Fecha de publicación: 24 de febrero de 2022

El arzobispo Sviatoslav Shevchuk, cabeza de la Iglesia Greco-Católica de Ucrania, debía participar hoy en un encuentro de obispos y alcaldes del Mediterráneo, en Florencia. Ante la amenaza de una invasión inminente de su país, ayer decidió permanecer en Kiev junto a su pueblo, en vigilia y en oración por la paz. De nada han servido las dramáticas admoniciones del Papa, reiteradas ayer una vez más durante la Audiencia General, pidiendo a los responsables políticos que hicieran un serio examen de conciencia delante de Dios. Francisco pidió a las partes implicadas que se abstuvieran “de toda acción que provoque aún más sufrimiento a las poblaciones, desestabilizando la convivencia entre las naciones y desacreditando el derecho internacional”. Sus palabras, como las de otros pontífices en tiempos no tan lejanos, han sido desoídas, y esta madrugada el ejército ruso ha iniciado la guerra contra Ucrania.

El mundo afronta de nuevo lo que el Papa ha denominado “la locura de la guerra”. Los análisis y las respuestas políticas son necesarios para defender un orden de convivencia basado en la Justicia y el Derecho, pero la convocatoria de una jornada de ayuno y de oración por la paz, planteada por el Papa para el próximo miércoles, coincidiendo con el inicio de la Cuaresma, resulta aún más apremiante una vez que las armas han comenzado a hablar. Secundar este gesto que nos propone el Sucesor de Pedro es lo más inteligente, incluso lo más eficaz que la mayoría de nosotros puede hacer. Pediremos por los que estos días mueren, por los que viven aterrados, por los que tendrán que abandonar sus hogares. Pediremos la luz para los gobernantes. Pediremos la fuerza del perdón y de la reconstrucción, al Dios “que es Padre de todos, no solo de algunos, que nos quiere hermanos y no enemigos”.

José Luis Restán 
Director Editorial de COPE