De “Apuntes desde la fe”, por Mons. José María Gil Tamayo.

Hoy es el domingo más importante del año: el Domingo de Pascua. Celebramos la resurrección de Cristo. Nos relata el Evangelio que “el primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado” (Lc 24, 1-6).

Jesús de Nazaret no es un muerto ilustre que se nos pierde en la noche de los tiempos. “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebr 13, 8). Los cristianos creemos que Jesús vive para siempre. Y en su resurrección nos ha abierto a todos los seres humanos las puertas de la esperanza: saber que, a pesar de nuestros cansancios y dificultades, del materialismo que nos invade y hace que todo nos lo planteemos de tejas para abajo, es posible aspirar a la vida con mayúscula: a la Vida Eterna. “Si hemos muerto con Cristo –nos dice S. Pablo- creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él” (Rom 6, 8-9).

Gracias a Cristo resucitado, la muerte no tiene la última palabra. ¡Qué gran consuelo cuando lloramos y recordamos a nuestros seres queridos que han muerto y por los que oramos a Dios!  Es posible la esperanza en el más allá. Con ella se nos invita a participar del mismo destino de Jesús, armados con esta virtud teologal, por la que, se dice en el Catecismo, “aspiramos al Cielo y a la vida eterna como nuestra felicidad” a la par se “asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres” (nº. 1.817).

Pero, según cantan los datos de las encuestas sociológicas, el personal no está para mucho anhelo y deseo sobrenatural, antes al contrario se ha instalado en la finitud y no quiere saber nada de tejas para arriba, sino profesar el bienestar, estado del que se desea hacer partícipe hasta los muertos. Nos hemos habituado a que no se nos hable del más allá. Parece tema tabú. Cuando se habla de la muerte muchos desvían la atención para señalar mejor el aumento del coste de los servicios funerarios e industrias auxiliares, así como de las modas y modalidades sobre el particular, a gusto del consumidor que no del finado. Muerte, cielo, y la gloria bendita… ni nombrarlos, incluso en la prédica del entierro donde abunda el elogio fúnebre y el consuelo de la feligresía ocasional, escasea, en cambio, esta parte del Credo.

Así está el patio postmoderno. Por citar sólo a los creyentes en Dios, según algunas encuestas sólo un cuarenta por ciento de ellos creen en la vida eterna, porcentaje que aumenta, como es natural, a medida que se es más viejo, por si acaso…

Ciertamente estos datos constituyen una escandalosa contradicción con la fe en el Dios cristiano, pues como también nos recuerda de forma contundente S. Pablo, “si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos?… Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.  Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1Cor 15, 12. 16-20).

Poner en duda o negar la fe en la Vida Eterna, en la resurrección, no deja de tener también consecuencias para la propia existencia terrena, efectos que van desde la pérdida del sentido de la vida hasta el decaimiento de la solidaridad, pasando por la carencia de ilusión y el aumento del miedo a afrontar el futuro con decisiones duraderas. Con este panorama, especialmente presente en nuestra sociedad occidental, nada tiene de extraño que en la Iglesia hemos de empeñarnos en dar la vuelta a esta situación, haciendo de la recuperación de la esperanza, humana y sobrenatural, y de su hermano menor que es el optimismo una tarea prioritaria y urgente.

A los verdaderos creyentes toca hoy especialmente recuperar el artículo final del Credo: Creo en la vida eterna. Amén. El tiempo pascual que iniciado puede ser una ocasión estupenda para ello. ¡Feliz Domingo de Resurrección!

Con mi bendición, les deseo una feliz semana.

+ José María Gil Tamayo