Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada infinitamente de Jesucristo;
querido sacerdote concelebrante, seminaristas, acólitos;
queridos hermanos y amigos;
queridos cantores, que venís a ayudarnos a vivir mejor esta Eucaristía:

Yo os voy a invitar a que miréis al templete de plata que hay encima del Santísimo y en la imagen más alta, en el punto más alto del templete, hay una imagen humana que tiene una cruz en la mano, un cáliz en la otra y los ojos vendados. Es una representación típicamente moderna de la fe con los ojos vendados, con la Eucaristía como el misterio central de nuestra fe, subrayando su carácter misterioso, y con la cruz subrayando también la dimensión de dolor que tiene el Acontecimiento de Cristo y que tiene nuestra vida cristiana también.

Digo que es una imagen típicamente moderna y que, cuando eso se convierte en eslóganes, en frases más o menos vulgares, la tenemos tan metida en nuestro ADN que determina casi la cultura en la que vivimos y nuestro modo de ser cristianos. Yo oí, una vez hace años, a una persona que sé que es un cristiano de corazón, de alma y de vida, y en su vida concreta la manifiesta de mil maneras, hacer este comentario: “Eso, como es más difícil y más duro, tendrá que ser más cristiano”. Era en una especie de oración comunitaria. La paré y dije: “No, verás, la cruz está en nuestra experiencia cristiana como está en la experiencia del Señor, pero no porque somos cristianos, sino porque somos humanos”. Si a algo viene el Señor es a ayudarnos a vivir la cruz sin que perdamos la alegría, porque Él ya ha cargado con la cruz por nosotros. De hecho, a lo largo de los siglos cristianos, se pintaba muchas veces al Señor crucificado vestido de rey y con una corona en la cabeza. Él, vencedor del pecado y de la muerte, subrayaba de manera especial el carácter de sufrimiento que tiene la vida humana.

“Tener fe es creer lo que no vemos”. Mentira. Soy consciente de que hay aspectos de la fe que suponen un salto al Misterio, pero esa imagen de la fe hace que pensemos que, si nos quitamos la venda, entonces vemos las cosas como son, que todo lo que queda, que no es la fe, está sometido a la razón y, por lo tanto, lo comprendemos, lo dominamos de algún modo, lo controlamos. Es la fe lo que se ocupa de lo invisible. Mentira. Toda esa imagen ha generado nuestra cultura atea. Primero, porque la fe no es una ceguera, sino una luz. Lo que es ceguera es no tenerla. Lo que es ceguera es tener que estar condenados a quedarnos sólo con la apariencia del mundo, con la apariencia de las cosas. Lo que nos hace estar ciegos es no comprender el secreto último de la realidad, que es misteriosa, claro, pero es luminosa. El fondo de la realidad es, para quienes hemos conocido a Jesucristo, una luz preciosa que nos permite vivir la vida con los ojos abiertos; mirar a la muerte de frente sin que pueda con nuestra esperanza.

“¿Dónde está muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?”. El pueblo cristiano es un pueblo que vive con los ojos abiertos. El pueblo cristiano es un pueblo que no vive con el miedo de las circunstancias. Porque Cristo ha vencido al mal. Cristo ha vencido al pecado. Cristo se ha abrazado a nuestra humanidad pecadora con un abrazo de amor que es infinitamente más poderoso, y ese amor ilumina a nuestras vidas, ilumina la realidad del mundo. Entonces, es mentira que la fe sea una venda en los ojos.

La última encíclica del Papa Benedicto XVI (o, si queréis, la primera del Papa Francisco, porque Benedicto XVI la tenía ya escrita y el Papa Francisco simplemente completó el primero y último párrafo y la firmó) se titula así, “La luz de la fe”. La fe nos permite no saber más cosas sobre la energía atómica, no saber más cosas sobre el ADN, sobre el genoma humano, sobre la composición química de los minerales o el origen de los volcanes. La fe nos permite algo mucho más grande y más importante que todo eso. ¿Quiénes somos? ¿Qué significado tiene nuestra vida? ¿Qué es vivir? ¿Qué es morir? Y cómo el secreto último de la realidad es un Dios que es Amor y que hace que podamos percibir todo, todas las realidades, desde las piedras del suelo de esta catedral, hasta las piedras de las montañas, las estrellas, las galaxias… hasta el volar de un insecto, como un regalo, como un don, porque Dios es Amor. Y la fe nos permite vivir la vida sabiendo que todo es don, que todo es Gracia. Y cuando eso no se da, entonces, la vida queda reducida a lo que también en el mundo moderno se llama razón. La palabra razón es una palabra raquítica, porque significa cálculo y, por lo tanto, sólo puede aplicarse a las medidas de las cosas, no a su ser. Es mucho más interesante la palabra que usaban los filósofos anteriores a la modernidad: inteligencia. Inteligencia se deriva de una palabra latina que significa “leer dentro” (“intus-legere”), y poder leer dentro de las cosas, poder comprender su sentido, su relación y, sobre todo, poder comprender el significado de nuestra vida, de nuestra humanidad, nuestro destino… Eso es lo que más necesitamos y, cuando no tenemos eso, como pasa cuando hemos quitado la fe, porque la fe es para esas cosas que son del otro mundo y que no tienen que ver con esta vida, ¿en qué manos queda esta vida? En la de los poderosos, en la de los que tienen poder y dinero. Eso termina destruyéndonos a nosotros mismos y no pongo más que un ejemplo que es obvio y que lo tenemos todos delante de nuestros ojos que es la guerra de Ucrania. Destruyéndonos a nosotros mismos y destruyendo hasta el mundo en que vivimos, porque lo más importante sea del poder.

Perdonadme esta especie de reflexión, pero me parece que pone en luz el Evangelio de hoy. Era un ciego de nacimiento, como nosotros Yo os decía el domingo pasado: “Nosotros somos todos la samaritana”, que nos morimos de sed, de sed de Tu amor y que Tú te revelaste a ella sin que ella Te buscase, nosotros que tantas veces no te buscamos, Señor, revélate a nosotros. Pero te revelaste también al ciego de nacimiento a quien curaste la vista. Y la curaste de una manera muy rara, porque eso de poner barro en los ojos no es lo que le pueda a uno ayudar a ver. Lo digo también porque, como todo en el Evangelio tiene significado, nosotros vemos a veces que las cosas que nos hacen difícil la vida, Le pedimos al Señor que nos las quite. Y no, lo que tenemos que pedirLe es “Señor, que vea”, porque Tú estás en todas las cosas. Y le dio la vista y algo mucho más importante: la luz de la fe. Al final de un proceso donde él dice, al principio, “yo no sé quien me ha dado la vista”; y los judíos le dicen, “pues, no puede ser un hombre de Dios, porque hace estas cosas en sábado”. Eso es también otra enseñanza y es que la fe no son ideas, es una experiencia.

El ciego de nacimiento se agarraba cuando le decían “no es posible que a un pecador le hayan dado la vista”. Y él dice, “yo no sé si es pecador o no, yo sólo sé que antes estaba ciego y ahora veo”. El testimonio cristiano es eso. No es ser más buenos que los demás. Es poder decir: “Yo sólo sé que antes estaba ciego y ahora veo”. Eso es duro como una montaña. No hay quien lo mueva. “Yo sólo sé que estaba ciego y ahora veo”. Le abre los ojos, le da el don de la fe y le permite conocer al Señor, que es el comienzo de la vida eterna. Conocer a Dios y que Dios es Amor. Y que Jesucristo es ese amor de Dios hecho compañero, carne. Muchos vais a comulgar. El Hijo de Dios se hace carne vuestra y vosotros lleváis al Hijo de Dios, lleváis el Espíritu de Dios en vosotros por llevar a Cristo. Sois Cristo en medio del mundo. Sois la luz de Cristo en medio del mundo.

Señor, tenemos fe. Si no, no estaríamos aquí. Pero, como te dijo aquel centurión, “aumenta nuestra fe”, y que podamos ser luz en medio de este mundo que está tan a oscuras. Una lucecita pequeña. También David era el más pequeño de los hijos de Jesé, que ni siquiera su padre se lo presentó. Es un muchacho, que está con las cabras por el monte y le dijo “tráemelo”. Ese fue el que fue rey de Israel. Vosotros sois un pueblo de reyes, porque tenéis al Hijo de Dios en vuestra carne; porque Le recibís y Le recibís en vuestro cuerpo, como lo recibió la Virgen, y para darlo al mundo, como lo dio la Virgen.

Señor, aumenta nuestra fe.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

27 de marzo de 2022
S.I Catedral de Granada

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