Villancico de San Efrén
“¡Dichosa tú, Iglesia!”

A las puertas de la fiesta de la Navidad, ofrecemos la primera parte de uno de los villancicos de San Efrén el Sirio. En él se habla de la gran alegría del Nacimiento del Hijo de Dios y de la bienaventuranza de la Iglesia como portadora del misterio de este anuncio.
El himno 25 tiene un rasgo peculiar: todas sus estrofas comienzan con la expresión “¡Dichosa tú...!”. Las 10 primeras proclaman dichosa a la Iglesia por distintos motivos, que tienen todos que ver con la Navidad. Por ejemplo, porque a los ángeles, que fueron los únicos que cantaron aquella noche, hoy se unen los cantos de los fieles (estrofa 2). Un motivo prominente aquí, como en otros textos de San Efrén, es el de la antigua Sion, abandonada y sustituida por la nueva Sion, la Iglesia de las naciones. El motivo fundamental de la dicha de la Iglesia es que, gracias a la presencia del “Emmanuel” (= Dios con nosotros), en los sacramentos y en la Palabra, es “un Belén permanente” (estrofa 6).
¡Dichosa tú, Iglesia, porque resuena en ti
la fiesta grande, la fiesta del Rey!
Las puertas de Sion, abandonada,
oxidadas ya, están sedientas de celebraciones.
¡Dichosas tus puertas, que se han abierto y no dan abasto,
y tus atrios, que se han ensanchado y no son suficientes!
Truenan en ti los cantos de las naciones, que con sus voces
han reducido a silencio a la nación aquella![1]
2. ¡Dichosa tú, Iglesia, porque en tus solemnidades
se alegran los ángeles en medio de tus festejos!
Una noche, los ángeles cantaron tu gloria
en aquella tierra que rehusaba ingratamente la alabanza[2].
¡Dichosas tus canciones, sembradas, cosechadas,
y recogidas en graneros en el cielo![3]
Tu boca es un incensario, y tus canciones
ascienden como humo de incienso cuando llegan tus fiestas.
- ¡Dichosa tú, Iglesia, porque todas las ofrendas
vienen a ti en esta fiesta!
Una vez, de entre los paganos traidores, sólo los Magos
presentaron sus ofrendas a la Verdad.
¡Dichoso tu aprisco, en el que se abajó a morar
el Hijo del Rey, que es adorado entre regalos!
Oro de Occidente, y aromas del Oriente
se ofrecen para tus fiestas.
- ¡Dichosa tú, Iglesia, que no hay en ti
un rey tirano que mate a los recién nacidos!
En Belén mató a los niños a lo loco,
para dar muerte al Hijo que da la vida a todo.
¡Dichosos tus hijos, envidiados y venerados
por los reyes, que se han sazonado con tu culto!
La corona de Oriente, en cambio, que pisoteó a tus amigos,
ha sido pisoteada por tus predilectos.[4]
5. ¡Dichosa tú, Iglesia, porque exulta en ti
también Isaías con su oráculo!
“La virgen concebirá y dará a luz
un hijo”. Su nombre es un misterio grande,
y su sentido sólo se ha revelado en la Iglesia.
Dos nombres que se han unido en uno:
“Emmanû El”. Dios está contigo en todo momento,
que te ha unido con sus miembros.[5]
- ¡Dichosa tú, Iglesia, por Miqueas, que clamó:
“De Efrata saldrá el pastor”!
El Pastor ha venido a Belén, para tomar de allí
la vara de Jesé, y pastorear a las naciones.
¡Dichosas tus ovejas, marcadas con la marca de su bautismo;
las hembras del rebaño, preservadas con su palabra!
¡Tú, Iglesia, tú eres un Belén permanente,
porque en ti está el Pan de la Vida![6]
- ¡Dichosa tú, Iglesia, porque en ti se alegra también Daniel, el predilecto!
Él anunció que el Mesías glorioso sería muerto,
y que la ciudad santa sería destruida por su muerte.
¡Ay de la nación judía, que fue rechazada pero no se arrepiente!
¡Dichosas las naciones, que no dieron la espalda al ser llamadas!
Los invitados se excusaron, y otros, en su lugar,
disfrutan de sus bodas.[7]
- iDichosa tú, Iglesia, porque en ti canta con su cítara el rey David!
En el Espíritu, ya cantaba sobre él: “Tú eres mi hijo”,
y “entre esplendores sagrados yo te he engendrado hoy”.
¡Dichosos tus oídos, que se han purificado para oír
del día de su nacimiento y de su cuerpo! ¡Despierta para aclamarle!
Aprende de Sion: alegra tú la fiesta que ella llenó de tristeza,
ya que esa fiesta te ha alegrado a ti.
9. ¡Dichosa tú, Iglesia, porque todas las fiestas
han volado de Sion y se han posado en ti!
En ti han reposado los fatigados profetas
del trabajo y la ignominia que tuvieron que padecer en Judea.
¡Dichosos sus libros, que se han abierto en tus templos,
y sus fiestas, que se celebran en tus santuarios! [8]
Sion está desierta, pero hoy las naciones gentiles
llenan tus fiestas de clamor.
- ¡Dichosa tú, Iglesia, con las diez bienaventuranzas
que te había dado Nuestro Señor! Un símbolo perfecto,
pues todos los números dependen del número diez.
Por eso las diez bienaventuranzas te han hecho perfecta.
¡Dichosas tus coronas, entrelazadas en todas esas
bienaventuranzas santas, que están mezcladas en cada corona!
Tú, bendita, coronada con todos los bienes,
¡derrama también sobre mí la bienaventuranza!”.[9]
Antología de Himnos de Navidad de San Efrén el Sirio (s.IV).
Colección Perlas, editorial Nuevo Inicio.
[1] La contraposición entre “la nación (judía)” y “las naciones (gentiles)” es común en la literatura siríaca antigua, cf. R. Murray, Symbols of Church and Kingdom, Cambridge, 1975, 41-68.
[2] En la noche de Navidad, sólo los ángeles, los pastores y los magos (gentiles) dieron gloria. Pero la Iglesia es una Navidad continua: la tierra se llena de canciones, los ángeles se alegran en medio de sus fiestas, y las ofrendas vienen a ella de todos los pueblos.
[3] Las imágenes relacionadas con la trilla (era, trilla, bieldo, granero, etc.) se usan como imágenes del juicio, en que se separará el grano de la paja, ver ya Is 41, 16 y Jr 15, 7. En el Nuevo Testamento pueden verse Mt 3, 12; Mt 13, 30, etc. Aquí la imagen expresa que las canciones de la Iglesia son trigo limpio, que han superado ya el juicio y son aceptables para Dios.
[4] Véase, en Mt 2, 1-12, la matanza de los inocentes. Mientras los niños de Belén fueron asesinados por el tirano Herodes, a causa de Cristo, los hijos de la Iglesia son honrados por los reyes a causa de Cristo. Se refiere a los Reyes cristianos, Constantino y sus sucesores. Al final de la estrofa, en cambio, la alusión es al rey de Persia, probablemente Sapor II, que persiguió a los cristianos.
[5] Is 7, 14. El nombre que se da a ese hijo es “Emmanuel”, que significa “Dios (El) está con nosotros (immanû)”. La profundidad de ese nombre se revela en Cristo y en la fe de la Iglesia.
[6] Mi 5, 2, aunque la expresión “el tronco de Jesús” proviene de Is 11, 1. El resto de la estrofa aplica imágenes del pastoreo a los sacramentos de la Iglesia. En siríaco como en hebreo, la palabra que traducimos por “Belén” significa “casa del pan”.
[7] A Daniel se le llama así varias veces (literalmente, en síraco “el deseado”). Véase Dn 9, 23; 10, 11.
[8] La mayoría de los profetas fueron perseguidos o tuvieron dificultades debido a su vocación y a su mensaje. También los libros de Sion(los que los cristianos llamamos “el Antiguo Testamento”), “han volado” hacia la Iglesia: no solo se leen en ella, sino que su verdadero significado se desvela en ella. Véase 2 Co 3, 14.
[9] Las diez “bienaventuranzas” se refiere a las bienaventuranzas evangélicas, que en la tradición siríaca (como en la tradición latina antigua) eran contadas como diez, a base de incluir, además de las ocho de Mt 5, 3-11, también Lc 6, 21 y 27. Sabemos que coronas de flores se usaban en la Pascua, en el bautismo y en las bodas.