Caterina Cittadini nace en Bérgamo el 28 de septiembre de 1801. Cuando cumple 7 años su vida pega un giro drástico, al quedar huérfana de madre y ser abandonada por su padre. Caterina junto a su hermana Judit son acogidas en un orfanatorio del Conventino de Bergamo. Bajo la guía del prior Padre Giuseppe Brena, vive una intensa vida cristiana, que contribuye a formar en ella una fe sólida, una profunda confianza con el Señor, una caridad activa, una tierna devoción a la Virgen Maria, un gran sentido de responsabilidad y de laboriosidad en orden al desenvolvimiento del propio deber.

Después de haber conseguido el diploma de maestra elemental, en 1823 deja el Conventino para transladarse con su hermana a casa de sus primos sacerdotes Giovanni y Antonio Cittadini que habitaban en Calolzio, Parroquia de la Diócesis de Bérgamo. Caterina empieza a trabajar como maestra en la escuela comunal femenina de Somasca. Con su hermana Judit madura el deseo de entrar en una Congregación religiosa.

En 1826 juntamente a su hermana Judit, se traslada definitivamente a Somasca en una casa tomada en alquiler. En el octubre del mismo año compra un inmueble que, sistematizado y ampliado con ulteriores adquisiciones, será sede de un colegio de niñas y seguidamente del Instituto religioso de las hermanas Ursulinas.

Caterina desenvuelve su tarea con tal fervor y empeño de alcanzar siempre el máximo elogio de las autoridades y el unánime consenso de la población. La atención hacia los más necesitados y los más pobres, la puerta a extender, no sin grandes sacrificios de todo tipo, su obra benéfica a niñas huérfanas o imposibilitadas a frecuentar la escuela comunal o provenientes de lugares lejanos. Nace así en el 1832 la escuela privada “Cittadini” y en el 1836 el Colegio de Niñas, cuya dirección es confiada a la hermana Judit.

Toda la vida de Caterina esta siempre acompañada de grandes pruebas. En el 1840 Judit muere improvisamente con tan solo 37 años. En el 1841, con la muerte del padre Giuseppe Brena y su primo padre Antonio Cittadini, le llegan a faltar otros valiosísimos apoyos.  En 1842 cae presa de un grave malestar, del cual se sana prodigiosamente por intercesión de la Virgen de Caravaggio y de San Jerónimo Emiliano. En el 1845 debe dejar la actividad educativa en la escuela comunal, para dedicarse enteramente al colegio de niñas, al cuidado de las huérfanas y a la guía de las compañeras que eran muy unidas a ella, decididas a compartir no solo la actividad educativa, sino también la voluntad de consagrarse enteramente al Señor, en la vida religiosa.

En 1844, para dar estabilidad a su obra, por lo menos civilmente, estipula con tres compañeras un “Instrumento de Sociedad y de Estado y también de donación reciproca o Vitalicio”, que presenta ya muchas características de un Instituto religioso. En el año 1850 obtiene del Papa Pío IX el Decreto de erección del Oratorio privado donde conservan la Sagrada Eucaristía. Entre 1850 y 1851 se dirige al Obispo de Bérgamo, mons. Carlo Gritti Morlacchi, varias súplicas para obtener la aprobación de su “pequeña familia religiosa” y una regla, pero el tiempo no está aún maduro. En el 1854 Caterina tiene un encuentro con el Obispo, mons. Pedro Luis Speranza, que le da valor a ella misma de escribir las reglas del Instituto y le pro mete ayudarla. Caterina le muestra el modelo de las constituciones de las Ursulinas de Milán, pero, cuando le presenta al Obispo, son rechazadas.

Sin rendirse, prepara un nuevo texto, que presenta al Obispo el 17 de septiembre de 1855, acompañado de una petición, en la cual pide la aprobación del Instituto con el título de Ursulinas Geronimianas. Mons. Speranza aprueba las reglas, ad experimentum, prometiendo la definitiva aprobación del nuevo Instituto. Caterina espera con tanta confianza el día suspirado, pero las fatigas, las preocupaciones, los sufrimientos, afectaron sobre su salud y un deterioro orgánico general la reduce poco a poco al final de su vida.

Siempre lúcida, confiada y en continua plegaria, exhorta las compañeras a aceptar con serenidad la voluntad del Señor, porque todo sería continuado. Muere el 5 de mayo de 1857, después de un día de agonía, rodeada de fama de santidad y grandemente llorada de sus hijas, de las educadoras y de la población, dejando a todos su ejemplo luminoso de profunda madurez espiritual. A poca distancia de su muerte, y precisamente el 14 de diciembre de 1857, llega el decreto de erección canónica del Instituto de parte del Obispo de Bérgamo.