Fecha de publicación: 5 de julio de 2013

 

 

Extracto de la homilía de Mons. Javier Martínez en una de las Eucaristías celebradas en la gruta de las apariciones de Lourdes, en el marco de la V peregrinación diocesana de la Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes de Granada a Lourdes.

El Señor nos ha bendecido, porque hemos creído sin necesidad de aquello de lo que creía una necesidad el apóstol Tomás, tocar con sus manos la carne de Cristo, ver sus llagas, ver que el resucitado era el mismo que él había visto morir sobre la Cruz.

Y sin embargo, no podemos decir, veréis, no hemos visto de la misma manera que el apóstol Tomás, no hemos visto de la misma manera que vio la Virgen, o que vieron aquellos discípulos que compartieron con Jesús su predicación o sus milagros, y fueron testigos de su Resurrección de una manera inmediata, y sin embargo no podemos decir que hayamos creído sin haber visto. Nosotros hemos visto, y hemos visto a Cristo, le hemos visto actuando en su cuerpo, el hecho mismo que estamos celebrando ahora mismo es un signo de que Cristo vive.

Personas que apenas nos conocemos, o que no nos conocemos en absoluto, y sin embargo, a diferencia de lo que sucede en el mundo, cuando quien nos convoca es el Señor, o nos convoca su Madre, se crea una relación inmediatamente, que es la relación entre los miembros del Cuerpo de Cristo, que es una relación de familiaridad, yo diría que más que de familiaridad, porque somos, como decía San Pablo, miembros los unos de los otros. Nadie podemos concebirnos a nosotros mismos aislados de los demás, somos parte de ese Cuerpo al que Cristo le ha entregado su propia vida. Somos hijos de Dios que vivimos en la libertad de los hijos de Dios.

Y podemos decir con certeza que Cristo vive, y no simplemente como una idea que hemos aceptado en nuestro corazón, o una creencia que nosotros tenemos porque somos cristianos y nos ha tocado crecer en una familia cristiana, o en un país cristiano. Tenemos la experiencia de que Cristo vive y la certeza de que Cristo vive, por lo que debemos actuar en la vida de los hombres de una manera que no corresponde a la naturaleza, que sólo corresponde al poder salvador del amor infinito de Dios, y ese es el fundamento de nuestra fe, la experiencia de ver a Cristo generar constantemente, no parar de generar constantemente una humanidad más bella, más auténtica, más verdadera, más correspondiente a los anhelos profundos de amor, de verdad y de bien que hay en nuestro corazón. Y también sabemos que eso no es posible porque cada uno de nosotros lo hemos intentando fabricar miles, cientos de miles de veces, y no somos capaces, y aquello que nosotros no somos capaces de hacer, el Señor la da a sus amigos mientras duerme, sin ningún esfuerzo, como un regalo, como una gracia.

Ese regalo y esa gracia es la fe, un regalo que vale más que la vida, y la experiencia de estos días nos ayuda a comprenderlo también, porque la vida sin el don de la fe, la vida con todas sus fatigas, con sus dolores, con las enfermedades, con el paso del tiempo, con la proximidad de la muerte, sin el don de la fe, nos avocaría inevitablemente, irremediablemente, a vivirla como una tragedia, o a tener que olvidarnos de ella, de todas esas circunstancias difíciles, y del hecho ciertamente de nuestra condición mortal, a tratar de evadirnos y escapar, a base de olvidarnos  de que estamos avocados necesariamente a la muerte. Sólo la fe en Jesucristo nos permite vivir todo sin que ni nuestra esperanza ni nuestra alegría, tentadas muchas veces por el enemigo sin duda ninguna, se destruyan, y que incluso cuando se han destruido, basta volver la mirada al Señor, como el buen ladrón en la Cruz, basta decirle: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”, y sencillamente el corazón se regenera, la alegría renace, el Señor, en el perdón de los pecados,x nos abraza de nuevo y regenera nuestra vida, como el día de nuestro bautismo, sencillamente, y nos hace posible y razonable volver a amar la vida, volver a amarnos a nosotros mismos, humildemente, poder a amar a los demás no como quien busca en ello un escape tampoco, una distracción, sino poder mirar a la humanidad con la misma ternura, con el mismo amor, con la misma delicadeza y con la misma mirada de misericordia con la que el Señor nos mira a cada uno de nosotros. Ese es el don de la fe. (…)

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