4 de octubre de 2020
1347 • AÑO XXVIII

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Cuidado de personas críticas y terminales

En el corazón del Buen Samaritano

 

Este mes de septiembre la Congregación para la Doctrina de la Fe presentó en rueda de prensa esta carta Samaritanus bonus, que trata sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Un documento que nos recuerda que el Misterio Pascual de Cristo ha vencido y abrazado la humanidad doliente del hombre.

En una rueda de prensa ofrecida el pasado 22 de septiembre, representantes de la Congregación para la Doctrina de la Fe, junto a miembros del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, así como del Consejo Ejecutivo de la Academia Pontificia para la Vida, se unieron para presentar esta respuesta de la Iglesia ante la problemática de las leyes de eutanasia que van entrando en vigor paulatinamente en diversos países del mundo.

La postura de la Iglesia nos recuerda ante todo que los cuidados paliativos no le bastan a una persona que sufre una enfermedad crítica o terminal. Un enfermo necesita ante todo de alguien que esté junto a él y le haga entender su valor único e irrepetible. “Si bien es verdad que cada uno vive el propio sufrimiento, el propio dolor y la propia muerte, estas vivencias están siempre cargadas de la mirada y de la presencia de los otros”, decía el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Luis Ladaria.

Rueda de prensa de presentación de la Carta en el Vaticano.

 Ahora que la muerte asistida se viste de un acto compasivo por el hombre, se recordaba que “la compasión humana no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo, en sostenerlo en medio de las dificultades, en ofrecerle afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento”, como reza el texto.

 La Subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, Gabriella Gambino, recodó ese día el problema del antropocentrismo de la modernidad, que lleva a que “el horizonte en el que busca el valor del sufrimiento humano es el puramente antropológico: el hombre sólo busca el sentido último de la vida y de la muerte en lo que Benedicto XVI llamó el búnker de su propia razón”.

La presencia real y amorosa de Dios por el hombre es un factor de cambio, que debe de llevar a “hacerse cargo” del enfermo en todas las dimensiones de su persona. “Es el hacerse cargo lo que subyace al encuentro del Yo con el Tú, rescatando al hombre de esa condición de insignificancia y ansiedad en la que le arroja la enfermedad, ayudándole a redescubrir la unidad de cuerpo y espíritu”, concluyó Gambino.

El profesor Adriano Pessina, miembro del Consejo Ejecutivo de la Academia Pontificia para la Vida, terminaba recordando que esta carta es básicamente “una invitación a devolver ‘sentido’ a los largos tiempos de la enfermedad y de la incapacidad, es decir, a devolver ‘sentido’ a la condición mortal del hombre, sin abrazar ningún vitalismo, y al mismo tiempo, sin trivializar nunca la gravedad de la muerte”. Sin ese sentido, el ser humano enfermo se convierte en un “desecho”.

Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe

“Samaritanus bonus”

 

A continuación ofrecemos un extracto del primer punto de esta Carta Samaritanus Bonus sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida.

El Buen Samaritano que deja su camino para socorrer al hombre enfermo (cfr. Lc 10, 30-37) es la imagen de Jesucristo que encuentra al hombre necesitado de salvación y cuida de sus heridas y su dolor con “el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”. Él es el médico de las almas y de los cuerpos y “el testigo fiel” (Ap 3, 14) de la presencia salvífica de Dios en el mundo. Pero, ¿cómo concretar hoy este mensaje? (…)

El extraordinario y progresivo desarrollo de las tecnologías biomédicas ha acrecentado de manera exponencial las capacidades clínicas de la medicina en el diagnóstico, en la terapia y en el cuidado de los pacientes. La Iglesia mira con esperanza la investigación científica y tecnológica, y ve en ellas una oportunidad favorable de servicio al bien integral de la vida y de la dignidad de todo ser humano. Sin embargo, estos progresos de la tecnología médica, si bien preciosos, no son determinantes por sí mismos para calificar el sentido propio y el valor de la vida humana. (…)

Por otro lado, la gestión organizativa y la elevada articulación y complejidad de los sistemas sanitarios contemporáneos pueden reducir la relación de confianza entre el médico y el paciente a una relación meramente técnica y contractual, un riesgo que afecta, sobre todo, a los países donde se están aprobando leyes que legitiman formas de suicidio asistido y de eutanasia voluntaria de los enfermos más vulnerables. (…)

Ante tales desafíos, capaces de poner en juego nuestro modo de pensar la medicina, el significado del cuidado de la persona enferma y la responsabilidad social frente a los más vulnerables, el presente documento intenta iluminar a los pastores y a los fieles en sus preocupaciones y en sus dudas acerca de la atención médica, espiritual y pastoral debida a los enfermos en las fases críticas y terminales de la vida. Todos son llamados a dar testimonio junto al enfermo y transformarse en “comunidad sanadora” para que el deseo de Jesús, que todos sean una sola carne, a partir de los más débiles y vulnerables, se lleve a cabo de manera concreta.

I. HACERSE CARGO DEL PRÓJIMO

Es difícil reconocer el profundo valor de la vida humana cuando, a pesar de todo esfuerzo asistencial, esta continúa mostrándosenos en su debilidad y fragilidad. El sufrimiento, lejos de ser eliminado del horizonte existencial de la persona, continúa generando una inagotable pregunta por el sentido de la vida. La solución a esta dramática cuestión no podrá jamás ofrecerse solo a la luz del pensamiento humano, porque en el sufrimiento está contenida la grandeza de un misterio específico que solo la Revelación de Dios nos puede desvelar.

Se trata, en este sentido, de tener una mirada contemplativa, que sabe captar en la existencia propia y la de los otros un prodigio único e irrepetible, recibido y acogido como un don.

Especialmente, a cada agente sanitario le ha sido confiada la misión de una fiel custodia de la vida humana hasta su cumplimiento natural, a través de un proceso de asistencia que sea capaz de re-generar en cada paciente el sentido profundo de su existencia, cuando viene marcada por el sufrimiento y la enfermedad. Es por esto necesario partir de una atenta consideración del propio significado del cuidado, para comprender el significado de la misión específica confiada por Dios a cada persona, agente sanitario y de pastoral, así como al mismo enfermo y a su familia.

(…) Esta vulnerabilidad da fundamento a la ética del cuidado, de manera particular en el ámbito de la medicina, entendida como solicitud, premura, coparticipación y responsabilidad hacia las mujeres y hombres que se nos han confiado porque están necesitados de atención física y espiritual.

De manera específica, la relación de cuidado revela un principio de justicia, en su doble dimensión de promoción de la vida humana (suum cuique tribuere) y de no hacer daño a la persona (alterum non laedere): es el mismo principio que Jesús transforma en la regla de oro positiva “todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos” (Mt 7, 12). Es la regla que, en la ética médica tradicional, encuentra un eco en el aforismo primum non nocere.

El cuidado de la vida es, por tanto, la primera responsabilidad que el médico experimenta en el encuentro con el enfermo. Esta no puede reducirse a la capacidad de curar al enfermo, siendo su horizonte antropológico y moral más amplio: también cuando la curación es imposible o improbable, el acompañamiento médico y de enfermería (el cuidado de las funciones esenciales del cuerpo), psicológico y espiritual, es un deber ineludible, porque lo contrario constituiría un abandono inhumano del enfermo. La medicina, de hecho, que se sirve de muchas ciencias, posee también una importante dimensión de “arte terapéutica” que implica una relación estrecha entre el paciente, los agentes sanitarios, familiares y miembros de las varias comunidades de pertenencia del enfermo: arte terapéutica, actos clínicos y cuidado están inseparablemente unidos en la práctica médica, sobre todo en las fases críticas y terminales de la vida.

Esta intención de cuidar siempre al enfermo ofrece el criterio para evaluar las diversas acciones a llevar a cabo en la situación de enfermedad “incurable”; incurable, de hecho, no es nunca sinónimo de “in-cuidable”.

El Buen Samaritano, de hecho, “no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino”. Invierte en él no solo el dinero que tiene, sino también aquel que no tiene y que espera ganar en Jericó, prometiendo que pagará a su regreso. Así Cristo nos invita a fiarnos de su gracia invisible y nos empuja a la generosidad basada en la caridad sobrenatural, identificándose con cada enfermo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). (…)

Por este motivo, sobre todo en las estructuras hospitalarias y asistenciales inspiradas en los valores cristianos, es más necesario que nunca hacer un esfuerzo, también espiritual, para dejar espacio a una relación construida a partir del reconocimiento de la fragilidad y la vulnerabilidad de la persona enferma. De hecho, la debilidad nos recuerda nuestra dependencia de Dios, y nos invita a responder desde el respeto debido al prójimo.

De aquí nace la responsabilidad moral ligada a la conciencia de todo sujeto que se hace cargo del enfermo (médico, enfermero, familiar, voluntario, pastor) de encontrarse frente a un bien fundamental e inalienable – la persona humana – que impone no poder saltarse el límite en el que se da el respeto de sí y del otro, es decir la acogida, la tutela y la promoción de la vida humana hasta la llegada natural de la muerte. Se trata, en este sentido, de tener una mirada contemplativa, que sabe captar en la existencia propia y la de los otros un prodigio único e irrepetible, recibido y acogido como un don. Es la mirada de quién no pretende apoderarse de la realidad de la vida, sino acogerla así como es, con sus fatigas y sufrimientos, buscando reconocer en la enfermedad un sentido del que dejarse interpelar y “guiar”, con la confianza de quien se abandona al Señor de la vida que se manifiesta en él.

(…) Reconocer la imposibilidad de curar ante la cercana eventualidad de la muerte, no significa, sin embargo, el final del obrar médico y de enfermería. Ejercitar la responsabilidad hacia la persona enferma, significa asegurarle el cuidado hasta el final: “curar si es posible, cuidar siempre”. Esta intención de cuidar siempre al enfermo ofrece el criterio para evaluar las diversas acciones a llevar a cabo en la situación de enfermedad “incurable”; incurable, de hecho, no es nunca sinónimo de “in-cuidable”. La mirada contemplativa invita a ampliar la noción de cuidado. El objetivo de la asistencia debe mirar a la integridad de la persona, garantizando con los medios adecuados y necesarios el apoyo físico, psicológico, social, familiar y religioso. La fe viva, mantenida en las almas de las personas que la rodean, puede contribuir a la verdadera vida teologal de la persona enferma, aunque esto no sea inmediatamente visible. El cuidado pastoral de todos, familiares, médicos, enfermeros y capellanes, puede ayudar al enfermo a persistir en la gracia santificante y a morir en la caridad, en el Amor de Dios. Frente a lo inevitable de la enfermedad, sobre todo si es crónica y degenerativa, si falta la fe, el miedo al sufrimiento y a la muerte, y el desánimo que se produce, constituyen hoy en día las causas principales de la tentación de controlar y gestionar la llegada de la muerte, aun anticipándola, con la petición de la eutanasia o del suicidio asistido.

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