Homilía en la misa funeral en sufragio por las víctimas del accidente de tren en Adamuz (Córdoba) del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la catedral el 23 de enero de 2026, con la asistencia de autoridades civiles y militares, y otras representaciones de la sociedad civil, concelebrada por el arzobispo emérito, Mons. Francisco Javier Martínez, y sacerdotes diocesanos.
Querido D. Javier, arzobispo emérito de Granada;
queridos sacerdotes y seminaristas;
querida alcaldesa;
querida consejera de Fomento, Sr. rector, delegado de la Junta de Andalucía, miembros de la subdelegación del Gobierno;
queridos miembros de la Corporación, excelentísima Corporación de Granada;
queridas autoridades nacionales, regionales, locales;
queridos miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado;
queridos miembros de Protección Civil, de Bomberos, de todo lo que supone ese auxilio a las víctimas y en las situaciones de emergencia -gracias, gracias, gracias:
queridos hermanos y hermanas, que, como os decía, os habéis dado cita, a pesar de las inclemencias del tiempo, en nuestra catedral, testigo de tantos acontecimientos gloriosos de Granada, pero también de los momentos de dolor y sufrimiento, en los que ante Dios mostramos nuestra fe, o al menos con el silencio respetuoso, nos solidarizamos y mostramos nuestra cercanía con quienes les padecen:
Nosotros también, como Marta, podemos hacernos la pregunta: “Si hubieras estado aquí, Jesús, no habría muerto mi hermano”. Yo estoy seguro que esta es la pregunta en sus distintas variantes de la gente de fe, pero también de quienes viven en el sentido profundo del humano, como siempre ocurre ante una muerte violenta, ante una catástrofe de estas dimensiones, ante la muerte y el sufrimiento de los inocentes.
¿Por qué? Esa es la pregunta, queridos amigos, queridos hermanos, que las lágrimas no impiden, y es la pregunta que permanentemente exigirá respuestas, respuestas claras y convincentes, para saber lo que ha pasado, lo que pasa y lo que se puede evitar. Las lágrimas, el dolor, no nos impiden las preguntas, porque son constitutivas del ser humano, que es un ser que pregunta, que busca el sentido, que busca la razón de las cosas. Y ese humano, precisamente, porque alberga ese anhelo de eternidad, de vida; ese ser humano que tiene detrás en cada una de sus manifestaciones, en cada una de esas personas, hay un rostro, hay una historia, hay una familia, hay una edad, hay unas vivencias, hay una procedencia; muestra la inquietud, que ante un hecho inesperado que aparece en el camino de su vida ordinaria, en la confianza de que llegará a su destino, en ese itinerario de la vida que todos recorremos, en ese itinerario, en este caso, de la vuelta a casa o de un fin de semana y la reintegración en el trabajo. “¿Por qué, Señor? Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.
Dios tiene un “libro de reclamaciones”, queridos amigos. Si nos acercamos a la Sagrada Escritura, especialmente al libro de Job o a la literatura sapiencial, siempre hay la pregunta. Y la fe viene a dar respuesta. Esa respuesta que calma el corazón. Esa respuesta que para un cristiano está en Jesucristo. Por eso, Marta responde desde la fe judía en el Dios de Israel. “Tu hermano resucitará”, le dice Jesús. Y Marta responde, “ya lo sé. Lo sé de toda la vida, me he criado en esto”. Pero Jesús le dice, “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. ¿Crees esto? Ya no se trata de una pregunta y de una respuesta, sin más. Sino la respuesta de quien se ha definido a sí mismo como el camino, la verdad y la vida.
La respuesta de quien se ha definido a sí mismo como aquel que entrega su vida, para que todos la tengamos, porque Él es la misma vida. Él es el camino, la verdad y la vida. Y comenta san Agustín que es el camino y, al mismo tiempo, es la meta. Que es la verdad que da respuesta a nuestras preguntas. Y el ser humano es el ser que pregunta por esencia. Que es la vida que nos hace salir de nuestras muertes. De nuestras muertes continuas, en el dolor, en el sufrimiento, en la enfermedad, en nuestra debilidad o de la muerte que nos corta y nos ciega la vida. Cristo es la Vida (con mayúscula) la Resurrección.
Queridos hermanos y amigos, la fe viene en ayuda de nuestra debilidad. No nos impide las preguntas, no nos impide las quejas, no nos impide las lágrimas, no nos impide el sufrimiento y no nos impide que esas lágrimas se asocien a las de tantos y tantos que en el corazón y en la mano se solidarizan con quien, en estos días, especialmente en nuestra Andalucía, especialmente en Huelva, están viviendo esta tragedia. Y esto nos muestra, al mismo tiempo, visto no sólo el dolor, no sólo el desgarro, no sólo esas escenas que nos van dando los medios de comunicación de las familias rotas y, sobre todo, el dolor de la incertidumbre de lo que ha pasado con este ser querido que no responde. Nos muestra, también, y aquí quiero fijarme, queridos amigos, ese milagro de un pueblo, esa solidaridad y esa disposición de unión. Que qué pena que la dejemos sólo para los momentos difíciles. Pero esta es la lección que ha dado la gente de Adamuz; que han dado las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado; que han dado los funcionarios; que han dado los servidores públicos; que han dado los servicios sanitarios, que han dado…. Ojalá esto dure.
Y vuelvo a repetir, no nos exime de las preguntas y de las respuestas. No nos exime de la verdad, porque se constituye esa propia verdad en un bálsamo para quienes han perdido a sus seres queridos y en un acto de justicia que, al mismo tiempo, nos evite en el futuro lo que humanamente podemos evitar con la cooperación de todos. Pero esa lección, esa cercanía, esa simpatía, empatía con quien sufre, ese estar dispuesto como pueblo a salir en socorro de quienes más lo necesitan, queridos amigos, es la lección que tenemos que sacar en primer lugar de este acontecimiento, de esta historia que desgarra, de esta realidad que nos ha roto en estos días.

La fe nos va a ayudar y la fe en la resurrección, la fe que nos hace ver la vida no como un absurdo, no como decía un filósofo nihilista: “Somos personajes de una novela idiota”. No, hay un sentido. Tenemos un sentido. Buscamos un sentido. Anhelamos una plenitud. Y esto, la fe nos lo confirma que está en Jesucristo, camino, verdad y vida, meta a la que nos dirigimos. Nosotros hemos conocido el amor de Dios y hemos creído en él. Y ese sentido nos cambia la vida, nos hace ver las circunstancias. Y nos hace ver a Dios no como un cazador furtivo que está esperando el descuido de la pieza para asestarle el golpe. Y nos hace ver la vida como una trama en la que cuando ya estamos preparados el Señor nos lleva con él. La vida de los justos está en las manos de Dios, hemos escuchado.
Vamos a entenderlo así y vamos desde esa fe a pedir por el eterno descanso de quienes han sufrido la muerte. Hoy nos decían que repentina. Mejor así. Que ponga el bálsamo del consuelo, de la solidaridad, de la caridad cristiana en quienes han perdido a sus seres queridos. Que ponga el bálsamo de la verdad y de la transparencia, del buen gobierno. Que permanezca entre nosotros la unión de unos con otros buscando el bien común. No solo en las emergencias, sino en el vivir de cada día, en esa legítima y libre concurrencia de ideas distintas en la búsqueda del bien común.
Queridos amigos, queridos hermanos, esta celebración ya es una manifestación también de cercanía y de solidaridad. Estamos cansados de polarización. Estamos cansados de tirar cada uno del trozo de un interés común partido por los intereses particulares. Busquemos la unidad como bien. Y seremos capaces de cosas grandes. Y aliviaremos el dolor y llenaremos de gozo a nuestro pueblo, que es un pueblo grande. A esos servidores públicos, que lo son más allá del cumplimiento del deber hasta la entrega de la propia vida. Hagamos de ese servicio público una verdadera amistad social, que se traslade a los ciudadanos y a los fieles en la caridad cristiana y la cooperación de unos y otros por la construcción de un mundo mejor. Esta es la lección de Adamuz, de sus habitantes. Esta es la lección que nos deja este acontecimiento triste. Dios sabe escribir derecho en renglones torcidos.
Acudamos a la Virgen. Le escribía al obispo de Huelva, a don Santiago. Le hablaba de la situación de incertidumbre cuando todavía estaban esperándola en una tierra mariana.
Que la Virgen Santísima del Rocío -cuando se peregrina, se habla de las marismas y se habla de las marismas divinas como el lugar de la paz, como el lugar de la concordia, como el cielo- a todos los que han muerto en esa triste desgracia, les haga participar junto a su Hijo, el Divino Pastorcito, de las marismas divinas del Cielo, así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
S.A.I Catedral, 23 de enero de 2026
