INICIO
A Fondo
4 de septiembre de 2022
Nº 1434 • AÑO XXX

Jornada Mundial de Oración

Escucha la voz de la Creación

Escucha la voz de la Creación es el tema y la invitación del Tiempo de la Creación de este año. Este período ecuménico comienza el 1 de septiembre con la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación y termina el 4 de octubre con la fiesta de san Francisco. Los obispos españoles recuerdan la importancia central de estas jornadas para la vida del mundo y de la Iglesia.

“Es un momento especial -explica el Santo padre- para que todos los cristianos recemos y cuidemos juntos nuestra casa común” y “una oportunidad para cultivar nuestra ‘conversión ecológica’ “. Y puntualiza que esta conversión fue alentada por San Juan Pablo II como respuesta a la “catástrofe ecológica” anunciada por San Pablo VI ya en 1970, en su discurso con motivo del 25º aniversario de la FAO.

La Conferencia Episcopal se une a esta Jornada a través de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social. Crisis energética, paz y cuidado de la Creación es el título que encabeza el texto que firman los obispos de esta Subcomisión.

CRISIS ENERGÉTICA, PAZ Y CUIDADO DE LA CREACIÓN
El día 1 de septiembre celebramos la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la Creación. Es un momento especial en la vida de las naciones y en la vida de la Iglesia.

Vivimos el Tiempo de la Creación, que finaliza el 4 de octubre, día de San Francisco de Asís, en un contexto de conflicto bélico de gran repercusión en la vida de Europa y especialmente en Ucrania. Es el momento oportuno para renovar nuestra fe y nuestra oración, pues se ha puesto en cuestión la paz internacional y se están provocando graves daños a la casa común.

La guerra en Europa nos ha sorprendido a todos y ha puesto sobre la mesa la profunda interconexión entre la seguridad energética, el riesgo de un conflicto armado y el peligro de destrucción de toda forma de vida, que ya diagnosticó hace casi 60 años San Juan XXIII (1). Incluso, vuelven de nuevo amenazas y riesgos que parecían ya olvidados, pues en esta encrucijada emerge de nuevo con fuerza la “cuestión nuclear”, tanto en el caso del conflicto entre Rusia y Ucrania, como en otras partes del mundo.

Hay una interdependencia evidente entre los atentados contra la paz y su incidencia en la casa común, en el orden de la Creación

La Carta encíclica Pacem in terris de San Juan XXIII hacía ya una llamada a “todos los hombres de buena voluntad” (2) a no sembrar el miedo en la humanidad y a no destruir la vida, una llamada que, desgraciadamente, sigue siendo actual en un tiempo como el nuestro, marcado por la guerra y la degradación medioambiental: “Los pueblos viven bajo un perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier momento puede desencadenarse con ímpetu horrible. No les falta razón, porque las armas son un hecho” (3).

En la década de 1960 fue precisamente cuando emergió también la preocupación por la cuestión medioambiental; fue la época en la que las primeras voces científicas alertaron de la importancia del cuidado de la naturaleza y del profundo vínculo entre ese cuidado, la salud humana y la paz.

El Consejo Mundial de la Iglesias inició, poco después, la iniciativa ecuménica Justicia, Paz e Integridad de la Creación con la que la Iglesia Católica, con el paso del tiempo, se ha identificado (4).

CRISIS ENERGÉTICA Y CRISIS ALIMENTARIA
Hay una interdependencia evidente entre los atentados contra la paz y su incidencia en la casa común, en el orden de la Creación. Cuando ya estaba naciendo un cierto consenso para afrontar los problemas de fondo de la humanidad en el orden energético y en el orden alimentario, con la guerra se ha puesto en peligro el equilibrio en la disponibilidad de recursos alimentarios para numerosas poblaciones que dependen de los graneros sometidos a la violencia del conflicto y, sobre todo, están en riesgo alimentario importantes poblaciones de los países más pobres, pues son preferentemente esos países los que se están viendo especialmente afectados por las múltiples crisis sanitarias, geopolíticas y climáticas. También los expertos, en su reciente Informe sobre Desarrollo Sostenible del año 2022, confirman el camino para superar el delicado momento actual: paz, diplomacia y cooperación internacional son las condiciones necesarias para que el mundo progrese hacia la consecución de los objetivos de la Agenda 2030. La guerra de Ucrania y otros conflictos militares son tragedias humanitarias que tienen un gran impacto en la prosperidad y en las sociedades del mundo entero, especialmente en los pobres, y tienen la capacidad de ampliar las crisis climáticas y de biodiversidad (5).

La comunidad internacional, y también nuestro país, se ha comprometido en estos últimos años, a realizar una transición hacia el uso de energía no contaminante y lograr una agricultura sostenible, pues “sabemos que la tecnología basada en combustibles fósiles muy contaminantes – sobre todo el carbón, pero aún el petróleo y, en menor medida, el gas – necesita ser reemplazada progresivamente y sin demora” (6).

Afrontar los problemas ambientales “es inseparable del análisis de los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, y de la relación de cada persona consigo misma, que genera un determinado modo de relacionarse con los demás y con el ambiente. Hay una interacción entre los ecosistemas y entre los diversos mundos de referencia social” (7). Y, en este caso, las diversas crisis retroalimentan procesos de empobrecimiento, especialmente en las personas más vulnerables y con menos recursos, como ya hemos visto en nuestro país: problemas para los transportistas, para los pequeños negocios, una alta inflación a la que se llama “el impuesto de los pobres”. De hecho, la crisis alimentaria ha supuesto una presión fuerte para la alimentación de los más pobres, pues la escasez fomenta la elevación de precios, y forma una alianza trágica con la presión de los precios de la energía. Todo ello incide en las condiciones de vida digna de los más vulnerables.

Tanto el papa Francisco, como la doctrina social de la Iglesia nos muestran la necesidad de vincular el cuidado de la Creación y el fortalecimiento de la fraternidad en cuestiones que son esenciales para la vida de las familias y su supervivencia en bastantes ocasiones.

Se nos ha recordado que las soluciones son complejas y requieren no solo de la innovación tecnológica y la adecuada financiación, también del diálogo político: “Para afrontar los problemas de fondo, que no pueden ser resueltos por acciones de países aislados, es indispensable un consenso mundial que lleve, por ejemplo, a programar una agricultura sostenible y diversificada, a desarrollar formas renovables y poco contaminantes de energía, a fomentar una mayor eficiencia energética” (8).

Pensábamos hasta hace poco que ese diálogo se había conseguido y nos encaminábamos hacia un continente en el que la protección del medioambiente y la paz eran metas a conseguir. “Durante décadas parecía que el mundo había aprendido de tantas guerras y fracasos y se dirigía lentamente hacia diversas formas de integración” (9). Sin embargo, la situación en la que nos encontramos ahora, nos hace ser más cautos y nos empuja a recordar que tanto la paz como el cuidado de las relaciones personales y entre las naciones siempre están amenazadas. Es una tarea que requiere de una atención constante y de una profundidad espiritual para poder sostenerse en el tiempo. Quizás sea esta la contribución especial que los cristianos podemos hacer en el complejo panorama actual. En este tiempo de la Creación pedimos al Creador que nos conceda la paz y nos ayude a vivir la fraternidad entre los pueblos.

Que sea nuestro compromiso como comunidad cristiana, en esta Jornada Mundial de Oración, alimentar una “espiritualidad que consiste en ampliar lo que entendemos por paz, que es mucho más que la ausencia de guerra. La paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común” (10). 

Los obispos de la Subcomisión de Acción Caritativa y Social

(1) Francisco en su alocución el 10 de julio de 2022: “He sentido vergüenza cuando leí que un grupo de Estados se comprometieron a gastar esta cantidad en comprar armas como respuesta a lo que está pasando. Es una locura.
(2) San Juan XXIII, Pacem in terris n. 166.
(3) San Juan XXIII, Pacem in terris n. 111.
(4) Primera Asamblea Ecuménica Europea, Basilea, 1989.
(5) Association. Sustainable Development (SDSN) Report 2022, publicado el 2 de junio de 2022.
(6) Francisco, Laudato si´ n. 165.
(7) Francisco, Laudato si´ n. 141
(8) Francisco, Laudato si´, n. 164
(9) Francisco, Fratelli Tutti, n. 10.
(10) Francisco, Laudato si´, n. 225 

Mensaje del Papa Francisco

Escuchar el grito de la Creación

A continuación, incluimos el mensaje que el Santo Padre ha dirigido para la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la Creación. En él se resumen algunos de los principales puntos de su magisterio al respecto del cuidado de la casa común.

Escucha la voz de la Creación es el tema y la invitación del Tiempo de la Creación de este año. El período ecuménico comienza el 1 de septiembre con la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, y termina el 4 de octubre con la fiesta de san Francisco. Es un momento especial para que todos los cristianos recemos y cuidemos juntos nuestra casa común. Inspirado originalmente por el Patriarcado ecuménico de Constantinopla, este tiempo es una oportunidad para cultivar nuestra “conversión ecológica”, una conversión alentada por san Juan Pablo II como respuesta a la “catástrofe ecológica” anunciada por san Pablo VI ya en 1970 [1].

Si aprendemos a escucharla, notamos una especie de disonancia en la voz de la Creación. Por un lado, es un dulce canto que alaba a nuestro amado Creador; por otro, es un amargo grito que se queja de nuestro maltrato humano.

Al escuchar estos gritos amargos, debemos arrepentirnos y cambiar los estilos de vida y los sistemas perjudiciales.

El dulce canto de la Creación nos invita a practicar una “espiritualidad ecológica” (Carta enc. Laudato si’, 216), atenta a la presencia de Dios en el mundo natural. Es una invitación a basar nuestra espiritualidad en la “amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal” ( ibíd., 220). Para los discípulos de Cristo, en particular, esa experiencia luminosa refuerza la conciencia de que “todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe” ( Jn 1,3). En este Tiempo de la Creación, volvamos a rezar en la gran catedral de la Creación, disfrutando del “grandioso coro cósmico” [2] de innumerables criaturas que cantan alabanzas a Dios. Unámonos en el canto a san Francisco de Asís: “Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas” (Cántico de las criaturas). Unámonos al canto del salmista: “Que todos los seres vivientes alaben al Señor” ( Sal 150,6).

Desgraciadamente, esa dulce canción va acompañada de un amargo grito. O más bien, por un coro de clamores amargos. En primer lugar, es la hermana madre tierra la que clama. A merced de nuestros excesos consumistas, ella gime y nos suplica que detengamos nuestros abusos y su destrucción. Son, pues, todas las criaturas las que gritan. A merced de un “antropocentrismo despótico” (Carta enc. Laudato si’, 68), en las antípodas de la centralidad de Cristo en la obra de la Creación, innumerables especies se extinguen, interrumpiendo para siempre sus himnos de alabanza a Dios. Pero también son los más pobres entre nosotros los que gritan. Expuestos a la crisis climática, los pobres son los que más sufren el impacto de las sequías, las inundaciones, los huracanes y las olas de calor, que siguen siendo cada vez más intensos y frecuentes. Además, gritan nuestros hermanos y hermanas de los pueblos nativos. Debido a los intereses económicos depredadores, sus territorios ancestrales están siendo invadidos y devastados por todas partes, lanzando “un clamor que grita al cielo” (Exhort. ap. postsin. Querida Amazonia, 9). También nuestros hijos gritan. Amenazados por un egoísmo miope, los adolescentes exigen con ansiedad que los adultos hagamos todo lo posible para evitar o al menos limitar el colapso de los ecosistemas de nuestro planeta.

Al escuchar estos gritos amargos, debemos arrepentirnos y cambiar los estilos de vida y los sistemas perjudiciales. Desde el principio, la llamada evangélica “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 3,2), invitando a una nueva relación con Dios, implica también una relación diferente con los demás y con la Creación. El estado de degradación de nuestra casa común merece la misma atención que otros retos globales como las graves crisis sanitarias y los conflictos bélicos. “Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (Carta enc. Laudato si’, 217).

Como personas de fe, sentimos además la responsabilidad de actuar, en nuestro comportamiento diario, en consonancia con esta necesidad de conversión, que no es sólo individual: “La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria” (ibíd., 219). En esta perspectiva, la comunidad de naciones también está llamada a comprometerse, con un espíritu de máxima cooperación, especialmente en las reuniones de las Naciones Unidas dedicadas a la cuestión medioambiental.

En este Tiempo de la Creación, recemos para que las cumbres COP27 y COP15 puedan unir a la familia humana.

La cumbre COP27 sobre el clima, que se celebrará en Egipto en noviembre de 2022, representa la próxima oportunidad para impulsar juntos una aplicación efectiva del Acuerdo de París. Es también por esta razón que recientemente he dispuesto que la Santa Sede, en nombre y representación del Estado de la Ciudad del Vaticano, se adhiera a la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático y al Acuerdo de París, con la esperanza de que la humanidad del siglo XXI “pueda ser recordada por haber asumido con generosidad sus graves responsabilidades” ( ibíd., 165). Alcanzar el objetivo de París de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C es todo un reto y requiere la cooperación responsable de todas las naciones para presentar planes climáticos o contribuciones determinadas a nivel nacional, más ambiciosas, para reducir las emisiones netas de gases de efecto invernadero a cero con la mayor urgencia posible. Se trata de “convertir” los modelos de consumo y producción, así como los estilos de vida, en una dirección más respetuosa con la Creación y con el desarrollo humano integral de todos los pueblos presentes y futuros; un desarrollo fundamentado en la responsabilidad, en la prudencia/precaución, en la solidaridad y la preocupación por los pobres y las generaciones futuras. En la base de todo debe estar la alianza entre el ser humano y el medioambiente que, para nosotros los creyentes, es un espejo del “amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos” [3]. La transición que supone esta conversión no puede dejar de lado las exigencias de la justicia, especialmente para los trabajadores más afectados por el impacto del cambio climático.

A su vez, la cumbre COP15 sobre la biodiversidad, que se celebrará en diciembre en Canadá, ofrecerá a la buena voluntad de los gobiernos una importante oportunidad para adoptar un nuevo acuerdo multilateral que detenga la destrucción de los ecosistemas y la extinción de las especies. Según la antigua sabiduría de los Jubileos, necesitamos “recordar, regresar, descansar, reparar” [4]. Para detener el ulterior colapso de la “red de vida” ―la biodiversidad― que Dios nos ha dado, recemos y hagamos un llamamiento a las naciones para que se pongan de acuerdo en cuatro principios clave: 1. construir una base ética clara para la transformación que necesitamos a fin de salvar la biodiversidad; 2. luchar contra la pérdida de biodiversidad, apoyar su conservación y recuperación, y satisfacer las necesidades de las personas de forma sostenible; 3. promover la solidaridad global, teniendo en cuenta que la biodiversidad es un bien común global que requiere un compromiso compartido; 4. poner en el centro a las personas en situación de vulnerabilidad, incluidas las más afectadas por la pérdida de biodiversidad, como los pueblos indígenas, las personas mayores y los jóvenes.

Lo repito: “Quiero pedirles en nombre de Dios a las grandes corporaciones extractivas —mineras, petroleras—, forestales, inmobiliarias, agro negocios, que dejen de destruir los bosques, humedales y montañas, dejen de contaminar los ríos y los mares, dejen de intoxicar los pueblos y los alimentos” [5].

No se puede dejar de reconocer la existencia de una “deuda ecológica” (Carta enc. Laudato si’, 51) de las naciones económicamente más ricas, que son las que más han contaminado en los dos últimos siglos; ello las obliga a tomar medidas más ambiciosas tanto en la COP27 como en la COP15. Esto implica, además de una acción decidida dentro de sus propias fronteras, mantener sus promesas de apoyo financiero y técnico a las naciones económicamente más pobres, que ya están soportando el peso de la crisis climática. Asimismo, debería considerarse urgentemente la posibilidad de conceder más ayudas financieras para la conservación de la biodiversidad. También los países menos ricos económicamente tienen responsabilidades significativas, pero “diversificadas” (cf. ibíd., 52); los retrasos de los demás nunca pueden justificar su propia inacción. Es necesario que actuemos, todos, con decisión. Estamos llegando a “un punto de quiebre” (cf. ibíd., 61).

En este Tiempo de la Creación, recemos para que las cumbres COP27 y COP15 puedan unir a la familia humana (cf. ibíd., 13) para abordar con decisión la doble crisis del clima y la reducción de la biodiversidad. Recordando la exhortación de san Pablo de alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran (cf. Rm 12,15), lloremos con el amargo grito de la Creación, escuchémoslo y respondamos con hechos, para que nosotros y las generaciones futuras podamos seguir alegrándonos con el dulce canto de vida y esperanza de las criaturas.

Roma, San Juan de Letrán, 16 de julio de 2022,
Memoria de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo

Francisco

[1] Cf. Discurso a la F.A.O. (16 noviembre 1970).
[2] S. Juan Pablo II, Audiencia General (10 julio 2002).
[3] Discurso en el Encuentro “Fe y Ciencia: hacia la COP26” (4 octubre 2021).
[4] Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación (1 septiembre 2020).
[5] Videomensaje a los movimientos populares (16 octubre 2021).