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San Odón de Cluny

En Tours, san Odón, abad de Cluny, instauró la observancia monástica según la Regla de san Benito y la disciplina de san Benito de Aniano. Su memoria se recuerda el 18 de noviembre.

Desde mediados del siglo X hasta principios del siglo XII, la abadía de Cluny fue sin duda la institución que mayor influencia ejerció sobre la vida monástica en el occidente de Europa. Su papel sólo cedía en importancia al del papado, ya que constituía el centro y la principal autoridad de una vasta «reforma» monástica, por lo que marcó la vida y el espíritu de los monjes de San Benito durante un período mucho más extenso y su influencia se deja sentir todavía. La influencia y la autoridad de Cluny se debieron a siete de sus ocho primeros abades, de los que san Odón fue el segundo. El santo se educó primero con la familia de Fulko II, conde de Anjou, y después, con la del duque Guillermo de Aquitania, fundador de la abadía de Cluny. Odón recibió la tonsura a los diecinueve años, fue nombrado canónigo de la iglesia de San Martín de Tours y pasó algunos años estudiando en París. Allí se dedicó con gran entusiasmo a la música con Remigio de Auxerre, su maestro. Un día, al leer la Regla de San Benito, Odón quedó impresionado al comprobar cuánto distaba su existencia de la perfección, y entonces determinó ingresar en la vida religiosa. Poco después, se trasladó al monasterio de Baume-les-Messieurs, en la diócesis de Bensançon, donde el abad Berno le concedió el hábito el año 909.

El duque Guillermo fundó al año siguiente la abadía de Cluny y la confió al abad Berno, quien nombró a San Odón director de la escuela que el monasterio tenía en Baume. Se cuenta que, en cierta ocasión cuando san Odón se hallaba de viaje, la hija de su hospedero acudió a él por la noche a pedirle auxilio, pues su padre quería casarla contra su voluntad. El santo no pudo resistir a las lágrimas y súplicas de la joven, la ayudó a escapar de su casa y la llevó consigo a Baume. No sin razón, el abad de Odón se enojó por la precipitada decisión de su súbdito y le ordenó que velara cuidadosamente por la joven y la pusiese en sitio seguro. Odón, que llevaba diariamente de comer a la joven, la instruyó sobre la vida religiosa y la colocó en un convento de religiosas. Con la edad, el santo se hizo más prudente y fue nombrado para suceder a Berno en el gobierno de la abadía de Cluny.

El abad Berno había emprendido ya la reforma de varios monasterios desde Cluny. San Odón continuó la reforma en mayor escala. Uno de los monasterios que reformó fue el de Fleury sobre el Loira, que estaba destinado a ejercer una gran influencia en Inglaterra. Alguien escribió acerca de la escuela de san Odón en Cluny: «En ella se educa tan bien a los niños como en los castillos de sus padres». La vida en Cluny no era fácil. Cierto monje se quejó una vez ante san Odón de que Berno gobernaba la abadía con mano de hierro. Lo cierto es que hacía falta una rígida disciplina para mantener el orden entre los vigorosos espíritus del siglo X, y Cluny no era una excepción. San Odón gobernó también con férrea energía y solía intimidar a los monjes rebeldes hablándoles de métodos de gobierno aún más severos que el suyo. Pero no siempre procedía así. Por ejemplo, refiriéndose a los actos de caridad, contó un día que un joven estudiante, al dirigirse a la iglesia a cantar maitines, en una cruda madrugada de invierno, había encontrado en la puerta del templo a un mendigo medio desnudo. El estudiante se quitó la capa y se la echó al mendigo sobre los hombros, de suerte que tiritó de frío durante el largo oficio. Después de laudes, se acostó en su lecho para calentarse un poco y encontró entre las sábanas una moneda de oro, con lo que tenía más que suficiente para comprarse una capa. El biógrafo comenta: «Entonces yo no sabía quién había sido el héroe de este incidente, pero lo descubrí más tarde». Naturalmente, el héroe fue el propio Odón, quien en Tours había aprendido a imitar a San Martín.

El año 936, san Odón fue a Roma por primera vez, convocado por el papa León VII. La ciudad estaba entonces sitiada por Hugo de Provenza, quien se daba a sí mismo el nombre de rey de Italia y profesaba gran respeto a san Odón. El Papa había llamado al santo para que tratase de concluir la paz entre Hugo de Provenza y Alberico, «el patricio de los romanos». San Odón logró un triunfo provisional, negociando el matrimonio de Alberico con la hija de Hugo. En la abadía de San Pablo Extramuros «reglamentó en forma apostólica la vida espiritual del monasterio y, con sus exhortaciones, fomentó en todos los corazones la fe, la piedad y el amor de la verdad». El espíritu de Cluny se había extendido ya más allá de las fronteras de Francia, y la influencia de san Odón se dejó sentir particularmente en los monasterios de Monte Cassino, Pavía, Nápoles y Salerno. En cierta ocasión, el santo estuvo a punto de perecer apedreado por un campesino que pretendía que los monjes de San Pablo le debían dinero. San Odón pagó al campesino lo que se le debía y olvidó el incidente. Pero pronto se enteró de que Alberico había sentenciado a aquel hombre a perder el brazo derecho. Inmediatamente, el santo fue a pedir la anulación de la sentencia y consiguió que el campesino fuese puesto en libertad. Durante los seis años siguientes, Odón tuvo que volver dos veces a Roma a tratar de mantener la paz entre Hugo y Alberico y aprovechó ambas ocasiones para ensanchar el campo de su celo de reforma. Entre tanto, la empresa iba ganando terreno en Francia, donde los nobles devolvían al santo los monasterios que hasta entonces habían gobernado ilegalmente, y los superiores le invitaban a visitar sus abadías y a reformarlas. Naturalmente, no faltaron monjes que no se resignaban a perder su cómoda situación y obstaculizaban cuanto podían el trabajo del santo. Por ejemplo, algunos acusaron a los de Cluny de lavar su ropa interior los sábados después de las vísperas.

El año 942, Odón fue a Roma por última vez. Al regreso, se detuvo en el monasterio de San Julián de Tours. Después de asistir a las ceremonias de la fiesta de su patrono, San Martín, tuvo que guardar cama y falleció el 18 de noviembre. Uno de sus últimos actos fue componer un himno en honor de san Martín, que se conserva todavía. A pesar de la enorme actividad de su vida, san Odón encontró todavía tiempo para escribir otro himno, doce antífonas en verso, en honor de san Martín, tres libros de estudios de moral, una biografía de san Geraldo de Aurillac y un largo poema sobre la Redención. Sus biógrafos afirman también unánimemente que escribió varias obras sobre la música sagrada, pero no se conserva ninguna, por más que se le han atribuido falsamente ciertas partituras.

 

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