Comentario al Evangelio del domingo 4 de enero de 2026, II Domingo de Navidad, realizado por el Secretariado diocesano de Pastoral Bíblica.

El segundo domingo del tiempo de Navidad, cercano a la solemnidad de la Epifanía, vuelve a deleitarnos con las palabras luminosas del prólogo del evangelio de Juan. La liturgia, con su ritmo sereno y orante, nos introduce una vez más en la contemplación del misterio del Verbo hecho carne que ha querido habitar en medio de nosotros. Así lo repetimos en el salmo, dejando que estas palabras, que contienen el núcleo de la fe que confesamos, se posen en nuestro corazón.

ARRAIGUÉ EN UN PUEBLO GLORIOSO

La primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico, nos muestra el elogio que la Sabiduría divina personificada hace de sí misma. Se presenta como mediadora entre Dios y su pueblo, enviada para habitar en medio de él. No actúa desde la distancia, sino que se instala en la historia concreta, acompañando y guiando al pueblo elegido. Dios, en su gratuidad, regala esta Sabiduría a Israel para que aprenda a vivir conforme a su voluntad, y a reconocer en ella el auténtico camino de la vida. De modo particular, la Sabiduría se hace presente en la Ley, entendida esta como enseñanza vital que orienta toda la existencia.

Llama la atención el itinerario en el que la Sabiduría despliega su actividad: el pueblo reunido, la asamblea, Jacob, Israel, la Tienda Santa, Sión, la ciudad amada, Jerusalén, el pueblo glorioso y la heredad del Señor. Cada uno de esos lugares subraya un aspecto de la presencia divina que habita entre los suyos. La lectura de hoy nombra al pueblo de Dios de múltiples maneras para recordarnos que la Sabiduría ha elegido poner su morada allí donde él pueblo vive, ora y camina en fidelidad.

Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS

El himno de la carta a los Efesios nos recuerda que la bendición nos ha llegado por Jesucristo de quien hemos recibido toda gracia espiritual. Al mismo tiempo que damos gracias a Dios por su Sabiduría, que mora en medio de su pueblo, no podemos sino admirarnos nuevamente ante cuanto leemos en el prólogo joánico: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

El Hijo de Dios encarnado comparte la historia humana; es su casa. La casa es el lugar de la acogida, el espacio donde nos desplegamos tal como somos, el hogar donde nacen y se desarrollan los vínculos familiares; el lugar en el que nos interesamos unos por otros y compartimos la vida cotidiana. Es el ámbito privilegiado de nuestra historia personal y familiar donde vamos configurando lo que somos. El Hijo de Dios habita allí donde se desarrolla lo más íntimo y crucial de nuestra vida. Nuestra historia es el escenario donde el Verbo ha manifestado su gloria, el espacio concreto en el que resplandece la fidelidad misericordiosa de Dios.

A lo largo del tiempo de Navidad hemos proclamado y escuchado estos textos en varias ocasiones, hoy en la lectura de la carta a los Efesios se nos invita a transformarlos en súplica. Hagamos nuestras las tres peticiones que leemos: que Dios nos conceda un espíritu de sabiduría y revelación para conocerle profundamente; que ilumine los ojos de nuestro corazón para comprender a qué esperanza nos llama; y que nos haga conscientes de la herencia de gloria que nos tiene reservada.

LA PALABRA HOY

Hacer de la comunidad cristiana una casa es un reto. La Palabra de este domingo nos interpela a poner especial atención en la acogida y el cuidado de quienes se acercan a nuestras iglesias, a través de un saludo personal, conocer a las personas por su nombre, poner interés en los demás, o fomentar un breve momento de encuentro después de las celebraciones. Todo ello es edificar la comunidad. No se trata de grandes programas, sino, más bien, de gestos sencillos que hacen que nos sintamos “en casa”. En esos gestos aparentemente pequeños el Verbo sigue “poniendo su tienda” y la Sabiduría de Dios se hace visible para todos.

Ignacio Rojas Gálvez, osst

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