El 5 de enero se celebra la festividad de San Juan N. Neumann, obispo de Filadelfia en los Estados Unidos. 

Nacido en 1811 en un pueblo de Bohemia -perteneciente en aquella época al imperio austriaco y, actualmente, a la República Checa -, Juan Nepomuceno Neumann recibió su nombre en recuerdo de un sacerdote mártir, santo patrón de su tierra natal; era un gran legado para un niño pequeño de un pequeño pueblo. El niño era brillante y estudioso. Cursó estudios superiores y posteriormente entró en el seminario de Budweis.

Mientras estaba en el seminario, oyó hablar sobre la necesidad de sacerdotes misioneros para una tierra lejana: los Estados Unidos, un nuevo país con numerosas comunidades de inmigrantes que necesitaban atención espiritual. Una luz se encendió en su corazón y comenzó a aprender inglés por su cuenta.

UN SACERDOTE NORTEAMERICANO

Neumann tenía que ser ordenado sacerdote por la diócesis de Budweis, pero su ordenación se retrasó porque Budweis contaba con más sacerdotes de los necesarios. Así, comenzó a perseguir con ardor su sueño de trabajar como misionero en los Estados Unidos. En 1836, con poco dinero y sin una idea clara sobre qué diócesis lo aceptaría, Juan Nepomuceno se despidió de su hermana y partió. No tuvo valor para despedirse de su madre, que estaba profundamente entristecida por su deseo de establecerse en América.

Neumann desembarcó en Staten Island, Nueva York, con un dólar en el bolsillo y pocas ropas. El obispo de Nueva York había oído hablar de él, y, apenas se aseguró de su rigurosa educación en el seminario, decidió ordenarlo rápidamente. En lugar de ser un sacerdote bohemio “en préstamo” para las misiones, Newmann sería un sacerdote de este nuevo país, incardinado en una diócesis que comprendía todo el estado de Nueva York y parte del de Nueva Jersey, con 36 sacerdotes para 200.000 católicos. Fue ordenado subdiácono, diácono y sacerdote todo en la misma semana, y enviado a una parroquia que se extendía desde el lago Ontario hasta Pensilvania.

El nuevo sacerdote se lanzó a su misión, viajando a caballo, en carro o a pie para llegar hasta los fieles de los lugares más remotos y celebrar la Misa en casa de la gente cuando no había una iglesia cerca. “Solo un sacerdote pobre, capaz de soportar las penurias, puede trabajar aquí”, escribió.

UN OBISPO CON CORAZÓN PARA LA GENTE

En 1842, el P. Neumann se unió a los Padres Redentoristas, convirtiéndose así en su primera vocación americana. En 1848 obtuvo la ciudadanía estadounidense. En 1852, fue nombrado obispo de Filadelfia, la mayor diócesis del país. La ciudad, en la que se originó la revolución americana, era un centro industrial que atraía a inmigrantes católicos pobres procedentes de Alemania e Irlanda, y, más tarde, de Italia y Europa del Este. No era un lugar tranquilo. Una parte de la población estaba en contra de los recién llegados, y con frecuencia se producían disturbios anticatólicos. Los católicos eran a menudo pobres, desprovistos de servicios sociales y discriminados.

El obispo fue pobre con ellos. Durante toda su vida en Estados Unidos, poseyó un solo par de botas, comió y durmió poco, y siguió viajando con los medios de transporte más rudimentarios para llegar a todos sus fieles. Aprendió sus idiomas para poder escuchar las confesiones no solo de quienes hablaban alemán, sino también de los italianos, españoles, holandeses e incluso de los irlandeses que hablaban gaélico. Una mujer irlandesa, después de oírle hablar en gaélico comentó: “¿No es maravilloso que tengamos un obispo irlandés?”.

El incansable obispo también se preocupó por la educación de su pueblo. Cuando llegó a Filadelfia, la ciudad tenía una escuela parroquial. Al final de su episcopado, contaba con 200 escuelas, que formaron el primer sistema escolar diocesano del país.

Neumann se consumió totalmente por amor a su gente. El 5 de enero de 1860, sufrió un repentino colapso mientras caminaba por la calle y murió; tenía 48 años. En los relativamente pocos años que pasó en su nuevo país, el joven obispo de Bohemia había llegado a ser como un padre para cientos de miles de personas. Fue un sacerdote pobre sin miedo a las penalidades, que contribuyó en gran medida a la construcción de la Iglesia de Dios.