25 de abril de 2021
1376 • AÑO XXIX

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Discurso inaugural del cardenal Omella en la Asamblea Plenaria

“Ver y compartir el sufrimiento de la humanidad: la conversión pastoral”

Los obispos españoles han celebrado su Asamblea Plenaria esta semana. Entre otros temas, se abordaron las líneas de acción pastoral para el quinquenio 2021-2025 y se ha presentado un informe acerca de la eutanasia y el testamento vital, así como la propuesta de una nueva redacción de testamento vital. La Asamblea se inició con el discurso del presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Juan José Omella, que, entre otros temas, abordó la situación actual de pandemia. Ofrecemos un extracto de sus palabras.

En la mirada a nuestra realidad lo primero que vemos es que ya llevamos más de un año de pandemia. La COVID-19, que suma cada vez más muertes y sigue constituyendo una amenaza para la salud de todos, nos ha obligado a vivir bajo el régimen del temor, de la incertidumbre, de la desconfianza, de la sospecha, que ha socavado el tejido vivo de la sociedad a todos los niveles. Ha alterado muchas costumbres y formas de vivir, ha afectado los hábitos de relacionarse las familias y los amigos e incluso ha modificado prácticas consolidadas de organizar el trabajo… Gracias a Dios, vemos ya en el horizonte signos de esperanza para salir de esta situación con las vacunas que se van distribuyendo cada vez a mayor parte de la población. Así como el virus no ha hecho diferencias y ha afectado a toda la humanidad, es de desear que también la vacuna sea un bien común que se distribuya a todos por igual y no sea una propiedad privada de unos pocos, sin hacer diferencias entre países ricos y países pobres.

El virus no lo podemos combatir aisladamente. Quizás sea la gran lección de esta situación. Logramos contener momentáneamente la transmisión del virus, con distancias personales, familiares, locales, autonómicas, nacionales… Pero solo si vamos todos a una, aceptando el diálogo y no el monólogo como vía para encontrar soluciones, podremos avanzar y salir de este bache.

Muchos creen que todo volverá a ser lo mismo cuando pase la pandemia. Y lo cierto es que no va a ser lo mismo, vamos a encontrar un mundo herido, afectado muy desigualmente por la pandemia y, sobre todo, por la crisis económica que ha provocado. Lamentablemente, la pandemia ha acentuado los efectos de la crisis económica del 2008 y ha sacado a la luz pública muchas de las heridas que no habían cicatrizado.

Existe un gran riesgo: querer pasar página lo antes posible y volver a la vida de antes como si no hubiera pasado nada. Es cierto que una parte importante de la población podrá volver a la situación de antes de la pandemia como si aparentemente no hubiera pasado nada. Pero no es menos cierto que una parte muy significativa de la población saldrá de esta crisis en una situación económica y social muy crítica.

(…) En España existe un creciente y grave problema que se llama “desigualdad social”. Este es un reto que tenemos que abordar para asegurar la dignidad de todos y la necesaria justicia social que es siempre garantía de paz social. No es momento para disputas inertes entre partidos políticos, no es tiempo para soluciones fáciles y populistas a problemas graves, no es el momento de defender intereses particulares. Ahora es el momento para la verdadera política, que sume a todas las partes y que trabaje para el bien común de toda la sociedad y el fortalecimiento y credibilidad de las instituciones en las que se asienta nuestro sistema democrático. Para ello serán necesarias reformas estructurales que superen el vaivén de intereses electorales cortoplacistas. La política existe para servir y ahora está llamada a servir más que nunca y a olvidarse de la consecución de intereses partidistas o su imposición ideológica aprovechando la crisis humanitaria y social que padecemos.

(…) La Iglesia, a través de Cáritas y de la amplia red capilar de instituciones y comunidades cristianas, está atenta a todas estas necesidades y está respondiendo, dentro de sus posibilidades, de la mejor forma posible. (...) Sin embargo, somos conscientes de que no nos podemos quedar en el asistencialismo de emergencia; la deuda social con los más desfavorecidos incluye su promoción como personas. (…) Todos necesitamos a Dios y no podemos dejar de ofrecerlo en esta situación de prueba y de dificultad. Dios no está lejos de los que sufren y de los que fallecen. Y la Iglesia tiene la misión de llevar esta presencia del Señor, que vino a cargar con nuestros dolores, a morir con nosotros para que nosotros resucitemos con Él.

Hemos de reconocer que la situación que estamos viviendo durante esta pandemia ha afectado significativamente a la pastoral habitual de la Iglesia en todos los sentidos, tanto en el ámbito parroquial como diocesano. Las restricciones han afectado la atención de las personas, que han visto reducidas —cuando no suprimidas— sus actividades de formación, de catequesis, sus encuentros… Sentimos la urgencia, más que nunca, de estar atentos a las necesidades de las personas y de las comunidades, para elaborar propuestas de vida cristiana que permitan anunciar el Evangelio y vivir la fe en estas circunstancias tan especiales. (…)

La Iglesia no es una empresa, ni un partido político, ni un grupo de presión social, ni un lobby de poder, ni se identifica con ninguna ideología de este mundo. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II en Gaudium et spes (GS), n. 3: “No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18, 37), para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido (Mt 20, 28)”. (…) Ante la tentación de algunos, que querrían apartar a la Iglesia del diálogo social, cultural y político, encuentro muy oportunas las palabras del Concilio Vaticano II (GS, n. 76): “La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas”.

En este sentido, como señala el Papa Francisco, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de santa Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra (EG n. 183).

CORRESPONSABLES UNOS DE OTROS
La crisis del coronavirus es claramente un signo de nuestros tiempos que nos ha sobrepasado. Es necesario tratar de discernir esta situación, interpretarla a la luz del Evangelio, que nos revela su verdad más profunda. Discernir quiere decir poner la realidad bajo la mirada de Dios, que guía la historia y los destinos del mundo. Solo así esta amenaza global podrá convertirse, paradójicamente, en camino de salvación, en ocasión para construir una humanidad más fraterna y para repensar nuestra forma de vivir, purificarla y seguir caminando con mayor coraje.

(…) La Iglesia, a diferencia de los países o de las grandes multinacionales no tiene otro interés que promover el bien común, la fraternidad universal y anunciar el Evangelio de Jesucristo. En efecto, como ya decía el Concilio Vaticano II, la Iglesia ofrece al género humano su sincera colaboración para lograr la fraternidad universal (cf. GS, n. 3). Los católicos podemos ser ese engranaje que sea capaz de decir no a los intereses particulares de unos pocos con el fin de caminar hacia una nueva época que respete la dignidad del ser humano, promueva el bien común, potencie la conciencia de fraternidad universal y desarrolle una ecología integral que respete la creación, empezando por el ser humano. Tal vez no todos seamos expertos en economía, pero sí que después de 2.000 años de historia y con la ayuda del Espíritu Santo somos expertos en trabajar por crear comunión y forjar comunidad. “Pon amor donde no hay amor y hallarás amor” (S. Juan de la Cruz).

Puede leerse el discurso completo, en este enlace.