la centralidad de Judea y de Jerusalén. Y es ahí donde se dirige Jesucristo. Es ahí donde nos da el Sermón del monte. Es ahí donde elige a sus discípulos.
Es ahí, queridos hermanos y hermanas, vosotros del Camino Neocatecumenal, y me dirijo especialmente con agradecimiento a la Tercera Comunidad, salir de las Angustias (ndr. Parroquia) e ir de nuevo a una comunidad parroquial como es Santo Tomás, para anunciar a Jesucristo, para hacerlo presente con vuestro testimonio, con vuestra vida, con esa apertura y esa colaboración, con ese servicio a la comunidad parroquial como el Papa os pedía y nos pide a todos hoy el apóstol Pablo en la Carta primera a los Corintios.
Queridos amigos, estamos llamados a ser luz del mundo. Vosotros sois la luz del mundo. Jesucristo es la luz del mundo. El que me sigue a mí no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. En la liturgia pascual, todos nos encendemos del cirio pascual que representa a Cristo. En el momento de nuestro bautismo, a nuestros padres y padrinos se les da la vela encendida del cirio, para recibir la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz, que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz.
Y nuestro mundo, y en esto también, queridos hermanos del Camino, el Papa ha alabado también vuestra presencia en las periferias, en los alejados, en los que se han apartado de la Iglesia, para llevar y encender de nuevo la luz de Cristo. La luz, nos ha advertido el Señor, no se enciende para ponerla debajo del celemín, sino en lo alto para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre del Cielo.
Luego, queridos hermanos, tantos motivos tenemos hoy para dar gracias a Dios y, al mismo tiempo, pedir la unidad, y al mismo tiempo, pedir la docilidad y la valoración de la Palabra de Dios. Que oremos con ella. Que la leamos cada día, de tal manera que ese Evangelio, que tengamos todos al menos nuestro Nuevo Testamento, pero, para leerlo, para que realmente ilumine nuestra vida de cada día, para que hablemos de Cristo. Decía san Jerónimo que “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo, no conocer a Cristo”.
Luego, vamos a pedirle esto hoy y vamos a acudir a la Virgen Santísima. Ella es la Madre de la Palabra. Ella albergó la Palabra en su corazón. El Verbo, que es el nombre propio de Cristo, se hizo carne y habitó entre nosotros en sus purísimas entrañas. María nos dice la Sagrada Escritura, guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón. María hace el canto del Magnífico, con trozos de la Sagrada Escritura, como una creyente que conoce la Sagrada Escritura; que conoce el Misterio revelado de Dios. Por eso está en esa sintonía. Ella, limpia de todo pecado, acoge la Palabra y nos la da a nosotros.
Fijaros qué palabras más bonitas para decir que una mujer ha nombrado, ha dado a luz: luz- lumbre. Pues, Ella nos ha dado a luz a Cristo. Nos ha dado a luz, la luz del mundo. Nosotros también somos Zabulón y Neftalí. Nosotros también necesitamos esa luz de Cristo, que es la luz de la fe. Se representa la fe con una venda en los ojos. El Papa Juan Pablo I, en las pocas catequesis y en uno de sus libros, dice que no le gusta esa representación. La fe no va a ciegas. La fe ilumina. La fe nos hace ver con la mirada de Dios nuestra vida, nos hace ver a Dios, nos hace ver a los demás. La fe es mirar con los ojos de Dios y esos ojos son los que nos pone la Palabra. Esos ojos, sobre todo, esa luz es Cristo. Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
Catedral de Granada, 25 de enero de 2026
