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Cultura
1 de enero de 2023
Nº 1451 • AÑO XXXI

Desaparición de la cultura popular

La crisis cultural

Se habla mucho de la crisis económica y política, pero muy poco de la crisis cultural, seguramente porque algunos ni siquiera la perciben y otros ven la cultura como mera "superestructura" de la economía. Pero la relación entre cultura, economía y política no es ni jerárquica ni mecánica: es una compleja y vertiginosa relación dialéctica a la que, hoy más que nunca, debemos prestar la mayor atención si queremos comprender el mundo en que vivimos y aspiramos a transformarlo.

Uno de los síntomas más alarmantes de la crisis cultural es la progresiva desaparición de una cultura popular propiamente dicha. Sobre todo a partir de la II Guerra Mundial y con la difusión masiva de la televisión, la cultura popular, surgida del pueblo y para el pueblo, ha sido progresivamente arrinconada por una "cultura de masas" producida por una industria en manos del gran capital y difundida por unos medios de comunicación al servicio de los poderes establecidos; una seudocultura prefabricada y adulterada que, por sus propias características (simplicidad de los mensajes, convencionalismo de los contenidos), tiende de forma automática —cuando no deliberada— a adoctrinar y entontecer a sus consumidores. Y huelga señalar que la cultura de masas es un fenómeno fundamentalmente estadounidense y claramente encaminado a imponer en todo el mundo el American way of life, es decir, un aparato de colonización cultural concebido como complemento ideológico de la expansión imperialista.

MUSICALES, CORBATAS, TACONES Y HAMBURGUESAS
El musical, ese género en apariencia tan amable e inofensivo, a menudo ensalzado incluso por la crítica de izquierdas (revistas tan prestigiosas como la española Film Ideal o la francesa Cahiers de Cinéma rindieron en su día entusiastas homenajes al cine musical), ha sido probablemente el que más ha contribuido a imponer en todo el mundo los patrones ético-estéticos —los "valores", en última instancia— estadounidenses. Recuerdo, a este respecto, una discusión que tuve hace muchos años con un conocido crítico de cine marxista sobre Cantando bajo la lluvia (una obra maestra desde el punto de vista artístico, qué duda cabe). "No me negarás que es una de esas películas que ayudan a vivir", me dijo en un momento dado, a lo que repliqué: "En efecto, y precisamente en eso estriba su peligro: ayuda a reconciliarse con una forma de vida y una visión del mundo inaceptables".

Desgraciadamente, la fascinación de la crítica de izquierdas por el musical no es un fenómeno aislado. Los patrones e iconos de la cultura de masas se han impuesto de tal modo que han llegado a considerarse normales, por no decir normativos. Sin ir más lejos, resulta paradójico que en el más antiimperialista de los países disten de ser infrecuentes los signos de sometimiento a los modelos occidentales. Si el traje de chaqueta, uniforme oficial del macho dominante que lo distingue tanto de los obreros como de las mujeres, es absurdo en todas partes, lo es doblemente en Cuba, y el hecho de que esté desplazando a la tradicional, elegante y funcional guayabera en los actos oficiales, es una señal de decadencia estética cuya importancia (nulla aesthetica sine ethica) no habría que subvalorar. Por no hablar de la corbata, ese ambivalente nudo corredizo de seda, a la vez signo de poder y de sometimiento, que en Occidente sigue siendo de uso obligatorio en muchos lugares y circunstancias.

¿Y qué decir de los zapatos de tacón (a cuyo éxito tanto han contribuido las divas de Hollywood)? No solo son obviamente inadecuados para caminar, sino que, por si fuera poco, los traumatólogos llevan décadas denunciando los graves daños para los pies, e incluso para la columna vertebral, que acarrea su uso. Y, por otra parte, ¿cuál se supone que es su función? ¿Hacer más "atractiva" a la mujer que los lleva? Pero ¿quién puede encontrar atractiva a una mujer con los pies constreñidos por un calzado que limita su movilidad y daña su salud? Solo alguien que, con el gusto estragado por la aberrante lógica patriarcal, se excita con la estética del sufrimiento y la sumisión.

Las hamburgueserías se han convertido, en todo Occidente y en parte de Oriente, en importantes lugares de encuentro de los jóvenes, tan concurridos como las discotecas o los grandes centros comerciales

Pero tal vez el más nefasto de los hábitos cotidianos impuestos por la cultura estadounidense (aunque no solo por ella, sino por los países ricos en general) sea el carnivorismo desaforado. Las hamburgueserías se han convertido, en todo Occidente y en parte de Oriente, en importantes lugares de encuentro de los jóvenes, tan concurridos como las discotecas o los grandes centros comerciales. Y la disparatada idea de que comer bien es comer carne ha calado profundamente en casi todo el mundo; aunque, por suerte, entre las y los jóvenes "antisistema" está cobrando cada vez más fuerza la noción de que el carnivorismo —el especismo— es material y moralmente insostenible. 

La defensa de la diversidad cultural bien entendida empieza por uno mismo, por una misma, y quienes nos oponemos a la dominación imperialista deberíamos ser más críticos con nuestras propias costumbres. Tendemos a considerar naturales nuestros hábitos cotidianos (dietéticos, indumentarios, amorosos), y a menudo no solo no son tan naturales, sino que en realidad ni siquiera son nuestros. En última instancia, la mayor amenaza imperialista no está en el Pentágono, sino en Hollywood y en McDonald’s.

LOS TRES NIVELES CULTURALES
Y a propósito de McDonald’s, al hablar de cultura de masas es obligado dedicar unas líneas al homónimo sociólogo estadounidense que introdujo el término. En su ya clásico artículo de los años cincuenta del siglo pasado "Masscult and Midcult", Dwight MacDonald distingue tres niveles culturales: highcult (alta cultura), midcult (cultura intermedia) y masscult (cultura de masas); el artículo es muy objetable en muchos aspectos (sobre todo por su mitificación de una supuesta "alta cultura"), pero tiene el interés de introducir la noción de "cultura de masas" como contrapuesta a la cultura popular. En efecto, la actual cultura de masas es un desvitalizado sucedáneo de la genuina cultura popular, cuyo lugar y cuya función usurpa gracias a la fuerza bruta de los grandes medios de comunicación.

Pero la llamada "alta cultura" también está, en gran medida, manipulada por el mercado y sometida a la tiranía mediática. La cotización de las obras de arte, basada en el fetichismo de los compradores y en los dictámenes de una élite de supuestos expertos, es un buen ejemplo de los extremos a los que puede llegar la mercantilización de los productos culturales.

¿Y la "cultura intermedia"? Según MacDonald, la midcult es la oportunista respuesta del mercado al esnobismo de una clase acomodada, pero poco cultivada, que quiere desmarcarse de la cultura de masas y no está capacitada para acceder a la «alta cultura» o para disfrutar de ella. Y así como la cultura popular y la alta cultura siempre mantuvieron buenas relaciones, la masscult y la midcult son parásitos perjudiciales para todas las manifestaciones y niveles de la cultura auténtica.

Pero ¿hasta qué punto es cierto que la población se divide en una élite cultivada, una masa adocenada y un montón de esnobs con pretensiones? ¿Es adecuado, o tan siquiera lícito, clasificar a los ciudadanos en cultos, incultos y seudocultos? La taxonomía de MacDonald, como tantas otras, puede servir como primera aproximación al problema, pero confunde más de lo que esclarece. Nuestra compleja cultura tiene tantos niveles como queramos (tantos como individuos, en última instancia), y distinguir en ella lo genuino de lo falso, las voces de los ecos, es cada vez más difícil. «Solo la cultura nos hace libres», decía José Martí, y puede que ahí esté la clave: solo la que nos hace más libres es verdadera cultura.

Carlo Frabetti
Jotdown.es