De “Apuntes desde la fe”, por Mons. José María Gil Tamayo.
En la primera parte del vigente Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española “Iglesia en misión, al servicio de nuestro pueblo” (www.conferenciaepiscopal.es/plan-pastoral-2016-2020) se hace un certero análisis de la vida religiosa en nuestra patria para acertar en dar respuesta a problemas reales, mediante una decidida acción evangelizadora y se dedica un apartado al innegable predominio de una cultura cada vez más secularizada en nuestra sociedad: “En este proceso de secularización espiritual generalizada, la Iglesia ve debilitada su presencia y su legítima influencia moral en la sociedad y en las personas. Muchos prescinden de ella como de una institución anticuada e inútil, cuando no falsa y perjudicial. Los problemas de convivencia que muchas veces implican graves cuestiones morales a las que dar una solución satisfactoria, como las que plantean la natalidad, el aborto, la educación o el paro, y la necesaria inserción laboral de los jóvenes, se discuten y se encauzan sin tener en cuenta la moral natural ni la Doctrina Social de la Iglesia… La doctrina católica no es tenida en cuenta por ellos como un referente social para las leyes ni para las costumbres de la gente… que va abandonando y va despojándose del comportamiento cristiano, que consideran propio de situaciones ya pasadas y superadas, sin experimentar angustias de ninguna clase, con normalidad, del mismo modo que se va uno desprendiendo del ropaje y de las costumbres de la niñez a medida en que se va dando el natural crecimiento del individuo”.
Este apunte de la Conferencia Episcopal Española no hace más que constatar con realismo y dolor la descristianización que a cualquier observador no le ha pasado desapercibida. Así se viene asistiendo en los últimos tiempos al empeño de presentar al catolicismo desde algunos foros políticos, ideológicos y mediáticos, además de cómo “asunto privado”, como una realidad trasnochada y meramente costumbrista, sin consistencia intelectual.
Uno de los síntomas de esta secularización estaría, por ejemplo, en el acoso y derribo soterrado de la enseñanza religiosa escolar y la expulsión de todo lo católico de la universidad, y en el malestar de algunos por la presencia de los símbolos cristianos en espacios públicos e incluso su ridiculización, bajo la falsa excusa de libertad de expresión. Otro dato de este secularismo afecta a los cristianos, llevándolos a silenciar o perder los elementos fundamentales de la gramática de la fe.
Todo esto había movido ya al papa emérito Benedicto XVI a advertir que “mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas” (Porta Fidei, 2).
Esta situación es necesario cambiarla y para disuadir a los promotores del olvido de Dios no sirve aducir, sin más, la innegable herencia cultural y el aporte social de la Iglesia ni su vitalidad en la España de hoy, que por cierto desconocen absolutamente, ya que se mueven por tópicos clichés a kilómetros luz de la vida real de la Iglesia de hoy.
Tampoco les convence –aunque sí a los pobres y a las víctimas crónicas de la crisis económica que no tienen otro sitio al que recurrir- la multitud de servicios sociales de la Iglesia. Y lo mismo cabe decir de su inmensa red docente sin la cual quedaría quebrado el sistema educativo español.
Todo este activo religioso, social y cultural que estas semanas se recuerda con la presentación de la Memoria Anual de Actividades de la Iglesia en España (www.conferenciaepiscopal.es) con datos elocuentes, no cuenta para los diseñadores de una sociedad laica, y una de las causas puede que esté, sin pretenderlo, en las propias filas de la Iglesia, en el descuido o aminoramiento de una verdadera pastoral de la cultura y en la falta incluso de apropiadas estructuras eclesiales para este fin. Por desgracia, desde un tiempo no lejano se ha venido postergando de hecho la pastoral de la cultura y del pensamiento cristiano a favor de la opción por otras iniciativas que se consideraban más urgentes y gratificantes. Hoy pagamos este error.
Uno de los síntomas de esta dolorosa carencia es la falta actual de intelectuales católicos de altura, convencidos y convincentes. Al menos no se les nota lo suficiente en el ámbito público. Ellos son los que tendrían un papel privilegiado en dar consistencia y credibilidad a la visión cristiana de la vida y traducir el Evangelio, sin complejos, con competencia y creatividad, a las más variadas e influyentes realidades de la cultura de hoy.
Sin duda es cierto que, como ya constataran tanto san Pablo VI como san Juan Pablo II, el gran drama de nuestro tiempo es precisamente la ruptura entre el Evangelio y la cultura. También se puede aducir que los tiempos son duros y descreídos, ayudados además por una secularización interna eclesial que, por desgracia, no falta, pero la comunidad católica española tiene hoy medios y personas suficientes para llevar a cabo este reto de evangelizar la cultura. Ahí están también las universidades católicas, así como numerosos centros superiores de ciencias religiosas y miles de colegios con su profesorado… A todos, incluidos los medios de comunicación católicos y el rico legado del patrimonio cultural, habría que exigirles -y a nosotros con ellos pues Ávila es rica en estas realidades- una mayor eficacia apostólica en el mundo de la cultura.
Toda una tarea para la Nueva Evangelización que reclama además, como algo imprescindible, un gran ardor apostólico y la paciencia de una verdadera emergencia educativa. La Iglesia en España supo cumplir de forma ejemplar este quehacer en el pasado, como lo muestra nuestra historia y cultura. Dios no faltará en esta hora. Ojalá nosotros tampoco.
Con mi bendición, les deseo una feliz semana.
+ José María Gil Tamayo
